Valerie Domínguez, escultural y encantadora

La ex reina barranquillera se graduó como actriz en Los caballeros las prefieren brutas y demuestra que su poder de seducción también atrae rating.
Valerie Domínguez, escultural y encantadora

La cita es el sábado a las cinco de la tarde, en una suite del hotel Victoria Regia, en Bogotá. Es obvio que no estaré solo. Irá una maquilladora y su respectiva asistente; irá su mánager y una mujer que se encargará del vestuario; irá el fotógrafo y dos iluminadores; irán las dos productoras y el director de la revista. O sea que seremos once personas rondando a Valerie Domínguez.

Es un alivio. No quiero imaginar si, de verdad, la cita fuera a solas; y no fuera una entrevista sino una cita simple: ¡Una cita! La cantidad de gestos que debería esconder, la suerte de miradas que debería preparar, las preguntas que debería omitir, las respuestas que no podría usar, los argumentos que debería tener listos para no quedar en ridículo, para hacerme pasar por interesante, para agradarle, para conquistarla. Porque de eso se tratan las citas (ni hablar de las que son a las cinco de la tarde en la suite de un hotel), de un cortejo en el que cada uno exhibe lo mejor de su vitrina y esconde lo que le acompleja, lo que sabe que jamás irá a vender. ¡Una cita con Valerie Domínguez! ¡Cómo hago para transformarme en otro!

“Hay una cosa con la que no estoy de acuerdo cuando uno conoce a una persona –dirá más tarde–: por lo general uno no se muestra como es sino como quiere que lo vean, para gustar más. ¿Por qué hacemos eso? Por miedo, un miedo intenso a ser rechazados. De eso habla mucho la serie en los últimos capítulos”.

Se refiere a Los caballeros las prefieren brutas, la producción del canal Sony Latinoamérica que Caracol Televisión ha empezado a emitir en Colombia. Basada en el best seller homónimo de Isabella Santo Domingo, la comedia disecciona (es el término que mejor se le ajusta) las relaciones de pareja: describe cómo suelen comportarse los hombres modernos para sobrevivir en medio de mujeres cada vez más astutas; descubre cómo las mujeres se han adaptado a la selva masculina; y cómo ambos bandos andan en una transformación sicológica y social a la que le tienen pánico: les angustia casarse y tener hijos porque no pueden soportar la idea de renunciar a su libertad de solteros; les produce escozor pensar en una vejez solitaria y en ellos mismos intentando renunciar a la madurez a fuerza de cirugías, botox, tatuajes y reggaeton.

Valerie hace el papel de Cristina Oviedo, una diseñadora exitosa e independiente que de pronto sufre una enorme decepción: ve cómo su novio, en vísperas de matrimonio, la engaña con su mejor amiga, la amiga de infancia, la que tanto creía conocer. Sin marido y sin amiga, Cristina intenta reconstruir su vida, pero anda más insegura que nunca.

“Uno aprende más de los hombres con los amigos que con los novios –comentará Valerie después de la sesión de fotos, ya liberada de las prendas insinuantes con las que posó, ataviada de nuevo con un blue jean desteñido y una camiseta blanca sin mangas–. Un novio no te dirá nunca que esa mujer está buena, que le gusta, temerá hacerte daño o que lo regañes, temerá por la relación. Un amigo es, en ese sentido, totalmente franco”.

En el caso de Cristina habría que añadir que una mujer conoce más a los hombres por sus amigos gays. Cristina tiene uno, Rodrigo, interpretado por Mijail Mulkay, que sospecha que el inquilino homosexual de Cristina, Alejandro (Juan Pablo Raba), no es un gay auténtico. Sin embargo, mientras no se demuestre lo contrario, Cristina trata a Alejandro como lo que finge ser, y entonces lo invita a dormir en su propia cama, le confiesa sus más profundos miedos… Todo porque, se supone, no existe la desconfianza de la tensión sexual, el retraimiento emocional que produce el deseo. “Adoro a los gays –me confesará Valerie, sentada en un sofá y enfatizándolo con las manos–. Son geniales: como son hombres, conocen muy bien a los hombres, pero al mismo tiempo son demasiado cercanos a la mujer, saben entenderla. Y eso es lo que buscamos nosotras, que nos entiendan”.

