Johnny Deep protagoniza Enemigos públicos

En la época de la Gran Depresión, los héroes eran los delincuentes, forajidos como Capone, capaces de poner en jaque a un establecimiento que, entre otras cosas, no había hecho mucho por los damnificados del descalabro económico de 1929.
Johnny Deep protagoniza Enemigos públicos

Varios de esos malandros se convirtieron en leyenda y alcanzaron una notoriedad mucho mayor cuando el cine los elevó a la categoría de estrellas.

Mientras tanto, bastaban los periódicos, los titulares del asalto de ocasión, la nueva burla a las autoridades celebrada en la calle con estruendo. Así saltó a la fama John Dillinger (interpretado por Johnny Depp), un audaz y carismático asaltante de bancos que, si bien no era precisamente un Robin Hood, al menos compartía con el hombre de la calle el odio por las instituciones financieras, siempre opulentas, siempre recalcitrantes. Pero las bandas tienen su contra y el director del FBI, Edgar Hoover, se iba a encargar de levantarla bajo la batuta del agente Melvin Purvis (Christian Bale).

El director es el mismo que juntó por primera vez en pantalla a Al Pacino y a Robert de Niro en la cinta Fuego contra fuego (1995). De hecho, el argumento de Enemigos públicos es casi calcado: el enfrentamiento del delincuente de bancos más admirado del hampa (De Niro), enfrentado al policía más temido de la calle (Pacino). Solo que en Enemigos públicos el ambiente de los años treinta brinda una atmósfera, si se quiere, mucho más romántica.

Pero más allá de esta coincidencia, no hay mucho más que se pueda decir de la película, salvo –quizás– que es más larga de lo que se merece, que entre las persecuciones y los tiroteos no hay una exploración real de los personajes, ni del romance que surge de la nada entre Dillinger y Billie (Marion Cotillard) y que será, como siempre, como en Fuego contra fuego, el talón de Aquiles de Dillinger.

Eso sí, en este duelo a muerte entre el bien y el mal, Mann deja muy claro que no hay redención posible, que la Justicia cojea pero llega, que los grandes criminales terminan en grandes tragedias. ¿No sería mejor que dejara de aleccionarnos?