Paolo Giordano, la edad de la inocencia

Lo más estrafalario que tiene Paolo Giordano son tres pulseras en su mano derecha: dos negras de cuero y una de hilos de colores.
Paolo Giordano, la edad de la inocencia

Es un detalle sutil que contrasta –y equilibra– su look de típico italiano que llegó al trópico escapando del frío de enero. 

Los más de treinta grados de temperatura y la humedad no hacen mella en su peinado, un pelo alborotado simétricamente que complementa una informalidad más de estrella de cine que de escritor.

Llegó a Cartagena dos días antes de que periodistas y público comenzaran a reconocerlo en los pasillos del hotel Santa Clara. Luego fue protagonista de Hay Festival como el ‘pelao’ de 27 años nacido en Turín (Italia), autor de un éxito editorial que ha atrapado a millones de lectores: La soledad de los números primos.

Alcanzó a escaparse a las Islas del Rosario, acompañó a su novia a buscar una mochila guajira, comió cebiche y pudo ser un turista como cualquier otro. Luego, con mucha tranquilidad, volvió a asumir su condición de escritor y se comportó al nivel de nombres como Ian McEwan y Mario Vargas Llosa.

“Todo esto aceleró mi edad, me aventó; si me comparo con otros jóvenes, puedo estar más adelante. Pero el deseo íntimo es el mismo, son las situaciones las que me hacen actuar como alguien mayor”. Se refiere a que su vida de físico y escritor en ciernes dio un giro de noventa grados tras ganar en 2008, con su primera novela, el premio Strega en Italia, distinción que han merecido autores tan importantes como Umberto Eco.

Con su pinta de modelo en camiseta, shorts a cuadros y sandalias hawaianas blancas con banderita brasileña, Giordano rompe ciertos estereotipos de escritor: todo lo mantiene en su sitio y no hay rastros de cigarros inspiradores en sus uñas de ángulos rectos. Tampoco tiene la pinta del estudiante que hace unos días sustentó su doctorado en física de partículas y que ya decidió ser solamente escritor.

“Escribir se volvió el eje de mi vida”, dice. En realidad, quería ser músico, pero cierta aversión a exponerse en público lo ll Turín (Italia), autor de un éxito editorial que ha atrapado a millones de lectores: La soledad de los números primos.

Alcanzó a escaparse a las Islas del Rosario, acompañó a su novia a buscar una mochila guajira, comió cebiche y pudo ser un turista como cualquier otro. Luego, con mucha tranquilidad, volvió a asumir su condición de escritor y se comportó al nivel de nombres como Ian McEwan y Mario Vargas Llosa.

“Escribir se volvió el eje de mi vida”, dice. En realidad, quería ser músico, pero cierta aversión a exponerse en público lo llevó a abandonar los instrumentos. El vacío que le dejó renunciar a la música fue llenado con otra de sus pasiones infantiles: la literatura. “Le fui cogiendo cariño a la escritura y se me convirtió en una pasión que me sacó de la rigidez de la matemática”. Después de un día de números, se le iba la noche dando vueltas alrededor de nada, hasta que el cansancio le anunciaba que era la hora de escribir.

Así nació la historia de amor de Mattia y Alice, de dos números primos de infancia traumática que por más cerca que se encuentren, nunca se alcanzan. Paolo es callado como su personaje, con una sutil sonrisa que muestra cuando es necesario y una mirada científica para fijarse en los detalles. Algo que resulta de una mezcla de matemáticas, neurosis y un defecto físico dramático: no tener olfato ni gusto, lo cual le exigió desarrollar un refinado sentido de la visión. Así puede demarcar los espacios que no conoce y eso lo tranquiliza.

Sólo la fama resquebraja esa estructura matemática. Aunque prefiere ser anónimo, maneja sin problema las situaciones en las que es una celebridad, tal vez algo natural que lleva en la sangre o un poco de falsa modestia. ¿Cómo se siente posando? “Terrible”, responde recostado a una ventana de una vieja casona, antes de lanzar una mirada de modelo a la cámara.

Tal vez Paolo Giordano no es tan normal como parece. xponerse en público lo llevó a abandonar los instrumentos. El vacío que le dejó renunciar a la música fue llenado con otra de sus pasiones infantiles: la literatura. “Le fui cogiendo cariño a la escritura y se me convirtió en una pasión que me sacó de la rigidez de la matemática”. Después de un día de números, se le iba la noche dando vueltas alrededor de nada, hasta que el cansancio le anunciaba que era la hora de escribir.

Así nació la historia de amor de Mattia y Alice, de dos números primos de infancia traumática que por más cerca que se encuentren, nunca se alcanzan. Paolo es callado como su personaje, con una sutil sonrisa que muestra cuando es necesario y una mirada científica para fijarse en los detalles. Algo que resulta de una mezcla de matemáticas, neurosis y un defecto físico dramático: no tener olfato ni gusto, lo cual le exigió desarrollar un refinado sentido de la visión. Así puede demarcar los espacios que no conoce y eso lo tranquiliza.

Sólo la fama resquebraja esa estructura matemática. Aunque prefiere ser anónimo, maneja sin problema las situaciones en las que es una celebridad, tal vez algo natural que lleva en la sangre o un poco de falsa modestia. ¿Cómo se siente posando? “Terrible”, responde recostado a una ventana de una vieja casona, antes de lanzar una mirada de modelo a la cámara.

Tal vez Paolo Giordano no es tan normal como parece. Hijo de una profesora de inglés y de un ginecólogo que un día se declaró “iluminado” y abandonó cualquier creencia, afirma que las matemáticas atraen a personas que ya están deformadas y después las deforma más. Seguramente esa es la explicación de que sus personajes sean así, retraídos, solitarios, tristes y poco comprendidos.

El éxito le ha hecho perder la inocencia, a su edad ya se codea con sus ídolos literarios como si fuera su igual. Sabe que está comenzando y que todavía tiene mucho por leer. Por el momento, ha calmado el ayuno de poesía con la Nobel Wis?awa Szymborska.

Hoy se enfrenta al peso de su segunda novela, que comenzó a escribir hace un mes: “Quiero dejar de probar que soy brillante porque, además, odio las novelas que demuestran la inteligencia del escritor. Quiero, simplemente, contar una historia”.

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