Harvey el luchador rudo del cine

Dicen que para triunfar en Hollywood hay que cruzarse alguna vez en la vida con Harvey Weinstein. Y no es un mito. Prueba de ellos fueron las palabras de las dos ganadoras del Oscar de este año, Penélope Cruz y Kate Winslet, quienes lo incluyeron en su lista de agradecimientos cuando recibieron el premio.
Harvey el luchador rudo del cine

Weinstein, un neoyorquino de 57 años, es el fundador de Miramax, la compañía de cine independiente que ha sido la única capaz de desafiar el poder de los grandes estudios de Hollywood y salir avante, aunque para ello haya sido necesario utilizar los mismos métodos del enemigo y hasta unirse a él sin contemplaciones.

La empresa, montada junto con su hermano Bob, nació en 1979. La bautizaron con el nombre de Miramax (que sale de la combinación de los nombres de sus padres: Miriam y Max).

Los Weinstein, con Harvey como el negociante relacionista, y Bob como el negociante silencioso, aprendieron a arriesgarse y, con los años, a ganar una buena reputación. Sus documentales y filmes de ficción habían logrado lo que ellos, en principio, se proponían: quedar grabados en la retina de los críticos y de un público selecto, aunque las ganancias fueran más bien modestas. Ni más ni menos que el sueño de todo productor independiente. Pero incluso en la taquilla les sonó la flauta, cuando distribuyeron la película Sexo, mentiras y video (1989), con la que recogieron más de 25 millones de dólares, 20 veces el costo de la película, y convirtieron a Miramax en el estudio independiente más exitoso de Estados Unidos.

Ese mismo año Miramax sumó otro triunfo con Mi pie izquierdo, de Jim Sheridam, que le significó a Daniel Day- Lewis su primer Oscar. Tres años más tarde, las seis candidaturas al Oscar de El juego de las lágrimas, de Neil Jordan, provocó que Disney ofreciera comprarles la empresa en 80 millones de dólares. Harvey y Bob aceptaron el negocio con la condición de continuar como cabezas de la compañía. La inauguración de esta nueva etapa fue Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, que no sólo ganó la Palma de Oro en Cannes, sino que recolectó más de 100 millones de dólares, un supertaquillazo si se tiene en cuenta que la cinta no costó sino 8 millones. Para entonces, Harvey ya se había convertido, aunque los términos parezcan contradictorios, en el magnate del cine independiente.

Su racha continuó con filmes como El paciente inglés (1996), Good will hunting (1997), Shakespeare enamorado (1998), Las reglas de la vida (1999), Chicago (2002), Cold Mountain (2003), todas caracterizadas por disputar los premios Oscar en las principales categorías.

Mientras tanto documentales como el de Madonna, Truth or dare; el filme australiano El matrimonio de Muriel y la italiana El cartero continuaron llenando sus arcas.

No era que Weinstein fuera un filántropo. También era capaz de producir bodrios como Scream con tal de hacer rendir los dividendos.

La luna de miel con Disney terminó en 2004 debido a que el estudio se negó a distribuir a través de Miramax el documental Farenheit 9/11, de Michael Moore, pues dañaría el tratamiento favorable que recibía el estudio y sus parques en la Florida, ya que el gobernador del estado era el hermano del presidente Bush, duramente atacado en el filme. Los hermanos fueron despedidos, pero en 2005 crearon una nueva empresa: The Weinstein Company.

Esto no bajó a Harvey de la cima. De hecho, por esa época ya era uno de los productores de la exitosa trilogía El señor de los anillos.

Semejante poder también ha mostrado su lado oscuro. Weinstein es famoso por reeditar películas, cambiar bandas sonoras y alterar proyectos tal y como siempre lo hicieron los grandes estudios. Pero eso lo tiene sin cuidado. Él sabe que sus 221 filmes como productor y coproductor, y los 53 premios Oscar de 220 nominaciones entre 1993 y 2004 le dan la autoridad para manipular directores y actores, y hasta decidir el final de películas, algo que le ha valido el apodo de “Harvey manos de tijera”. Incluso lo hizo con Kill Bill, de su protegido Tarantino, que dividió en dos partes y que al final obtuvo buenos resultados comerciales pese al riesgo que corría.

Pero su reputación incluye también procedimientos non sanctos que este año salieron de nuevo a luz pública. En octubre pasado se supo que Weinstein presionó a Sidney Pollack, coproductor de su reciente éxito The reader, en su lecho de muerte, y que acosó a la viuda del otro coproductor, Anthony Mingella.

También se rumora que su departamento de prensa estuvo detrás de la campaña que desacreditaba a Danny Boyle, director de Slumdog millionare, alegando que no les había pagado a los niños del filme y que era un personaje odiado en la India. Esto, con la intención de conseguir más estatuillas para su película, The reader, que al final sólo se llevó el de mejor actriz con Kate Winslet.

Pero sus musas se encargan de apoyarlo. El mejor ejemplo es Penélope Cruz, a quien hizo resucitar en Hollywood después de distribuir Vicky Cristina Barcelona y la presentó como su nueva Gwyneth Paltrow (su protegida y ganadora del Oscar con Shakespeare enamorado). Con Kate Winslet fue más sutil, aunque organizó una cena para convencer a miembros de la Academia de que su filme (The reader) no era condescendiente con el Holocausto.

Al final, los premios de ambas actrices comprobaron que la táctica de Weinstein funciona y que incluso el juego sucio es necesario para salir adelante en las arenas movedizas de un negocio como el de Hollywood. Lo malo es que Weinstein, que nació en el cine para combatir a los ogros de los estudios, terminó convertido en uno de ellos.

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