Los hombres son así

Valerie tenía no más de 12 años cuando sintió, por primera vez, que le gustaba un hombre. Era un niño rubio, blanquísimo y de ojos azules por el que morían todas las amigas del colegio. A los 14, llegó a la casa con su primer novio. Entonces su papá la llevó al estudio y la sentó a su lado: “Mira, niña: los hombres son así, así y así…; y así han sido, tal cual”, dice Valerie (o dirá, cuando haya terminado de sonreírle a la cámara, de soltar toda su sensualidad frente a la lente). Acentúa la frase con su mano izquierda, como si aquellas palabras de su padre todavía saltaran como puntos sobre las íes. “Obviamente mi papá quería cuidarme, pero uno no puede ser tan prevenido porque entonces no vive. Uno va aprendiendo: si sufre, se acabó, pero no puede estar ocupándose de no llorar”.

¿Debe uno colegir que ha llorado por amor, que a pesar de su belleza inobjetable, no le ha ido tan bien en las lides del corazón? Quizás es mejor no especular. Su primer novio le duró seis años; su segundo, cuatro. En todo caso concluye como si ella fuera la maestra de kung fu y yo el pequeño saltamontes: “No todo el día es de día; la noche en algún momento termina. Así también, no todo el tiempo podemos estar alegres. Hay que aprender de la tristeza”.

Su padre, un célebre joyero de Barranquilla, quiso que Valerie continuara la tradición de la familia, y la estimuló para que viajara a Italia. De manera que estudió diseño de modas en Milán y diseño de joyas en Florencia. Su destino, a los 24 años, era vivir en Italia para siempre. ¿Cómo se le pudo atravesar el Reinado Nacional de Belleza? Valerie lo tiene claro: sabía que si no se presentaba al concurso, iba a quedar con la espina de no saber qué habría pasado. “No me gusta arrepentirme de lo que no he hecho, si las cosas fluyen, yo fluyo con ellas”. En el caso del reinado, fluyeron. Le habían insistido tanto (seis años, desde que ella tenía 19), que su respuesta el último año fue automática: se presentaría y luego regresaría a Italia.

Lo demás es historia. Ganó el concurso, participó en Miss Universo y luego le llovieron propuestas para televisión. Quedó obnubilada con el mundo de la actuación y ahí está, posando para la revista CROMOS como estrella de una serie que se emite en toda Latinoamérica, como recién graduada de una carrera que debió aprender a la fuerza, casi sin tiempo, primero de la mano de Nicolás Montero, luego con la paciencia de Jorge Alí Triana, y más tarde bajo la dura batuta de Luis Orjuela, el director de El último matrimonio feliz. “Me dio durísimo –confiesa–. Creo que siempre pensó que, por haber sido reina, no iba a ser capaz de actuar. Al final, durante la emisión del primer capítulo, me dijo: ‘Te felicito, lo lograste’. Había pasado la prueba”.

Concentrada en los libretos de Los caballeros las prefieren brutas, y en especial en los de su personaje, Cristina Oviedo, casi responde de memoria cuando le preguntan por su príncipe azul, por la idealización del hombre perfecto: detallista, cariñoso, comprensivo, tierno, simpático, risueño, generoso… ¡Demasiadas cualidades para un solo hombre! Valerie sonríe y admite que sí, que de pronto es mucho pedir, y luego resuelve lanzarse a una teoría: “Una mujer quiere que la escuchen, que la comprendan, pero los hombres… no atinan ni con una fecha. ¡Ni con la de la menstruación! Así no hay manera que entiendan que en esas circunstancias somos muy sensibles, intensas. En cambio un gay lo advierte inmediatamente.

