La película que Hitchcock no vio

Con la obra 39 escalones regresa el teatro lleno de creatividad y recursos elementales para contar una historia de crímenes, suspenso y mucho humor.
La película que Hitchcock no vio

Una mujer asesinada y dos pistas: un mapa de Escocia y un espía conocido como “39 escalones”. Una mezcla perfecta para una película de suspenso, algo que precisamente el gran maestro del género, Alfred Hitchcock, hizo en 1935. Hoy el filme ha revivido en las tablas como una parodia de la intriga y una verdadera lección de teatro físico donde cuatro actores se multiplican por cien.

39 escalones, la obra de teatro, fiel a la esencia del maestro, comienza con un asesinato y un hombre corriente, Richard Hannay, que termina acusado de la muerte de una agente. Hannay también trata de evitar que los secretos de Estado se sepan en los países enemigos, mientras se esconde de la policía y de una red de espías. La trama fue adoptada por el dramaturgo inglés Patrick Barlow del libro de John Buchan, el mismo que inspiró la película de Hitchcock, y la obra se ha convertido en los últimos años en un éxito teatral en Londres, Nueva York, Madrid y Buenos Aires.

El montaje respeta la mayoría de las escenas de la película y mantiene la atmósfera negra, la neblina británica, la música, las situaciones inciertas, el romance y las persecuciones. Pero sobre todo retoma el humor que Hitchcock mostraba incluso en momentos críticos, y le da incluso mucho más protagonismo gracias a la exageración, al trabajo corporal de los actores, al absurdo y a los movimientos calculados en una narración con visos cinematográficos.

Llegar a esto fue un trabajo arduo pues la esencia de la obra está en la precisión, en cada gesto, palabra, diálogo y movimiento. “Yo trabajo comedia física, algo que demanda un gran trabajo corporal y por eso cada salto o mirada al público es más precisa, hay un trabajo extra con los actores. Tuvimos que ensayar cada escena y cada chiste, porque a veces no funcionaban para el contexto colombiano”, explica Ricardo Behrens, director argentino invitado por el Teatro Nacional.

Se refiere a que sus protagonistas nunca paran de moverse en el escenario y, juntos, interpretan más de cien personajes. Jimmy Vásquez, como Richard Hannay, por ejemplo, está en todas las escenas de la obra; Marcela Agudelo interpreta a Pamela, Annabella y Margaret; y John Alex Toro y Carlos Hurtado hacen cada uno más de 40 personajes, que pueden ir desde un espía sin nombre, una empleada doméstica, un recepcionista de hotel y un policía, hasta un mentalista que sabe hasta la edad de la mítica y escandalosa actriz Mae West.

Ellos, además, se cambian de vestuario y entran y salen del escenario en cuestión de segundos para ambientar un apartamento, un tren, cascadas, pantanos, un poste de luz, una habitación de hotel, un carro y hasta persecuciones a través de montañas y con aviones de guerra. Todo un engranaje que también es posible gracias a los elementos básicos del teatro que ponen al descubierto “efectos especiales” que le dan un toque nostálgico al montaje.

Baúles, ventanas móviles, escaleras que se convierten en puentes, asientos con rodachines y las milenarias sombras chinescas que permiten a los aviones volar en el escenario, son parte esencial de cada escena. Por supuesto, muy ligados a los actores cuya participación, además de calculada, resulta divertida para el público cómplice, que todo el tiempo ve cómo ellos crean los espacios casi de manera coreográfica.

Todos estos recursos son usados en todas las versiones de la obra en el mundo. Sin embargo, según Behrens, “los actores latinos le imprimen un toque más pasional”. Él vio la versión de Broadway antes de montar en Colombia. Es quizás la más famosa de todas pues en 2008 se estrenó con buenos comentarios, pero la crisis económica la marginó hasta que a comienzos de este año se levantó y hoy es uno de los éxitos de Nueva York. “Esa versión me influyó para dejar lo que me gustaba y manejar lo que no me gustaba tanto”, agrega.

Para la versión colombiana fueron suprimidas algunas escenas que no cuadraban para nuestra idiosincrasia y que simplemente no divertían, pues muchas eran juegos de palabras que funcionan en inglés. La puesta en escena fue el principal reto de los actores. “La dificultad fue entrar en una estructura, pues no se puede hacer lo que uno quiera, uno no puede salirse de lo calculado. Fue algo difícil para todos”, dice John Alex Toro.

Carlos Hurtado, su compañero, confiesa que su trabajo en televisión en los últimos años le hizo perder práctica para asumir sus más de 40 personajes. “Aquí todo tiene su clave de clown, su partitura exacta. Ensayamos cinco horas diarias y siempre convertíamos los errores en aciertos”, explica, pues a diferencia de otras obras donde los actores cambian palabras o añaden otras, en 39 escalones una palabra o frase marca el comienzo de una acción o le da pie al diálogo de otro actor. Mejor dicho, quitar una expresión podría afectar el ritmo de la historia o dañar el sentido del chiste.

Al final, el acusado comprueba su inocencia, la mujer que lo acusó queda rendida ante sus encantos de dandy y los espías quedan descubiertos. Un final al mejor estilo de Hitchcock pero donde todo puede pasar, como la mano misteriosa que aparece de la nada y aprieta el gatillo para mantener el misterio, esta vez cargado de humor.

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