El camino recorrido por la Selección Colombia desde su primer Mundial

El Mundial de Brasil, más que una prueba futbolística, podría significar el adiós de las viejas prácticas.
El camino recorrido por la Selección Colombia desde su primer Mundial

Obnubilada quizás por aquella próspera y efímera época de Eldorado que, comandada por Pedernera,  Di’stefano y Rossi, había dejado buenos recuerdos y malas enseñanzas, en 1962 Colombia llegó a su primer Mundial. Tras un lustro deslumbrante, colmado de estrellas extranjeras, el fútbol nacional había retornado al estilo cansino, lento y carente de figuras que lo caracterizaría por tantos años.

Jugó en Arica, Chile, y llegó en medio de un jubiloso escepticismo. Los diarios y la radio habían asumido la copa como una apuesta política, pues el equipo nacional debía enfrentar a la Unión Soviética en su segunda presentación. Eran el capitalismo, Estados Unidos, Lleras Camargo y luego Guillermo León Valencia, contra el comunismo. A los jugadores les daban diez dólares de viáticos, eso era todo. Adolfo Pedernera los dirigía. La selección cayó ante Uruguay en el debut, y después, en el segundo juego, le igualó a los soviéticos 4-4 luego de ir abajo en el marcador 0-3. «Es un triunfo de la democracia contra el totalitarismo», declaró el presidente Valencia. Los caricaturistas se multiplicaron en ingenio político y en ingenuidad también. «Lo siento, Nikita, pero ni siquiera en fútbol Rusia podrá con Colombia», le decía Lleras Camargo a Krushev en una. «No hay duda de que nuestro sistema es superior», le aclaraba en otra. Al final, Colombia cayó ante Yugoslavia 5-0, pero la gran historia ya se había escrito.

Entonces, el fútbol retornó a sus domingos grises. A mediados de los setentas todo empezó a cambiar. Como antes, pero con miles de ceros a la derecha más, Colombia se transformó en un nuevo paraíso para cientos de futbolistas, algunos de los más importantes de Suramérica. Los resultados positivos comenzaron a llegar. De ser últimos en todo, los equipos colombianos pasaron a ser grandes protagonistas de cuanto torneo hubiera. El triunfo se volvió costumbre, y por esa costumbre, una exigencia. Así, con mil historias por detrás, Colombia clasificó a las copas del mundo de 1990, 1994 y 1998.

El ciclo, liderado por Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez, sobre «el verde césped» se caracterizó por un excelso trato de balón, por el desdoblamiento constante de los laterales y por una sorprendente eficacia. En una u otra forma, Colombia era una precursora de lo que veinte años más tarde sería el Barcelona. La copa del noventa fue la copa de la emoción, del cambiar el estigma de la droga por las excentricidades de Higuita, por la personalidad de Valderrama. En el mundial de Italia, Colombia quedó ubicada en el grupo tres con Emiratos Árabes, Yugoslavia y Alemania. Colombia en Bolonia, al norte de la península. Colombia ante los ojos del mundo. Debut y victoria, el 9 de junio, sobre Emiratos Árabes (2-0); dolor y crisis, el 14, ante la derrota (0-1 ante Yugoslavia); hazaña frente Alemania. Hazaña, sí. Y dolor y angustia también.

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El glorioso 1-1

Fue un martes de junio, el 19, y en Milán, ante 50 000 alemanes, cuando Colombia irrespetó a Europa para plasmar su fútbol de potrero en el césped del Giuseppe Meazza. Y fue 1-1 para que Colombia llegara por vez primera en su historia a la segunda ronda de una Copa del Mundo. Fue delirio cuando Rincón empató en tiempo de descuento. Cinco días después, el 23, fue llanto cuando Camerún le dijo a todos que no iba de paseo por Italia. En Nápoles, Colombia salió confiada (una palabra decisiva y repetida para el fútbol colombiano) a jugarle a un equipo que no regala nada. Y terminó derrotada 2-1 después de 120 minutos. A Higuita lo culparon (perdió un balón fácil ante Roger Milla cuando el juego iba 0-1), pero él se defendió. Maturana también lo defendió. Con el adiós de Colombia a Italia se empezó a derrumbar un poco el proceso. Maturana se marchó a España a dirigir al Real Valladolid, se llevó a Higuita, a Leonel Álvarez y a Valderrama, y la Selección quedó a la deriva.

