Corazón de tinta

Motivados por el éxito de Harry Potter, muchos escritores infantiles han intentado crear sus propios mundos, universos literarios que sean capaces de enganchar a los jóvenes lectores y llevarlos por sendas maravillosas cuya extensión depende siempre, como es lógico, del éxito del primer volumen.
Corazón de tinta

"Maravillosas" es, por supuesto, el adjetivo trillado que suelen esgrimir los editores o los gerentes de mercado: historias "maravillosas" con las que los niños alimentan su "fantasía" (otro término mascado hasta dejarlo convertido en harapo).

Entre estos autores está Cornelia Funke, una alemana que vive en Los Ángeles y quien funge de productora asociada de su libro Corazón de tinta, publicado en 2004. Le fue tan bien que ya escribió dos capítulos más. Obvio. Y aquí está el resultado de la versión cinematográfica del primer libro: una "historia maravillosa" que recrea el "fantástico" don de un profesor de literatura de traer a la vida a los personajes de los cuentos con solo leerlos en voz alta. Eso está muy bien. Al fin y al cabo Funke tiene todo el derecho de utilizar su "fantasía" como bien lo disponga. Pero hasta la fantasía debería tener cierto respeto por el lector, por el espectador de cine. Y no dejar que vuele tan alto que ya no haya modo de atajarla.

Corazón de tinta, como Los seis signos de la luz, abusa de la fantasía para armar una historia que baila al capricho del autor y no de sus personajes. Pareciera que Funke (o David Linsay, el guionista) fueran improvisando argumentos y sometiéndolos al débil arbitrio del público, que no tiene más que resignarse en su silla a que sea lo que Dios quiera.

Brendan Frazer ya se ha vuelto un maestro en eso de protagonizar películas infantiles, pero también ha abusado de su cara de niño inocente, de su imagen de Indiana Jones venido a menos cada vez que aparece en la pantalla. Demasiado fácil le ha resultado a Hollywood ir confeccionando películas como éstas, que anunciando a Frazer en el afiche, ya advierten que lo que el público va a ver no tiene sentido alguno.