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Redacción Cromos / 19 Nov 2015 - 5:01 p. m.

Elisabeth Ungar, combatiendo la corrupción con control ciudadano

Esta politóloga quiere que los colombianos obliguen a políticos y contratistas a rendir cuentas.

Redacción Cromos

Elisabeth Ungar, combatiendo la corrupción con control ciudadano
Elisabeth Ungar, combatiendo la corrupción con control ciudadano
Elisabeth Ungar, combatiendo la corrupción con control ciudadano

Fue la creadora de la primera iniciativa ciudadana que les hace seguimiento a los Senadores y Representantes. Ahora dirige Transparencia por Colombia y evalúa casi 200 entidades públicas para determinar cuáles tienen más riesgos de corrupción. 

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Por: Gloria Castrillón, @glocastri 
Fotos: David Schwarz, @davidmschwarz

 

De niña, Elisabeth Ungar se extasiaba escuchando las discusiones de los intelectuales y políticos más liberales que llegaban a la Librería Central que su...papá, Hans Ungar, compró y cuidó con celo desde 1947. Ella se apropió tanto de lo que allí oyó y de las apreciaciones de su padre sobre la libertad, la democracia y la igualdad, que cuando creció no tuvo dudas sobre lo que quería ser. 

Recién graduada del colegio tuvo la fortuna de vivir el alucinante movimiento de protestas estudiantiles de mayo de 1968, en París. En su cabeza se afianzaban aún más las ideas libertarias que tanto le había oído a su padre, de tal manera que cuando aterrizó de nuevo en Colombia llegó directo al departamento de Ciencia Política de la Universidad de Los Andes, que su padre también había ayudado a crear. Porque Hans Ungar, además de alimentar la voracidad de los lectores bogotanos en la Librería Central, de cultivar una biblioteca personal de más de 26.000 volúmenes, fue también mecenas de ese centro educativo, al lado de su amigo Mario Laserna, y creador de una de las primeras galerías de arte bogotanas, El Callejón. 

Con tantos aportes de su padre a la cultura colombiana, Elisabeth no tomó el rumbo de las artes, como parecía lógico, sino el de la política. No solo la estudió, ?luego haría una maestría en sociología política en la Universidad de Wisconsin, donde vivió de cerca unas históricas protestas estudiantiles?  sino que la practicó. Hizo “pinitos”, dice ella, con FIRMES, al lado de Gerardo Molina y Diego Montaña Cuéllar. “Pero no me dejé tentar por la política partidista. Yo creía en ese momento, y sigo creyendo ahora, en una izquierda democrática que participe dentro de la institucionalidad”, aclara. 

Al parecer, vivir las turbulentas e históricas manifestaciones estudiantiles de París y Estados Unidos, solo le dejaron un convencimiento: no era partidaria de la protesta ni la subversión, lo suyo era defender la democracia, pero del lado de las instituciones. Convencida de que ese era su camino, estuvo 30 años en Los Andes formando a varias generaciones de jóvenes.

“Siempre he creído en el valor de las instituciones en una democracia y veo con preocupación cómo se desprestigian, cómo los ciudadanos pierden la confianza en ellas y en sus gobernantes, cómo se van cerrando los espacios para que la ciudadanía conozca lo que hacen sus líderes”, dice con vehemencia y algo de frustración.

Esa preocupación la llevaría a hacer su propia revolución. Sin marchas ni protestas, con plata de una fundación de Estados Unidos y con un puñado de estudiantes del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Los Andes, creó en 1998 Candidatos Visibles.

En medio de la peor crisis institucional del país, con un presidente cuestionado por haber recibido dineros de la mafia y con un Congreso y una clase política incapaces de encontrar salidas, a Elisabeth Ungar se le ocurrió la idea de exigirles a los candidatos al Senado y la Cámara que hicieran públicas sus hojas de vida, sus propuestas y posiciones frente a temas coyunturales como la extradición, sus impedimentos, sus apoyos y quiénes los financiaban.

Era la primera vez que alguien desde la sociedad civil les hacía semejantes peticiones a los dirigentes políticos, a quienes nunca se les había exigido nada. Era quijotesca la aventura de pedir, recolectar y procesar tal cantidad de información, y más sin la tecnología de hoy. 

Y a pesar de que sonaba algo utópico eso de pedirles a los candidatos al Congreso que fueran visibles para los ciudadanos, la idea terminó convenciendo a otras entidades que apoyaron a Elisabeth y sus estudiantes. Se les unieron, entre otros, los empresarios congregados en la ANDI, los jesuitas de la Fundación Social y El Tiempo. 

“Reunimos información que publicamos en unos cuadernillos que circularon en El Tiempo y en medios regionales una semana antes de las elecciones. El costo de producción era inmenso, pero salimos con éxito. Esa locura fue una realidad”, recuerda casi incrédula.

No fueron pocos los insultos que se ganó por atreverse a exigir que los candidatos fueran transparentes ante sus electores. Aunque también obtuvo elogios. Sonaba algo extraño que una universidad privada permitiera que se desarrollara en su interior un proyecto no académico. Las voces disidentes no se oyeron solo en la clase política. También dentro de Los Andes hubo quienes cuestionaron que la Universidad tomara posiciones políticas.

Pero Elisabeth tenía tan claro en ese momento, como hoy, que la academia tiene un rol político importante en la vida del país: “debe tomar partido, no para hacer política partidista, sino para asumir posiciones públicas frente a la realidad nacional”. 