Hubo cambios, aunque luego, en el momento de las eliminatorias hacia el 94, todo volvió a ser como había sido, hasta el 5 de septiembre de 1993. Ese día, Colombia clasificó al mundial de Estados Unidos al obtener el primer lugar del grupo A suramericano. Pero aquel 5-0 con el que los colombianos vencieron a Argentina en el Monumental fue mucho más que una simple victoria. Fue el principio del fin, aunque por ese entonces muchos pensaran que había sido la gloria. Fue la locura de un pueblo que nunca había sentido una alegría similar. Fue el desbordamiento colectivo, el odio transformado en agresión, el reflejo de un país atormentado que, con una gota de licor, pierde la razón.

El licor fue el fútbol, otra vez. Y el fútbol fue la mentira, otra vez. Desde aquel día, Colombia empezó a construir una ilusión. Con el tiempo, esa ilusión se volvió obligación. El 5-0 de Buenos Aires dejó de ser un resultado importante, el más importante de la historia si se quiere, para pasar a convenirse en un título. «La historia no se cambia de un día para otro, en noventa minutos», había dicho Diego Armando Maradona. Sin embargo, para muchos -Edgar Perea, William Vinasco, Guillermo Montoya, entre otros, e infinidad de sus oyentes-, la historia sí se cambió con el 5-0. Un resultado, en realidad nada más que eso, hizo que Colombia fuera cinco veces más que Argentina. Por ese resultado Colombia se subió al pedestal de los favoritos. Por ese resultado los errores se taparon, las cualidades se agrandaron, las verdades se ocultaron. El mundo al revés, una y otra vez.

El mundial de Estados Unidos, más que fracaso, fue desastre y tragedia. Luego del debut y derrota ante Rumania, 3-1, el 22 de junio, Maturana  encontró un mensaje en su hotel, una amenaza contra su vida y contra la de otras personas. Si no sacaba a Gabriel Jaime Gómez de la alineación que enfrentaría a Colombia con Estados Unidos, correrían peligro su vida, la de Hernán Darío Gómez y la del propio jugador. Maturana habló con el futbolista y con Hernán Darío Gómez y entre los tres decidieron que no pondrían en peligro la vida de nadie. Así, Barrabás quedó por fuera de la titular. «Todo esto me llena de tristeza y también de dolor. No sé hasta dónde podremos llegar con acciones como esta», le dijo a la cadena Univisión ese mismo miércoles.

En el hotel, antes de salir hacia el Rose Bowl, se hablaba de todo menos de fútbol. «Yo, la verdad, estoy que reviento. No tiene sentido esto. No tiene sentido que la muerte ande rondando por ahí a causa de un partido de fútbol», dijo en medio del desorden Andrés Escobar. Cámaras, luces, micrófonos, cables, periodistas, curiosos, hombres oscuros… había de todo en el lobby del Marriot. Y Colombia, por segunda vez en el torneo, y en menos de tres días, era comentario obligado para el mundo. Con la noticia de Barrabás Gómez abrieron todos los informativos del mediodía en Estados Unidos. Dieron a entender que las amenazas provenían de los carteles de la droga.

Así salió la Selección a jugar el partido que definiría su clasificación a la segunda ronda del Campeonato Mundial de Estados Unidos. Así enfrentó al cuadro local. El partido, atípico desde antes de jugarse, fue intenso al comienzo. Mucho nervio, mucha tensión, demasiada presión, hicieron que los colombianos se fueran encima de los norteamericanos desde el primer minuto. Sin orden, sin profundidad, sin tranquilidad. Cada quien intentaba por su lado. Colombia perdió 2-1. Estados Unidos, un país por el que nadie daba un céntimo, le ganaba a uno de los equipos favoritos para obtener el título del mundo. Estados Unidos, un equipo de aficionados (así lo llamaron en Colombia algunos periodistas), sacaba del torneo a una «potencia» llamada Colombia.

