Vea en cartelera la película colombiana La sociedad del semáforo

Si no fuera porque nos tropezamos con ellos todos los días, nos parecería excesivo ese torrente de seres humanos que se juega el pan de cada día en un semáforo.
Vea en cartelera la película colombiana La sociedad del semáforo

Si en cada cruce importante de Bogotá no hay menos de cinco limosneros, ¿cuántos serán?

A Rubén Mendoza, por ahora, no le interesa averiguarlo. Sólo mostrar su modus vivendi, esa sopa de miseria que se cocina día a día frente a las narices de los conductores desprevenidos y que tiende cada día a multiplicarse: porque no hay oportunidades, dirán unos; porque no saben hacer nada más, dirán otros; porque la vida les pasó por encima, los de más allá.

Algo de eso hay en cada personaje que Mendoza pinta en una esquina de centro de Bogotá, allí donde también hay jerarquías, líderes que dicen cómo es que deben vivir y repartir, jefes que pueden –o no– aceptar a un desatendido y mediocre electricista, reciclador, para más señas, que promete inventarse un mecanismo para controlar a su antojo las luces de los semáforos… para volverse ricos, es decir, para aspirar a algo más de limosna diaria.

¡Qué va! Saben todos que no es cierto. Lo que ocurre en esa esquina es un delirio escalofriante, no sólo el oficio tenaz de la mendicidad, sino porque el bazuco –ese consuelo mortal de los desadaptados– también hace de las suyas. Quizás durante estos delirios suceden las mejores secuencias de La sociedad del semáforo. Basta mencionar una excelente, cuando el electricista, llevado por el viaje, curiosea lo que un vendedor ambulante le ofrece: el silencio grabado en CD, “para aquellos que les gusta escucharlo”.

Filmada con actores naturales, una moda que juega en total rebeldía contra la industria de Hollywood y que, generalmente, ha resultado acertada, la película es, como era de esperarse, una visión cruda de la calle y, sobre todo, del fracaso. Porque no todos los que están en las esquinas son inocentes; muchos de ellos han huido de sí mismos y han terminado allí, resignados a ser parias de su propia estima, capaces de traicionar incluso a la gente que más quieren para alimentar su desgracia y satisfacer su ego.