Bella calamidades y Perro amor, el éxito de los remakes

El estreno de estas dos novelas confirma una tendencia de la televisión colombiana: el remake de las viejas telenovelas exitosas.
Bella calamidades y Perro amor, el éxito de los remakes

Calamidades y perros sentimientos vuelven a jugar en el melodrama. El estreno reciente de las nuevas versiones de Bella calamidades y Perro amor removió recuerdos entre las generaciones grandes, que vieron cómo Nórida Rodríguez, la primera Lola, comenzaba a reencarnar en Danna García, 22 años después. Lo mismo sucedió con Sofía, personaje que en 1998 fue interpretado también por Danna en el triángulo perruno que produjo entonces Cenpro, y que ahora cobra vida en Ana Lucía Domínguez, y en Miami.

Un juego de roles digno del melodrama, pero que simplemente responde a un esquema común en la televisión: el remake. Colombia no ha escapado a él. La prueba fue la exitosa Pasión de gavilanes, una versión de Las aguas mansas, de Julio Jiménez.

Este escritor de melodramas lo había hecho antes con Amantes del desierto, el remake de Un largo camino; El cuerpo del deseo, a partir de En cuerpo ajeno, y Rauzán, basado en El caballero de Rauzán. Todas estas versiones fueron pensadas para el mercado latino de Estados Unidos, pero se han transformado en alternativas de la pantalla nacional.

De Lola calamidades ya había habido un remake, que se llamó Dulce ave negra, aunque allí Jiménez no estuvo al frente del proyecto.

En México, la meca del melodrama, el remake es una rutina de la industria televisiva. La lista es tan amplia que sólo en los últimos 30 años se han hecho cuatro versiones de un clásico mexicano: Corazón salvaje; y otras dos versiones de la recordada Los ricos también lloran, que se llamaron: María la del barrio y Marina.

Por eso no sorprende que el año pasado Televisa, la mayor exportadora de melodramas, incluyera entre sus nueve telenovelas de estreno seis nuevas versiones: tres argentinas, dos mexicanas y una colombiana (Hasta que la plata nos separe). Este año ha estrenado dos y una, Niña de mi corazón, es un remake.

Colombia entró al mercado vendiendo sus historias. “Un caso específico es el de Telemundo, porque ellos ahora hacen telenovelas de acá que no se vieron afuera. El remake puede darse por falta de historias originales, que no se consiguen todos los días. En estas circunstancias, las productoras prefieren a veces ir a la fija con historias probadas”, opina el productor Óscar Guarín.

Pero es claro que el proceso en el país ha sido diferente. “Al haberse tardado tanto la privatización de los canales y haber existido un tipo de licitación que permitía la coexistencia de empresas pequeñas, surgió una dramaturgia variada en la que nos arriesgamos a contar historias fuera de los estándares. Mientras ellos hacían remakes, nosotros hacíamos originales”, explica Juana Uribe, autora de Perro amor.

De ahí que algunos clásicos colombianos hayan sido “probados” con adaptaciones a realidades diferentes y al mundo actual. “El remake da la oportunidad de corregir cosas, de hacerlo más global y de cambiar la sicología de los personajes pero respetando la historia. Eso se logra bien si lo hace el mismo autor, porque este trabajo se ha convertido en una fábrica de botellas. Parte del éxito de un remake es que uno haga el cambio”, afirma Jiménez.

La diferencia es que en Colombia el mercado del remake apenas se abre espacio y desde Pasión de gavilanes no se programaba una nueva versión en horario triple A, como se hizo con Bella calamidades. Aunque en términos de melodrama una buena historia se impone por encima de todo, parece que los canales colombianos no se atreven fácilmente.

Una telenovela exitosa de hace veinte años tampoco garantiza el éxito, pero sí ofrece la oportunidad para que las nuevas generaciones la descubran. “Creo que diez años es un buen periodo para volver a emitir un remake en un mismo territorio y hay que tener en cuenta que muchas veces son hechos para un público nuevo, con otras exigencias y en distintas condiciones de producción”, agrega Uribe.

La fórmula tiene un ingrediente renovador de entrada: los actores nuevos. Así, es posible que Colombia vuelva a tener su Betty la fea, lejos de las versiones que se han hecho en todo el mundo, u otra Café con nueva Gaviota, que ya tuvo su versión en México pero con aroma de tequila. El público tendrá la palabra para darle rienda suelta a la ilusión en culebrones en los que ya no parece importar si la heroína se llama Esmeralda y años después, Topacio.