Connie Freydell, una mamá superemotiva

Tiene dos hijos y va en camino del tercero. Acompaña a su esposo, Juan Pablo Montoya, a las carreras, atiende una Fundación y además tiene tiempo para ella.
Connie Freydell, una mamá superemotiva

Hacer el perfil de una mujer de hoy como la paisa Connie Freydell es entender su hiperactividad y su ritmo de vida. A sus 32 años tiene tres meses de embarazo y espera su tercer hijo. Acompaña a su esposo, Juan Pablo Montoya, a las carreras y preside una Fundación que fomenta el deporte entre los niños colombianos de escasos recursos. Y aún así tiene tiempo para ella, para hacer ejercicio, para estar a la moda. Y para sonreír cuando la entrevistan. Connie no se puede quedar quieta. Incluso ella misma recoge a su hijo mayor, Sebastián, quien ya entró a un colegio católico de grandes, en una camioneta que le escogió –quién si no– Juan Pablo: la más segura de todas.

Connie viene de una familia alemana. Ella y sus hermanos tienen nombres extranjeros que suenan mejor con el apellido Freydell. Fue educada en Medellín en el Columbus School, luego en Bogotá en el Nueva Granada y finalmente en Madrid, donde obtuvo su título de abogada. Aunque no ejerce su profesión, el Derecho es un tema indispensable en la vida. Sencilla, clásica, recuerda con exactitud su niñez feliz y una adolescencia en la que empezó a ennoviarse desde los trece años. “Siempre fui noviera, tanto que cuando Juan Pablo y yo nos conocimos casi ni nos miramos porque, la verdad, yo sí estaba en mi cuento y él también estaba en el cuento de él; dejamos de hablar como cuatro meses y nos volvimos a encontrar estando en Miami; él ya había terminado y ahí sí no nos volvimos a separar”.

¿Cómo maneja su vida con Juan Pablo?

“Me enamoré, y me casé en Cartagena, en la iglesia de Santo Toribio. Me casé con un hombre público, con fáticos incluidos. Al comienzo lo acompañaba a todo, dormía en los hoteles, pero con la llegada de nuestros hijos Sebastián y Paulina y ahora, a la espera de Manuela, primero está atenderlos, llevarlos y traerlos, vivir mi vida de mamá”.

Connie se multiplica. A su edad ya ha vivido en Miami, Medellín, Bogotá, Madrid y Mónaco, adonde llegó luego de su matrimonio, cuando el piloto entró a la Fórmula 1. Hace apenas tres años regresaron a Miami, donde se estableció la familia. Agradece contar con una niñera que cocina, aunque le reconoce a Juan Pablo que recién casados era él quien se metía a la cocina para preparar un risotto o sazonar un buen pescado. “Tiene buena sazón, nosotros comemos muy fácil y no somos nada ‘pickie’ para comer, pero él le echa sus ingredientes y sus cositas, sabe cuándo agregarle el limón al pescado”. Ella, por su parte, se encarga del mercado comprando la carne en un sitio, las frutas en otro, en un plan de todo el día.

“El estilo de vida –dice Connie– es superdescomplicado y sencillo”. Casi no hay adornos en su casa, todo es muy blanco… muy beige, le gustan los detalles que puedan darle color a su espacio, como un cuadro rojo de la bogotana Martha Visual, o uno de Britto que pone el toque colorido al comedor. Las que no pueden faltar son las flores: rosas rojas, orquídeas moradas… “Cuando compro flores, siempre compro las más coloridas”.

Los trofeos de Juan Pablo van a una bodega donde él guarda todos “sus juguetes”. En casa sólo conservan el de la única carrera que ha ganado en Nascar: “Lo tenemos en la biblioteca, además fue en Sonoma y a mí me encanta el vino, es como una copa de vino. En esa habitación hay también una mesa de centro hecha con una llanta de Fórmula Uno como base y un vidrio encima. Es superchévere”.

¿Cómo es la vida de una mujer en los pits?

“La verdad, ahora es muy distinta de cuando yo estaba sin los chiquitos”. Recién casada, Connie acompañaba a Juan Pablo en todas las instancias de una competencia y no se separaban ni un instante. Cuando nació Sebastián, éste se sumó al trajín. A los dos meses de edad ya había viajado tres veces entre Europa y Estados Unidos. Pero cuando la familia se instaló en Miami, con dos hijos, se hizo más complicado viajar.

Trata de que los niños puedan tener una vida lo más normal posible, “que vayan a sus cumpleaños y sus cosas” –dice–, por eso hay veces que no lo puede acompañar. Pero una vez en las competencias, entra definitivamente en el tema. Siempre está en la grilla con Juan, se queda en el pit box con los ingenieros y cerca de Chip Ganassi pendiente de las comunicaciones por radio. Para las familias de los pilotos existen las motor homes, donde viven durante el fin de semana. Cuando regresa al hogar rodante para estar con sus hijos, mantiene los televisores encendidos, el radio, el computador… “estoy supermetida en la carrera”.

Sobre la ansiedad y el miedo propios de una competencia de alto riesgo, confiesa: “¡Soy superemocional!, si Juan Pablo se choca o se le daña una llanta me da mal genio, grito, peleo, pataleo…”. Los niños, por su parte, ya parecen entender en estos casos que a su papá no le está yendo bien.

Connie se encomienda a Dios y a la Virgen María, es muy devota y creyente del Divino Niño del Veinte de Julio, al que visita cada vez que viaja a Colombia, y desde cuando decidieron tener a Sebastián. No hay amuletos ni agüeros. Juan Pablo se colgaba una cadena con una cruz que luego reemplazó por su argolla de matrimonio “para que estuviera más cerca al corazón”, pero luego las reglas cambiaron y los pilotos no podían correr con absolutamente nada. La única costumbre es subirse al carro por el lado derecho.