Lo que siguió después de la primera aventura fue igual de arrollador. Se propusieron hacerles seguimiento a los congresistas ya elegidos para contrastar sus declaraciones como candidatos y su actuar en el Congreso. Así nació Congreso Visible, la primera y hasta hoy única iniciativa de la sociedad civil que hace seguimiento a la tarea legislativa de los 102 Senadores y 166 Representantes a la Cámara. 

A pesar de que tuvo que sortear reclamos, insultos y más de una “generosa invitación a almorzar” por parte de los padres de la patria, Elisabeth ha logrado mantenerse incólume, sin señalamientos, amenazas o demandas. “Esa es mi impronta académica, es producto de hacer el trabajo con mucho rigor; hasta hoy, ninguno de los funcionarios que he evaluado ha podido acusarme de favorecer a algún partido político”, dice muy orgullosa.

Su mayor reto, reconoce, fueron las elecciones de Congreso en 2002, en las que una tercera parte de los escaños fueron obtenidos por personas relacionadas con los paramilitares. Corrieron riesgos, averiguaron más de lo que estaban acostumbrados, pero era necesario, explica Elisabeth, entender el fenómeno de la parapolítica. 

“Tuve la fortuna de encontrar personas como Claudia López, León Valencia y Luis Jorge Garay, con quienes nos dedicamos a entender ese fenómeno desde diferentes perspectivas. Evaluamos cuál fue el comportamiento legislativo de esas personas con vínculos directos con la parapolítica, en qué proyectos participaban, en cuáles no y había claramente el deseo de incidir en temas de justicia, en temas presupuestales”, recuerda sobre esas cuestionadas elecciones.

 

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“Siempre he creído en el valor de las instituciones en una democracia y veo con preocupación cómo se desprestigian, cómo los ciudadanos pierden la confianza en ellas”.

 

Elisabeth dejó el proyecto hace siete años para liderar otra iniciativa que, casualmente, también nació en 1998, Transparencia por Colombia. Es el capítulo nacional de un movimiento global, con sede en Berlín, que produce información, a través de índices y encuestas, para que los ciudadanos, los medios de comunicación y tomadores de decisiones puedan ejercer control social y frenar la corrupción.

Transparencia Internacional tiene 105 capítulos en el mundo y elabora índices de percepción de corrupción y publica el barómetro global de corrupción. En Colombia, ella y su equipo evalúan más de 80 entidades del sector central, todas las gobernaciones, todas las contralorías departamentales, y las capitales, menos Bogotá, Cali y Medellín. 

“La idea es empoderar a los ciudadanos para que hagan control social, para que exijan rendición de cuentas a sus gobernantes, presionar para mejorar la gestión pública, hacer más transparente la política y trabajar en derechos fundamentales”, cuenta de su labor actual. 

Sin proponérselo ?porque hace unos años ese no era un tema de debate? Elisabeth y su equipo contribuyeron a que en Colombia exista una Ley de Transparencia y Acceso a la Información, junto a otras organizaciones como la FLIP (Fundación para la Libertad de Prensa) y De Justicia. “Fuimos pioneros en ese derecho, que es uno de los valores más preciados de una democracia”.

Elisabeth habla de una interlocución respetuosa con las entidades estatales que evalúa, pero admite que algunos funcionarios no entregan la información de buena gana e incluso hay quienes no lo hacen, a sabiendas de que su entidad obtendrá mala calificación. Pero también hay, y ella lo quiere resaltar, muchos funcionarios que trabajan con las uñas, con presupuestos limitados pero aun así entregan información oportuna y de buena gana. 

Su balance, después de más de dos décadas de buscar transparencia y comunicación entre electores y elegidos, tiene saldos en negro y en rojo. “Se ha hecho mucho contra un fenómeno de corrupción que en Colombia es estructural. Aquí tenemos narcotráfico, paramilitares, bandas criminales, minería ilegal, y otras actividades asociadas a la cultura del ‘todo vale’, del dinero fácil. Eso le confiere características más difíciles de combatir”, dice.

Hemos ganado, asegura convencida: “Hay menos tolerancia frente a la corrupción, hay mayor conciencia en los ciudadanos, hay más organizaciones sociales que hacen control social, los medios informan más sobre hechos de corrupción”.

Y hay motivos para lamentarse: “El sector privado aun no asume su corresponsabilidad en los hechos de corrupción, hay un gran desconocimiento de los empresarios del estatuto anticorrupción, no adoptan medidas antisoborno, y algunas veces se muestran como víctimas”.

Lo que sí reconoce Elisabeth es que en Colombia los corruptos son cada vez más sofisticados. Muchos casos se desarrollan dentro de la ley: licitaciones amañadas en las que el pliego está hecho a la medida de uno de los proponentes, los Planes de Ordenamiento Territorial que se acogen a la norma, y después de analizarlos se observa que le cambiaron el uso de la tierra a un sector residencial o crearon zonas francas para favorecer a alguien. “El procedimiento es legal, pero se rompe el límite entre lo legal y lo ético”, enfatiza.

Pero hay un fenómeno que le quita el sueño: la precariedad de las instituciones en los territorios, que se hizo evidente una vez más en las pasadas elecciones regionales con la compra de votos, la presión a los electores y el traslado de votantes. Lo que le preocupa es que en estos fenómenos hay una gran responsabilidad de los ciudadanos, que por ignorancia, laxitud o la idea de “¿si los otros lo hacen, por qué yo no?”, son cómplices de esa manera viciada de llegar al poder.

 

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Su mayor reto fueron las elecciones de Congreso en 2002, en las que una tercera parte de los escaños fueron obtenidos por personas relacionadas con los paramilitares.

 

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