Daniel Barenboim, músico sin fronteras

Daniel Barenboim aterriza en Bogotá el 15 de agosto con su famosa orquesta árabe-israelí.
Daniel Barenboim, músico sin fronteras

Cuando Daniel Barenboim mueve la batuta, lo hace como israelí y como palestino. Quizás es el único director de orquesta del planeta que se da el lujo de ostentar dos nacionalidades tan opuestas. Y quizás es también el único que se da el lujo de haber formado una orquesta con músicos de ambos bandos: árabes y judíos. Es la manera de Barenboim de hablar de política, del conflicto entre Israel y Palestina, y de un tratamiento justo para los dos pueblos.

La orquesta, llamada Diván Este-Oeste, fue creada en 1999 junto a Edward Said, un amigo palestino. El proyecto lo hizo merecedor del premio Príncipe de Asturias a la Concordia, en 2002.

La agrupación se reúne cada verano y recorre diferentes lugares del mundo. Este año incluyó a Colombia con un concierto en el que interpretarán las Sinfonías 6ª (Pastoral) y 7ª de Beethoven, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Judío, descendiente de rusos que emigraron a Argentina, Daniel Barenboim nació en Buenos Aires en 1942. No es la primera vez que visita Colombia. En 1960, cuando tenía 18 años, tocó en Medellín las 32 sonatas de Beethoven en el teatro Colombia. En ese tiempo, Barenboim ya era conocido como el joven prodigio que a los siete años había dado su primer concierto.

Han pasado casi 60 años desde que el pequeño pianista, que tocaba con pantalones cortos, empezó a ser calificado como un fenómeno musical, después de que su familia se mudara a Israel y luego lo enviara en 1954 a Salzburgo (Austria), a tomar clases de dirección con el compositor ucraniano Igor Markevitch. Para entonces, ya había hecho su debut en Viena y Roma, y muy rápidamente siguieron París, Londres y Nueva York.

Un gran comienzo para un niño que a los 12 años había grabado sus primeros discos con obras del repertorio para piano como las sonatas de Mozart y de Beethoven, además de los conciertos de estos dos compositores, y de Johannes Brahms y de Béla Bartók.

Así entró a la lista de los mejores pianistas del siglo XX, a pesar de que concentró su carrera en la dirección desde los años 70. Ha estado al frente de la Orquesta de París, de la Sinfónica de Chicago y de la Ópera de Berlín, y ha aceptado invitaciones de La Scala de Milán, el Carnegie Hall, la Ópera Metropolitana de Nueva York y al festival de Bayreuth, donde sólo se interpretan obras de Wagner, uno de sus compositores de culto.

Barenboim es una celebridad y en esto ha ayudado también su vida personal, pues estuvo casado con la famosa chelista británica Jacqueline du Pré, quien enfermó de esclerosis múltiple y murió en 1987. Con ella y sus amigos Itzhak Perlman, Pinchas Zukerman y Zubin Mehta, todos músicos jóvenes y brillantes, interpretaron un concierto histórico en Londres con The Trout (La trucha), obra para piano, chelo, violín, viola y contrabajo de Schubert.

Y aunque sostuvo un romance secreto –del que nacieron sus dos hijos– durante los últimos años de vida de su esposa, Barenboim superó el escándalo y consolidó su carrera gracias a lo que la crítica llamó “maestría para transmitir la estructura musical y profunda sensibilidad frente a los matices melódicos”.

Sus músicos preferidos son Beethoven, Bruckner, Schumann, Brahms y Mahler, pero su repertorio incluye obras del barroco y de compositores del siglo XX, y ritmos modernos como el jazz y el tango.

Barenboim ha sido criticado por su impaciencia, arrogancia, egocentrismo y su poco comunicativo modo de trabajar, pero que muchos le disculpan sus defectos por sus trabajos memorables.

Pero sin duda, le debe gran parte de su popularidad a su posición política. “No hay manera de que Israel negocie con los palestinos, si ellos no entienden el sufrimiento del pueblo judío. Ahora, cincuenta años después, tenemos que aceptar la corresponsabilidad del sufrimiento palestino. Hasta que un líder israelí sea capaz de pronunciar esas palabras habrá paz”.

Por eso quizás ha sido también un provocador, como sucedió durante un festival en Israel, en 2001, cuando la Staatskapelle de Berlín interpretó bajo su batuta la ópera Tristán e Isolda, de Wagner, un compositor prohibido allí debido a su antisemitismo. El público protestó y Barenboim fue tildado de pro nazi, y obligado a cambiar el programa por obras de Schumann y Stravinski. Al finalizar y antes del bis, le dijo al público que interpretaría una pieza de Wagner y quienes no estuvieran de acuerdo podrían abandonar la sala.

Y ha ido más allá, como ofrecer recitales de piano en Ramala (Cisjordania), y otros conciertos que hicieron que el gobierno palestino le diera en 2008 la ciudadanía honoraria. Un hecho que levantó ampolla en Israel, pues es el único judío que tiene esa nacionalidad. Al respecto, Barenboim dijo: “Espero que mi nuevo estatus sea un ejemplo de la coexistencia israelí-palestina. Creo que el destino de estos pueblos siempre estará ligado”. Por eso no detiene su batuta. Para él, la música es el mejor idioma de la integración

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