Dos hermanos

La historia se resume en el cartel promocional,  Marcos y Susana, dos hermanos que  no saben muy bien si se aman o se odian.

Se pegan a una pared de la casa para escuchar lo que sucede detrás del muro, en el otro apartamento. Están fisgando, cada uno con su propio vaso, para tratar de descifrar los sonidos del otro lado. Pero lo que escuchan (porque lo han escuchado desde siempre, gracias a esa suerte de cúmulo de recuerdos que se repite una y otra vez en la cabeza como una grabación gastada) es el sonido de sus propios reproches, los reproches que le tiene el uno al otro. Los disimulan, los camuflan para no decirlo directamente, pero los han tenido guardados a la espera de un momento propicio que nunca llega.

El director Daniel Burman, que nos regaló en 2004 esa pieza magnífica que fue El abrazo partido, intenta conmovernos con otra historia de familia, la de Marcos y Susana en el momento en que empiezan a hacer un balance de sus vidas, una vez han visto morir a su madre.

La cinta está basada en la novela Villa Laura, de Diego Dubcovsky. Villa Laura es la residencia en Uruguay que los hermanos han recibido de herencia, en torno de la cual gira la trama: Marcos intentando por fin hacer teatro y encontrar el amor que sacrificó por cuidar a su mamá; Susana aparentando llevar toda la carga y la responsabilidad de las obligaciones familiares.

Antonio Gasalla y Graciela Borges, dos de los actores más populares de Argentina, cargan con el peso de la película, pero se notan un tanto rígidos, como si no estuvieran haciendo cine sino teatro. Y es que eso parece, que la cinta de Burman fuera más bien una pieza de teatro filmada para nosotros, los amantes del cine. Y entonces uno termina extrañando el cine.

En todo caso, en medio del desierto cinematográfico de estas últimas semanas, Dos hermanos bien puede salvar una tarde lluviosa. Por lo menos para saber que en la vejez también puede haber un comienzo, allí donde todos ven finales.