Un muro con memoria

Por estos días Alemania conmemora los 20 años de la caída del Muro de Berlín con exposiciones fotográficas del momento de gloria. Cromos tomó sus propias imágenes de cómo se ha transformado el paisaje en torno a una reunificación que no ha sido del todo feliz.
Un muro con memoria

El 13 de agosto de 1961 está grabado en la memoria de los alemanes como el día en que sus vidas se dividieron para siempre. Esa noche un muro de 3.75 metros de alto y 120 kilómetros de largo se terminó de levantar en el camino de millones de berlineses que todos los días se desplazaban de un lado a otro para estudiar, trabajar, vivir. Con una inversión de más de 16 millones de marcos de la época, la Alemania Oriental había decidido construir un “muro de protección antifascista” para que del lado occidental no se infiltraran la inmigración, el contrabando, el sabotaje, el espionaje y el intercambio comercial.

Semejante obra no sólo estaba hecha de un impenetrable hormigón, sino que la custodiaban 11.500 soldados y estaba reforzada por una valla metálica, una cerca de alambre de púas, 300 torres de vigilancia, 30 búnkeres y centenares de alarmas, minas subterráneas y trincheras.

Esta medida represora generó 5.000 intentos de fuga del lado oriental, aproximadamente 136 personas muertas y miles de familias separadas a la fuerza que durante 28 años no supieron nada de sus parientes de sangre. Mientras en la República Federal Alemana la boyante situación económica permitió un auge industrial, la República Democrática Alemana (RDA) sufrió un retraso inversamente proporcional. Cuando el muro de Berlín fue finalmente destruido el 9 de noviembre de 1989, las cosas cambiaron, para bien y para mal, en ambas orillas.

Los habitantes del lado oriental, quienes estaban acostumbrados a tener garantizadas necesidades básicas como la vivienda y los servicios públicos, no se pudieron adaptar al estilo de vida capitalista del lado occidental, que finalmente terminó absorbiendo todo el sistema: la diferencia de salarios y del costo de vida entre región y región generó que muchos empezaran a sufrir por no alcanzar a pagar los servicios, y la desocupación del lado oriental (que en muchas ciudades alcanzó el 50%) generó un efecto dominó en el occidental.

De acuerdo con encuestas recientes, son muchos los alemanes orientales que irónicamente extrañan las épocas en que el muro se levantaba amenazante: en esa parte la cultura tenía una mayor difusión, la seguridad –así estuviera motivada por la represión– tenía una cobertura en toda la zona y al menos todos tenían acceso a una vivienda.

Los alemanes occidentales, por su parte, a quienes se les redujeron las oportunidades laborales dada la inmigración, se convirtieron en una sociedad racista y xenofóbica.

Pero no todo ha sido malo. A final de cuentas, la Alemania Oriental modernizó su infraestructura y su sistema político se democratizó. Y se despertó un sentimiento de colaboración. El impuesto de solidaridad para “la reconstrucción del Este”, vigente desde 1991, ha sido un bálsamo para todo el proceso de reunificación; si se tiene en cuenta que eso le ha costado a Alemania más de 1.5 billones de euros, la cifra resulta irrisoria ante el precio que dos sociedades hermanas tuvieron que pagar para alcanzar la libertad.

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