Riverside

El actor Diego Trujillo protagoniza la nueva cinta del director Harold Trompetero.
Riverside

Harold Trompetero ha dicho que Riverside es la primera película que, por fin, ha hecho exactamente como quería, sin concesiones comerciales ni de producción. Es, tal cual, lo que él imaginó en la mente. Es decir, ha dicho que esta vez no tiene excusas. Y eso está bien.

Riverside es, sin duda, su mejor trabajo, lo cual no quiere decir necesariamente que sea óptimo. Pero algo es algo. En primer lugar, la puesta en escena es magnífica. Basta mirar a esa pareja de ricachones venidos a menos -de eso se trata la película, de una pareja de millonarios caídos en desgracia hasta el punto de tener que vivir del reciclaje de latas vacías debajo del puente de Brooklyn-, paseando por las calles neoyorquinas tullidos del frío y con la nitidez de la desgracia en sus ojos. Basta observarlos ir y venir planeando la ruta de su escape hacia mejores tierras -las sabanas barranquilleras, para más señas-, soñando con tener por fin la plata del pasaje que los sacará del helado infierno de Manhattan. Es conmovedor.

También lo es la dignidad de la que están dotados los personajes, esa manera de asumir la adversidad con decoro y sin echarse a morir, conservando, por ejemplo, sus mejores ropas para enfrentar la calle, acudiendo al baño público a acicalarse diariamente. Riverside es, en este sentido, un retrato de la fatalidad. Pero ese es, también, su defecto, ser un retrato y, por ende, sin historia, una imagen a la que le hizo falta una trama que sustentara el hermoso cuadro de un revés digno. Tal vez habría sido un excelente cortometraje.

Por lo demás no se le puede pedir más integridad a los actores, más ímpetu en la asunción de los personajes, a pesar de que se haya filtrado por ahí una especie de mesías barriobajero y romántico que no tiene mucho oficio ni en la calle ni en el filme. La película de Trompetero se defiende bien como drama teatral y desnuda el alma de un artista que por fin se ha decidido a a la película, de una pareja de millonarios caídos en desgracia hasta el punto de tener que vivir del reciclaje de latas vacías debajo del puente de Brooklyn-, paseando por las calles neoyorquinas tullidos del frío y con la nitidez de la desgracia en sus ojos. Basta observarlos ir y venir planeando la ruta de su escape hacia mejores tierras -las sabanas barranquilleras, para más señas-, soñando con tener por fin la plata del pasaje que los sacará del helado infierno de Manhattan. Es conmovedor.

También lo es la dignidad de la que están dotados los personajes, esa manera de asumir la adversidad con decoro y sin echarse a morir, conservando, por ejemplo, sus mejores ropas para enfrentar la calle, acudiendo al baño público a acicalarse diariamente. Riverside es, en este sentido, un retrato de la fatalidad. Pero ese es, también, su defecto, ser un retrato y, por ende, sin historia, una imagen a la que le hizo falta una trama que sustentara el hermoso cuadro de un revés digno. Tal vez habría sido un excelente cortometraje.

Por lo demás no se le puede pedir más integridad a los actores, más ímpetu en la asunción de los personajes, a pesar de que se haya filtrado por ahí una especie de mesías barriobajero y romántico que no tiene mucho oficio ni en la calle ni en el filme. La película de Trompetero se defiende bien como drama teatral y desnuda el alma de un artista que por fin se ha decidido a realizar su obra por encima de las consideraciones del medio. Trompetero lo merece y lo necesitaba.