 

El fantasma de Estados Unidos

Luego de la derrota ante Estados Unidos empezaron a surgir toda clase de rumores. Se dijo que De Ávíla no había encajado dentro del esquema y que había jugado por sugerencias del cartel de Cali. Se dijo que el árbitro había influido en favor de los locales, precisamente por ser locales. Se dijo también que algunos jugadores habían vendido el partido. Que habían «invertido» en Las Vegas mucho dinero en contra de Colombia, pues para ese juego las apuestas se encontraban en proporción de 19-1 a favor. Es decir, cada dólar pagaba 19 si Estados Unidos ganaba.

Lo que llegó después de la eliminación fue lo más parecido al infierno. La comunicación se rompió entre los jugadores y entre los técnicos y los jugadores. El respeto se esfumó. De repente se habían olvidado todos los conceptos, todo lo que había hecho grande a esa Selección. De repente se habían refundido los papeles. Nadie mandaba, nadie obedecía. Las declaraciones se salían de tono, las conversaciones eran recriminaciones… Rabia, dolor, impotencia, eso era lo que guiaba al equipo. El jueves 23, Freddy Rincón y Harold Lozano se trenzaron a puñetazos en pleno entrenamiento. Una falta de Lozano, común y corriente, provocó a Rincón. En vez de palabras, hubo golpes. En vez de cordura, locura.

El último partido fue de trámite. Aún existía la posibilidad de clasificar, pero era muy remota. Los números todavía eran aliados de Colombia. Se necesitaban una victoria de Estados Unidos sobre Rumania y una de Colombia sobre Suiza. Y que los goles también alcanzaran para el promedio. Casi un milagro. En Stanford, un estadio raro, con tribunas de madera, árboles y mucho polvo, los colombianos ganaron 2-0 (goles de Hermann Gaviria y Harold Lozano). Después del juego con los suizos, el grupo se dispersó. Hubo algunos amagos de conflicto y muchos problemas a mitad de camino. El lunes, Juan José Bellini volvió a hablar.

Dijo que cuatro futbolistas de la Selección no podrían volver a vestir el uniforme de Colombia: Carlos Valderrama, Adolfo Valencia, Faustino Asprilla e Iván René Valenciano, pues habían transgredido todas las normas posibles. Se habían fugado de la concentración y se habían embriagado. Ese mismo día, en la puerta del ascensor del Marriot de Fullerton, Valencia lo buscó para que le diera explicaciones. Discutieron a gritos. El jugador lo llamó deshonesto, mentiroso y mafioso. Si no se fueron a las manos fue porque intervino Francisco Tulande, periodista de RCN. En realidad, a Bellini jamás lo quisieron en el equipo. Cuando llegó a Bogotá, el presidente de la Federación se retractó de todo. Dijo que jamás había dicho tales cosas. Todo quedó igual. El final ya estaba firmado.

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En las eliminatorias 2010, se repitió la historia: Colombia fue eliminada en el último partido.

El 2 de julio Colombia amaneció con la noticia más triste de su fútbol. Habían asesinado a Andrés Escobar. Sin embargo, la vida, el fútbol, y todo su entorno, tenían que continuar. Y continuaron, y se agudizaron en el mundial de Francia 98, en esencia, porque el líder natural del grupo, Carlos Valderrama, y la figura, Faustino Asprilla, no habían dejado de rivalizar. Y sus conflictos por fuera de la cancha se trasladaban al fútbol, como había ocurrió en el 94.  Sin lo mejor de cada uno de ellos, Colombia era una sombra de sí misma, y lo fue. Lo fue tanto, que el equipo, entonces conducido por Gómez, llegó a la copa arrastrándose, envuelto en mil polémicas entre los jugadores, y entre ellos y los periodistas, y los directivos. Antes del debut, Faustino Asprilla se fue de la concentración. Gómez habló de actos de indisciplina. El jugador prefirió guardar silencio. El grupo se dividió aún más de lo que estaba.

