La ciudad de las tormentas

El título en inglés es Green zone (zona verde), en referencia al área que aseguraron los estadounidenses en Bagdad tras la ocupación de Iraq.
La ciudad de las tormentas

Pero dado el estilo inconfundible de su director, podríamos decir que Green zone es también Greengrass zone. Porque tal y como sucede con las dos sagas de Jason Bourne (Supremacía Bourne y Bourne Ultimatum); tal y como nos hizo comer las uñas con El vuelo 93 (acerca del avión cuyos pasajeros ayudaron a echar a tierra el día de los atentados a las Torres Gemelas), Green zone –traducida al español como La ciudad de las tormentas– tiene un ritmo de vértigo.

Ni siquiera sabemos muy bien de qué se trata la película (así nos suele tratar Greengrass) y ya vamos en un vagón a mil por hora, sorteando obstáculos que ni siquiera alcanzamos a percibir, eludiendo enemigos que solo vemos por fracciones de segundo; vamos a toda máquina, sin que tengamos una pausa para reflexionar qué es lo que está pasando.

Si queríamos acción, Greengrass está siempre dispuesto a complacernos. Sus persecuciones son tan intrépidas que parecen reales; sus peleas tienen el agite natural de la confrontación; su cámara parece la de un reportero en la escena de los hechos. Y en esta ocasión, los hechos ocurren en Bagdad. El protagonista es el líder de una tropa de élite (Matt Damon) cuya misión consiste en encontrar las armas de destrucción masiva debido a las cuales Estados Unidos decidió invadir Iraq en 2003 y derrocar al presidente Saddam Hussein.

Por supuesto, todos sabemos que no hubo tales armas, que las autoridades estadounidenses se inventaron todo para justificar la ocupación. Esta película es una de las tantas aproximaciones a la farsa. No simula ser cierta, pero puede que se acerque: la alta política valiéndose de sus mejores hombres para satisfacer sus propios intereses; dirigentes corruptos que se aprovechan de la lealtad del ejército para cumplir sus propios caprichos. Y eso que solo hablamos del lado gringo y no de los iraquíes…

Greengrass, fiel a su estilo, nos mete en la maleta del reportero, para que veamos algo de lo que sucedió durante la invasión, que aún continúa. Solo que el vértigo del reportero es tan exagerado, que a veces pasan diez minutos sin que entendamos nada, sin que distingamos siquiera una imagen.