Mujeres casadas con el arte

Estas cuatro mujeres se casaron, fueron mamás pero nunca abandonaron su compromiso con la pintura y la escultura.
Mujeres casadas con el arte

CUANDO LA VIDA ES PINTAR 

“De joven no imaginé cuánto iba a vivir, pero sí sabía que iba a pintar toda la vida”. Esto dice la artista Margarita Lozano, quien está celebrando 50 años de vida artística trabajando. Su estudio es una pequeña casa entre las montañas donde termina la sabana de Bogotá. De ahí también sale el color de sus pinturas, con pinceladas definidas, fieles a su estilo.

A ella nunca le han importado las tendencias ni las vanguardias. Eso lo tuvo claro desde el día en que decidió ser pintora, tenía 17 años y llegó a París a estudiar cuando el existencialismo se discutía en los cafés del Boulevard Saint-Germain. Recuerda cómo su profesora le despertó la pasión por los museos y dedicaban los miércoles a ver exposiciones en galerías o museos como el d’Orsay, mientras dejaban los sábados para el templo sagrado: el Louvre.

En esos recorridos descubrió a Bonnard, Matisse, Van Gogh y Gauguin, algunos de sus favoritos. Luego siguió sus estudios en Roma y Nueva York, mientras iba consolidando un estilo. “Pinto lo que pienso y lo que quiero”, dice segura, porque sabe que la crítica la ha tratado duro por ser leal a sus principios artísticos.

Así regresó al país, con la cabeza llena de imágenes, más madura y casada. Su vida en Europa le había dado experiencia de artista pero su revelación se la dio el altiplano y el trópico. “Fue importante vivir afuera porque aquí de pronto no habría apreciado la luz tan maravillosa que tenemos”. De ahí empezaron a salir sus bosques tropicales, platanales y árboles de colores fuertes, contrastados y casi sin restricciones cromáticas.

En ese entonces se escapaba a Nocaima (Cundinamarca), donde hizo la mayoría de sus obras, para pintar ocho horas al día, hasta las seis de la tarde, cuando la luz empezaba a irse. Un horario que todavía mantiene, pues solo la luz natural puede iluminar su oficio.

Una parte de ese extenso trabajo se verá desde el 12 de mayo en el Club El Nogal. Allí mostrará su vida, la que tuvo la complicidad de su esposo y de sus dos hijos, la misma que surge de refugiarse todavía en su estudio para explorar los colores, para dejarlos por un tiempo o para volver a empezar después de recordar la frase de Picasso que ella siempre repite: “Copiar a los demás es importante, copiarse a sí mismo es una lástima”.

Cuando el arte se puede tocar

La obra de Claudia Hakim es para tocar. Unos tapices gigantes tejidos con aros metálicos, o unos espirales con texturas que parecen pieles de reptiles, logradas con cientos de tornillos y tuercas, invitan a pasar la mano por las piezas. Allí se notan sus estudios de diseño textil que primero la llevaron a la industria de telas para luego pasar al metal. “El textil se envejece, el material se apelmaza, en cambio el metal tiene un proceso de envejecimiento más bonito y largo”.

Fue así como nacieron obras con materiales sobrantes de procesos industriales pero que son nuevos, a los que les da un tratamiento que le permiten convertir sus tapices en esculturas. Hace poco terminó su exposición Resplandor y luego se fue a la India, donde expuso su trabajo en la Galería Nacional de Arte Moderno de Nueva Delhi, en una muestra que se llamó Metal – Morfosis: signos de piel.

Ahora, de regreso a su taller, espera seguir explorando otros lenguajes. “Estoy en una etapa deliciosa, no ha habido tiempo de pensar ni de empezar a jugar, a ensayar otros caminos”. Se refiere a buscar quizás otros materiales después de haber utilizado recursos fuertes, como el concreto; otros flexibles como el resorte, o más livianos, como la resina. Por ahora tiene en la mira el aluminio fundido.

