Poemas de Mario Benedetti

Tres poemas de la extensa obra del escritor uruguayo Mario Benedetti.
Poemas de Mario Benedetti

Chau número tres 

Te dejo con tu vida tu trabajo tu gente con tus puestas de sol y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza te dejo junto al mundo derrotando imposibles segura sin seguro.

Te dejo frente al mar descifrándote sola sin mi pregunta a ciegas sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas pobres y malheridas sin mis inmadureces sin mi veteranía.

Pero tampoco creas a pie juntillas todo no creas nunca creas este falso abandono.

Estaré donde menos lo esperes por ejemplo en un árbol añoso de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano horizonte sin horas en la huella del tacto en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido en cuatro o cinco pibes de esos que vos mirás y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar de tu sueño en la red esperando tus ojos y mirándote.

 Defensa de la alegría

Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina de la miseria y los miserables de las ausencias transitorias y las definitivas.

Defender la alegría como un principio defenderla del pasmo y las pesadillas de los neutrales y de los neutrones de las dulces infamias y los graves diagnósticos.

Defender la alegría como una bandera defenderla del rayo y la melancolía de los ingenuos y de los canallas de la retórica y los paros cardiacos de las endemias y las academias

Defender la alegría como un destino defenderla del fuego y de los bomberos de los suicidas y los homicidas de las vacaciones y del agobio de la obligación de estar alegres.

Defender la alegría como una certeza defenderla del óxido y la roña de la famosa pátina del tiempo del relente y del oportunismo de los proxenetas de la risa.

Defender la alegría como un derecho defenderla de dios y del invierno de las mayúsculas y de la muerte de los apellidos y las lástimas del azar y también de la alegría.

 Si Dios fuera mujer

¿Y si Dios fuera mujer? pregunta Juan sin inmutarse, vaya, vaya si Dios fuera mujer es posible que agnósticos y ateos no dijéramos no con la cabeza y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez para besar sus pies no de bronce, su pubis no de piedra, sus pechos no de mármol, sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos para arrancarla de su lontananza y no habría que jurar hasta que la muerte nos separe ya que sería inmortal por antonomasia y en vez de transmitirnos SIDA o pánico nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría lejana en el reino de los cielos, sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno, con sus brazos no cerrados, su rosa no de plástico y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío si hasta siempre y desde siempre fueras una mujer qué lindo escándalo sería, qué venturosa, espléndida, imposible, prodigiosa blasfemia.