—¿Quieres decir que los gays son los hombres perfectos? –pregunto, un poco frustrado.

—Bueno, no, tampoco, ríe Valerie. Los gays son los hombres perfectos pero… —No termina la frase, en lugar de eso, se ríe, y su risa es elocuente. Luego concluye:

—… pero cuando quieras un consejo de sexo, pídeselo a un amigo gay.

No se me había ocurrido, pienso que lo tendré en cuenta, pero no se lo digo. Más bien opto por seguirla conociendo:

—Y ya que los hombres no son perfectos, ¿qué les perdonas?

—No sé… ¡Nos ha tocado perdonarles todo!

—¿Perdonarías la infidelidad?

—No sería tan fácil. Creo que no. Si está con otra, que se quede con ella.

—¿Y una mentira?

—Sí, eso sí. Yo también las he dicho. Todos hemos hecho eso alguna vez.

—¿Y que no te consientan?

—Ni siquiera tendría que perdonarlo, porque no arrancaría una relación si supiera que él no va a consentirme.

Chocolate y vainilla

Valerie Domínguez no oculta sus más bajos placeres. No había terminado de descargar su cartera para ocuparse del maquillaje que iba a usar durante la sesión fotográfica, cuando sacó, envuelta en una servilleta, una torta con vetas de vainilla y chocolate. “Prueba esto. ¿No es lo más rico del mundo?”, susurra.

La receta no es apta para obsesos de la figura, y es raro que a ella, que vive de tener una buena figura, la consuma con esa naturalidad. “He vuelto a hacer postres. Los hacía cuando niña, y ahora he vuelto a hacerlos por la noche. Me relaja, me saca hacia otra parte. No hay nada mejor que un buen postre”.

Lo come sin contemplaciones. Luego de verterlo en el molde y llevarlo al horno –donde todo ese azúcar, toda esa harina y todo ese chocolate se cocinarán durante 50 minutos– raspa con el dedo y con la lengua la espátula y la refractaria donde preparó la mezcla. “Es un mito eso de los papás que dicen que la mezcla cruda hace daño. A mí nunca me ha pasado nada. Es deliciosa”.

La conversación, entonces, se torna dulce hasta el final:

—O sea que si alguien quiere conquistarte con un regalo, ¿prefieres chocolates a flores? —insinúo.

—¡Chocolates! Uno incluso puede clasificar a los hombres entre hombres de chocolate y de vainilla. A mí me gustan los de chocolate. Los de vainilla no me gustan.

—¿Cómo son los hombres de chocolate?

—Los hombres de chocolate disfrutan la comida. Yo no podría estar con un hombre que no coma, porque entonces quién se va a comer los postres que yo hago. Tiene que disfrutarlos conmigo.

—¿Y los de vainilla?

—Los de vainilla no disfrutan la comida, y son fríos. Los de chocolate son calientitos. Los de vainilla son aburridos, los de chocolate tienen más voltaje.

—Si ese hombre que te quiere conquistar te invita a un trago, ¿qué trago prefieres?

—El whisky.

—Es un trago de hombres. ¿No recibirías una piña colada?

—No, ese trago me lo ofrecería un hombre de vainilla. Un chocolate me da whisky o un buen vino.

—¿Y un regalo? Si te diera un regalo, ¿cuál sería una buena señal?

—Nada costoso. Y ropa, menos aún. Yo creo que un buen postre, porque uno conoce a la gente dependiendo del postre que regala. Nadie va a regalar uno que no le guste.

—¿O sea que uno te puede regalar un postre de maracuyá y tú quedas feliz? —Me nace preguntárselo de manera automática, casi como un pequeño triunfo: saber qué le gusta que le regalen a Valerie. Pero pronto se encarga de bajarme de la nube.

—¡No! Un postre de maracuyá es para un hombre de vainilla.