En su taller lo decidirá. Ese es el espacio donde encuentra inspiración, donde lleva sus vivencias, el día a día, su rol de madre de cinco hijos y una rutina poco común en el medio artístico. Tal vez allí llega a concretar un sueño suyo: el de hacer obras de gran dimensión que queden en la calle, para que todas las personas puedan tocarlas.

Cuando el arte llega por emoción

Para Silvia Camargo la pintura es un pasatiempo que llegó tarde. Y llegó por una emoción que la hizo comprar óleos, carboncillo, acuarelas, pinceles y un libro básico de pintura. No sabía nada y todavía las clases están pendientes. Luego dejó que la noche hiciera el resto, por algo dice: “Lo único que no me gusta es dormir”.

Así pintó unos pájaros: uno encerrado en una jaula y después otro volando. Fueron como una señal y entendió que necesitaba sacar sus fantasmas. Lo había hecho también con el piano, una pasión que sí llegó temprano cuando a los nueve años empezó a sacar canciones a oído y después descubrió que esos sonidos le permitían expresar algo de nostalgia, rabia y lo que ella denomina “emociones extremas”.

Acaba de sacar un libro, La pura vida, donde deja plasmadas sus emociones. Ella es una economista especializada en finanzas que preside la aseguradora Colmena, vida y riesgos profesionales. Ese es el lado racional de Silvia, una mujer que dejó que la pintura atravesara su vida, tanto que no tiene temor de mostrar un Van Gogh que copió y que hizo suyo pintándole el cielo con acuarela.

“Escribir el libro ha sido mi mejor aprendizaje”. Decidió hacerlo después de un accidente con el que descubrió que la vida se puede ir de repente, después de haberse propuesto ser la mejor mamá de dos hijos, ahora adolescentes. “Me llené de muchos deberes y tenía que hacerlos bien, pensé que iba a ser la súper en todo y eso amarga”.

Ahora dice que ni es supermamá ni superejecutiva. Es la mujer que en el piano pasa de Elton John al Ave María de Gounod; en la pintura deja que aparezcan imágenes en las noches bogotanas o frente al mar en Santa Marta. En las letras, ya verá.

Cuando la piel es el lienzo

Catalina Aristizábal tiene una nueva pasión: la piel. Pero no la de ella, la piel de otros, que se ha convertido en el nuevo lienzo donde está explorando las posibilidades de crear imágenes. Hace sólo unas semanas descubrió que podía hacerlo con un aparato que encontró en una feria de entretenimiento en Las Vegas: un aerógrafo para Body Art.

Así despertó de nuevo las ganas de pintar, las mismas que ha tenido desde que tenía quince años, cuando empezó a expresarse con óleos y acrílicos en telas blancas que en la noche se llenaban de color. “Pinto abstracto y figura humana, me encanta el cuerpo”, dice para justificar que ahora ese pequeño aparato con mangueras y finas pistolas le deje explorar la piel para dejar una huella, así sea un arte efímero. Una marca en su brazo delata su experimentación y su intención es aprender a crear, sin plantillas ni modelos, imágenes que cualquier persona quiera tatuarse, y más adelante saltar al mural o a otras superficies que le permitan plasmar su nuevo arte.

“Esto lo llevo en la sangre y un artista se defiende con todo”, afirma mientras experimenta, pinta, desecha, derrocha y queda satisfecha. Sólo espera perfeccionar su arte y volver a dedicarle más tiempo a la pintura, una disciplina que pasó de las noches frente al lienzo a un esporádico contacto con los pinceles, hasta que el caballete terminó guardado. “Estoy dedicada a mi faceta de mamá”, recalca, nada de televisión por ahora, aunque muy seguramente sus hijos Oriana y Emiliano la verán dentro de un tiempo en la pantalla, pero actuando. Por ahora, la ven con el nuevo “juguete” de mamá.