¿Cómo se manejan el éxito y el fracaso?

“Obviamente es más fácil manejar el éxito”, opina. La derrota es más difícil, Juan Pablo ha depositado en su esposa la confianza de manejarle todo, el horario, los hoteles, los viajes… Por eso la frustra no poder llegar a los terrenos mecánicos para poder conjurar también la mala suerte que a veces hace parte de este oficio. Sin embargo Connie Freydell no se cambia por nadie. La posibilidad de vivir al lado de un marido que se sienta frente a un escritorio y que no se juega la vida en cada carrera, no la contempla. ”Doy gracias a Dios de que me haya tocado el marido que me tocó porque me encanta, es más, una de las cosas que más miedo nos da es el día en que Juan Pablo se retire”. Le encantan las carreras, le hacen falta, no las vive como un riesgo porque los carros son muy seguros… mucho más seguros que cualquier vehículo que manejamos en las calles. “Es que un carro de carreras lo hicieron para correr y para chocarse”.

A Sebastián también le gustan muchísimo los carros, ya tiene su propio kart y monta desde los tres años, pero Connie es consciente de que el automovilismo exige una dedicación y un trabajo enorme. “Es mucho más difícil de lo que la gente piensa. Cuando llegue el momento, él decidirá si continúa”. Sebastián tiene con su papá una relación espectacular, es como si fuera un hermano mayor; es Connie la que lleva el peso de ser la regañona, “la cantaletosa”, como ella misma dice. Es ella quien regaña a Paulina para que no se chupe el dedo porque a Juan Pablo no le gusta, mientras tanto, él patanea con ellos pues las actividades de él (windsurf, karts, motos, escalar), son como de un niño. “Para los chiquitines es delicioso estar con el papá porque están jugando todo el tiempo”. Sebastián sabe que su papá corre, pero lo ve tan normal que se da el lujo de tener como piloto preferido a Kyle Bush.

Desde hace siete años, Connie preside la Fundación Fórmula Sonrisas, cuya finalidad es dar a los niños un motivo para sonreír, a niños que viven en unas condiciones muy difíciles. La oficina administrativa está en Bogotá, pero hay proyectos en Cartagena, Santa Marta, San Andrés, Villavicencio, Ibagué y La Guajira. La Fundación organiza anualmente una gala benéfica en Miami con otras cuatro Fundaciones. Se llama ‘Believe’ y este año tuvo la fortuna de contar con el apoyo de Lauren Santo Domingo para la subasta de las mochilas wayúu intervenidas por diseñadores de la talla de Valentino y Carolina Herrera. Por Colombia estaba Silvia Tcherassi.

¿Qué tanto le interesa la moda?

“Mucho, soy muy clásica, muy básica pero me encanta mirar revistas…”. Connie piensa que los zapatos y las carteras marcan la diferencia en un atuendo. Su clóset está lleno, tiene demasiadas cosas y mucho color que administra por épocas. Le fascina el negro, pero cuando llega el verano regresa al blanco. “Es como en mi casa, me fascina tener el accesorio que le da el color, que le da vida a lo que me estoy poniendo”.

¿Infaltables en su clóset?

“Los topcitos blancos para usar sacos y camisas, o solos con pañoletas, y las gafas”. Es cambiante, ha probado diferentes marcas y estilos de jean como Seven, Humanity y ahora True Religion. “Son superchéveres, son delgaditos, son ricos para Miami”. Es una seguidora fiel de Valentino, le parece que es clásico. “Uno se puede poner las prendas de él en cualquier época y siempre están de moda, siempre se están usando, me encanta…”.

Nunca ha pensado en diseñar, aunque cree que le gustaría. Por ahora prefiere dedicar su tiempo a la familia y a la Fundación, y dejar el diseño como una alternativa para cuando los niños crezcan. Tiene muy claras sus prioridades, y proyectos como este prefiere dejarlos para cuando los niños crezcan. “Cuando se vayan de la casa voy a tener muchísimo tiempo para hacer cosas así, de pronto diseñar… un perfume me parece chévere, pero eso vendrá cuando ya tenga más tiempo”.

Le fascinan los libros de Isabel Allende y Paulo Coelho. Cree que son libros muy interesantes, muy dinámicos y que al mismo tiempo le dejan muchas enseñanzas. Ahora acaba de terminar uno de Leila Cobo, Tell me something true. “Ella es colombiana, es caleña, superchévere; muy fuerte, cuenta un poco de cuando Cali vivió su época violenta, pero es una historia de amor muy chévere, ese me gusta mucho”. Lo que más la hace feliz, sin embargo, es estar en un barco en Miami con sus amigos y su familia, tomándose un vinito o unos aguardientes.

¿Cómo se mantiene?

“Yo soy hiperactiva, no puedo vivir sin ejercicio, me gusta el pilates pero me toca hacer ejercicio de alto impacto o sea montar en bicicleta, escalar, hacer windsurf, cosas mucho más hiperactivas porque Juan Pablo es igual”.

Tiene una vida deliciosa, tanto que no cambiaría nada. Tiene un esposo amoroso, dos hijos hermosos y otro en espera, y una vida por delante para realizarse como mamá, ejecutiva y esposa.

¿Podríamos decir que su relación con Juan Pablo es hasta que la muerte los separe?

“Si Dios quiere sí, la verdad esa es la intención de los dos, eso es para lo que trabajamos todos los días”.