Shrek para siempre

 Shrek es casi tan viejo como los juguetes de Toy Story. Y en su momento fue una verdadera maravilla, un golpe contra los cuentos de hadas que promovidos por Disney.
Shrek para siempre

Era el ogro verde el que rescataba a la princesa, mientras el apuesto príncipe era en realidad un cobarde. Además, el beso del verdadero amor no hacía a los contrayentes más bellos sino más amorosos, independientemente de sus cuerpos.

La segunda parte también fue risible: el hada madrina era en realidad una chantajista que busca hacer subir a su hijo al trono, y el rey… pues el rey era el sapo del cuento.

Pero después el tema se empieza a agotar. En la tercera, Shrek tiene hijos y en la cuarta… en la cuarta quiere recuperar su vida de soltero, ni más ni menos que la crisis a la que se enfrenta cualquier hombre que ronde los cuarenta. El personaje nuevo es Rumpelstiltskin, un truhán que tiene la fama de hacer firmar los contratos más perjudiciales del mundo. Y Shrek lo firma. La trama consiste, entonces, en todo lo que hace el ogro para deshacer el contrato y no tener que pensar nunca más en ser un ogro odiado por todo el pueblo, como al principio.

Es graciosa, es cierto. Sin embargo, es probable que no aguantemos una más. Tal como lo promete el título, Shrek para siempre tiene que quedarse ahí, en esa cuarta parte que no prometa una quinta. Quienes no hayan visto las tres primeras partes es probable que le tomen la gracia, pero a los aficionados de Shrek puede que les dé un poco de pereza enfrentarse a otra aventura que ya no tiene de dónde sacarle jugo.

La tercera dimensión ha dado para que las productores se concentren más en la tecnología que en la historia. Y a Shrek le pasa eso. Está hecha para que el público disfrute la tercera dimensión pero, a cambio, han descuidado el guión. Al menos eso es lo que pensamos quienes ya hemos cruzado las tres partes anteriores.

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