La historia es una novela

Mauricio Vargas usó la novela para escribir la biografía de Sucre. Juan Gabriel Vásquez se nutrió de la historia para escribir una novela sobre Conrad y su relación con Colombia. Uno y otro defienden la licencia del escritor para llenar los vacíos de la historia como crean conveniente.
La historia es una novela

La historia oficial dice que Antonio José de Sucre, uno de los héroes de la independencia, nació en la casa de su familia adinerada de Cumaná, Venezuela. La tradición oral cuenta que María Manuela de Alcalá y Sánchez dio a luz a su hijo en las playas de Marigüitar, porque el mal tiempo del mar Caribe no la dejó embarcarse hacia el pueblo. Esta versión más dramática del nacimiento de uno de los próceres americanos más importantes fue la que escogió el periodista y escritor Mauricio Vargas para su novela El mariscal que vivió de prisa.

Cualquiera de las dos versiones puede ser verdad, o lo que es lo mismo, ninguna de las dos es una mentira, una ambigüedad que se hace evidente cuando se trata de entender cómo la literatura, en este caso la ficción, puede servirle a la historia. Es una relación que enfrenta los acontecimientos oficiales, casi siempre escritos con diversos puntos de vista, con la versión libre del novelista.

Vargas la vivió en carne propia a la hora de escoger una novela y no una biografía, como género para contar la historia del mariscal Sucre. “La ficción es una manera de contar la realidad y la verdad, y a veces es más libre frente al seguimiento estricto de los hechos y tiene más alcance desde el punto de vista del alma de los personajes. Eso es lo que enriquece la historia”, afirma. Su decisión, al fin y al cabo, era mostrar la vida de un personaje que lo apasiona hace 28 años pero sin depender de documentos, cartas o datos exactos.

Por esa misma razón, no le gustan las etiquetas (“novelas históricas”, “historias noveladas”) que enmarcan los relatos de este tipo. Una etiqueta que podría perder sentido pues ahora el escritor tiene la libertad de narrar los hechos históricos como quiera. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ha enfrentado situaciones similares con dos novelas reconocidas como piezas claves de la narrativa de ficción y que tienen un trasfondo histórico importante: Historia secreta de Costaguana y Los informantes, del que lanzarán la edición de bolsillo en la Feria del Libro.

De entrada, Vásquez tampoco quiere etiquetas. “Nunca he creído a ciegas en la novela histórica porque como género, es decir, como la reconstrucción narrativa de un momento histórico, es una redundancia. No tiene sentido hacerlo cuando hay historiadores que lo hacen bien”, opina el bogotano, que ha afrontado la relación historia-ficción desde el lado contrario: cuando la historia es la que le sirve a la ficción.

Su mezcla de hechos reales con otros ficticios dio como resultado historias verosímiles. En Historia secreta de Costaguana, utilizó a José Altamirano para mirar hechos reales y así hizo que este personaje colombiano le narrara sus vivencias y las del país al escritor Joseph Conrad, quien hace parte de la novela y a quien acusa de robarle su vida para contarla en otro libro: Nostromo. “Esta sí es una novela sobre la historia, esa es la obsesión del relato”, agrega Vásquez, y al final termina convenciendo al lector de que Conrad pudo haber estado en Colombia.

Con Los informantes, una novela en la que revela un episodio desconocido de los nazis en el país, tiene otro concepto. “Esta no es una novela sobre la historia sino sobre el pasado, que no es necesariamente lo mismo. Lo que hice fue descubrir una historia humana para hacer la novela que me interesa, que es como un reflector sobre el cruce de caminos entre un gran acontecimiento histórico y los conflictos íntimos de los personajes”, explica Vásquez.

Tanto Vargas como Vásquez realizaron investigaciones sobre los hechos sucedidos en el tiempo en que transcurren sus novelas. Sin embargo, siguieron procesos diferentes para llegar al mismo fin y decidir qué les serviría en su narración.

A Mauricio Vargas le tomó años recoger toda la información, pero siempre fue consciente de la libertad que le daba la novela. “Hubo una lucha entre ser más novelista que historiador, a pesar de estar muy apegado a la historia”, explica, pero tuvo cierta ventaja a la hora de aproximarse a los hechos pues también los vio con ojos de periodista.

Todo esto como parte de un proceso que implica decidir dónde se habla de la realidad y dónde le dan rienda suelta a la creación de nuevos hechos. “El trabajo del novelista que se enfrenta a la historia es de descarte. La primera habilidad que hay que tener es dejar de contarlo todo, no olvidar que el destino particular de los personajes es lo esencial y la investigación es un accesorio para ese destino”, afirma Vásquez.

De ahí surgen esas libertades que podrían escandalizar a los historiadores y que generan la pregunta de dónde queda el rigor. “Un 90-95 por ciento de los hechos narrados en mi libro está basado en documentos, pero me di licencias; su valor es que sean la excepción. Ahí es cuando el novelista interviene para que no prime el rigor de los hechos”, agrega Vargas.

Para Vásquez, el rigor puede ser más una fuente de malentendidos. “Los novelistas que me interesan siempre han distorsionado la historia, cambian la cronología o inventan cosas que no existen, pero no es por una laxitud sino porque sienten que esa distorsión añade algo a la novela”, afirma.

De ahí surgieron libertades como la que narró Vásquez en Historia secreta de Costaguana sobre el presidente José Vicente Concha, quien murió en 1924 en Roma pero en la novela muere justo después de negociar el tratado del canal de Panamá, en 1903. “Sería un escándalo para los historiadores pero en mi novela hay un símbolo de que la separación de Panamá fue lo peor que nos pudo pasar como país, entonces todos los personajes que entran en contacto con el canal acaban mal”.

En El mariscal que vivió de prisa, Vargas usó un consejo que le dio Gabriel García Márquez: “Me dijo que cuando encontrara huecos negros desplegara las alas de la ficción. Creé el personaje de una viuda aristócrata con la que llené un vacío en la vida de Sucre, de quien no se tiene noticia durante siete meses en los que estuvo en la isla de Trinidad después del sitio de Cartagena”, explica. En el libro, la mujer le enseña muchas cosas y le regala un reloj de bolsillo que Sucre tuvo en realidad, pero que Vargas le atribuyó a ella.

Estos son sólo detalles, reales o ficticios, que le dan otro aire a la historia del país y que también hacen verosímil cualquier relato. En esto, y en que la historia ha sido contada por personas que no son infalibles, coinciden ambos escritores, pues detrás de los hechos oficiales hay prejuicios, intereses políticos, económicos o narraciones de héroes impecables. En ese momento es cuando entran los escritores a decir sin temor que la historia podría haber ocurrido de otra manera. Por eso, a veces, son mejores las novelas.