Los fantasmas del 94 empezaban a reaparecer. La lección no se había aprendido. Erosionada, sin dinámica, sin ingenio, Colombia perdió con Rumania y con Inglaterra y salió del Mundial. Entonces llegaron los de siempre a decir que el ciclo había concluido, que la «rosca» paisa debía terminar, sin reconocer que ese ciclo había clasificado a Colombia a tres copas del mundo consecutivas, y más que eso, le había dado identidad al fútbol nacional. Igual, Gómez renunció, y la Selección empezó a arrastrarse. Los directivos cambiaban de entrenador según sus conveniencias, llevados por presiones, intereses, negocios y favores. Para las eliminatorias hacia la Copa del 2002, contrataron a Luis Augusto García, y en el mundillo del fútbol, todos los involucrados sabían de los sospechosos antecedentes de García, que terminó perdiendo el puesto luego de un magro empate ante Venezuela.   

 

Las malas decisiones

Colombia jugaba «a la que saliera», y siguió jugando «a la que saliera» después, con un breve paréntesis de Francisco Maturana, quien se hizo cargo del equipo para jugar la Copa América del año 2001 que se disputó en Colombia, y que fue aplazada tres veces por asuntos de violencia y oscuros episodios. El triunfo fue celebrado, muy a pesar de que las principales federaciones enviaron seleccionados de segundo y tercer nivel. Colombia fue pasión, fue alegría, triunfo, y el más feliz del mundo.  Luego de la victoria ante México en Bogotá, Colombia prosiguió su marcha, y a los tumbos llegó con opción de clasificar al último partido de la eliminatoria para Corea y Japón 2002.

No obstante, los errores durante los dos años anteriores no se podían solucionar en un juego. Colombia quedó eliminada, luego de vencer a Paraguay sospechosamente en Asunción, y sufrir, como un resultado propio, un también sospechoso empate entre Argentina y Uruguay. Maturana y compañía necesitaban que los argentinos ganaran ese día, pero la realidad era que habían requerido saber a qué jugaban desde mucho tiempo atrás. Después de la eliminación, volvieron las mentiras y las críticas y las polémicas. La ruleta de los nombres volvió a circular. Sobre unos candidatos se les hablaba a la prensa y al público, y con otros se negociaba. La lista fue sumando nombres y nombres: Javier Álvarez, Reinaldo Rueda, Jorge Luis Pinto, Eduardo Lara, Leonel Álvarez.

Horas después de cada eliminación, los directivos decían que habían conversado con los mejores entrenadores del mundo. Dijeron que habían contactado a Scolari, a Bielsa, a Martino, a Luxemburgo y a una interminable cantidad de técnicos, que siempre, por uno u otro motivo, declinaban la invitación. Los que caídos, como en un pacto sagrado, callaban las razones de sus despidos, más pensando en continuar con sus carreras que en informar lo que ocurría. Todos se fueron. Casi todos triunfaron en el exterior. Los dirigentes continuaban en sus cargos, como si ellos no tuvieran responsabilidad en los fracasos, como si ellos no fueran los que elegían, pagaban, ponían condiciones, se entrometían, presionaban y demás. Pasada la eliminatoria hacia Sudáfrica 2010, y luego de una derrota contra Argentina en Barranquilla, la tensión era poco menos que insoportable. Entonces, por fin, aquellos mismos directivos de siempre decidieron contratar a José Néstor Pékerman, bajo sus condiciones, que eran mucho más dinero, silencio, trabajo, comodidades, estudio, cero prensa, cero injerencia.

Cuando Pékerman asumió, en el 2012, los críticos afilaron sus cuchillos, y tres partidos más tarde ponían en tela de juicio su trabajo. Que era silencioso, que no daba entrevistas, que cercaba con mallas los entrenamientos, que no dejaba que se acercaran a los jugadores, que era demasiado riguroso. Con los buenos resultados, quienes lo habían enjuiciado se subieron al carro de la victoria. Aplaudieron, pues comprendieron que el triunfo de la Selección era el triunfo de todos. Incluso, el de ellos mismos. De nuevo fútbol, de nuevo patria, de nuevo pasión y felicidad.     

SOCCER-COLOMBIA-BRAZIL

La Selección de 2005 tampoco pudo clasificar. Bermúdez se quedó sin Mundial.