Ricardo Restrepo, el psiquiatra del rock

El baterista de Estados Alterados (centro) dirige un centro para atención de adictos en Nueva York, es profesor de la Universidad de Columbia y ayuda a refugiados y víctimas de tortura. El próximo año lanza su quinto álbum y prepara una nueva gira.
Ricardo Restrepo, el psiquiatra del rock

Ricardo Restrepo fue uno de esos muchachos que creció en la Medellín de las bombas, los sicarios y los toques de queda impuestos por Pablo Escobar en los años 80. Algunos de sus amigos y conocidos se volvieron traquetos o se perdieron en el mundo de las drogas.

Él decidió ser músico y, para completar, psiquiatra. Hoy dirige un centro de atención para todo tipo de adicciones en el Hospital Saint Lukes Roosevelt, adscrito a la Universidad de Columbia, en Nueva York; trabaja como voluntario en África, ayuda a inmigrantes y víctimas de tortura y está a punto de volver a los escenarios con su quinto álbum como baterista del grupo de de rock Estados Alterados.

Ricky (así prefiere que lo llamen) se ríe cada vez que le preguntan si son compatibles el rock y la psiquiatría. Se mofa del cliché que asocia a los roqueros con la droga, el sexo, el alcohol y la vida desenfrenada. Lo hace porque él es diferente.

Su banda no sólo fue pionera en introducir elementos de música electrónica a sus interpretaciones y en probar con nuevos sonidos, sino que se destacó por estar alejada de los excesos y tener unas letras más cotidianas.

Graduado en Psiquiatría, con un máster en salud pública global y una especialización en adicciones, Restrepo dice que la música lo ayudó a salir de aquella convulsionada realidad con un sueño y una visión más real del país. Se considera afortunado porque creció en el barrio El Poblado, estudió con monjes benedictinos y se crió en una familia de doctores con un fuerte sentido social.

También porque sus compañeros de banda, Tato y Elvis, y la mánager de la banda, María Inés Vélez, lo apoyaron para que pudiera cumplir al mismo tiempo con las presentaciones del grupo y con las clases de medicina en el Instituto de Ciencias de la Salud en Medellín.

“La psiquiatría te da la facultad de dialogar con tu paciente en momentos en que lo humano ha sido reemplazado por el negocio. Es lo más cercano a la música. Es cerebralmente emocional, es un arte. Gracias a la música he podido acercarme a mis pacientes y gracias a la psiquiatría he podido expresar las emociones con la música”, asegura desde Nueva York, donde vive con una esposa mexicana.

En la Gran Manzana lidera un equipo de especialistas que define los tratamientos farmacológicos y la psicoterapia de los pacientes adictos a heroína, anfetaminas, marihuana, alcohol, entre otros.

Con tantas obligaciones juntas, con frecuencia se le viene a la mente el consejo de algunos médicos prestigiosos de Medellín, que lo conminaron a salirse de la música o retirarse de la universidad porque era imposible seguir las dos profesiones. Hoy agradece esos consejos, porque se propuso demostrarles que estaban equivocados. “Ahora que tengo la oportunidad de dirigir a los estudiantes, les digo que no abandonen ninguna pasión”.

A él la pasión por la música le afloró muy temprano, como a los seis años, cuando tuvo en sus manos los clásicos de Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelin, Queen, Yes, The Who, David Bowie, Jimmy Hendrix. Luego, en la adolescencia, se unió a Tato y a Elvis y antes de terminar el bachillerato ya tenían banda que además bebía del sonido electrónico de Kraftwerk, Tubeway Army (Gary Numan), The Cars y Depeche Mode.

Cuando estaba en primer año de medicina, grabó su primer sencillo (de 45 revoluciones): Muévete, con un lado B: El velo. Después vinieron los éxitos: cuatro álbumes, giras en el exterior y el reconocimiento por ser el primer grupo colombiano en grabar un video para el canal musical MTV (el primero que dirigió Simón Brand). Esta etapa duró hasta septiembre de 1995, cuando los tres decidieron hacer un receso: Tato se fue a Bogotá, Elvis se hizo diseñador industrial y Ricky, graduado como médico, viajó a Estados Unidos a aprender inglés.

Estando en Boston decidió hacer la residencia en Psiquiatría, mientras seguía explorando musicalmente con diferentes géneros. Por esa época empezó su trabajo humanitario, motivado por algunos de sus profesores que pertenecían a la organización internacional Médicos por los Derechos Humanos (ganadora del Nobel de Medicina en 2000). Ese fue su primer contacto con refugiados.

Y aunque la idea de regresar a Colombia seguía latente, aprovechó para tomar una especialización en tratamiento de adicciones. Pero nunca dejó su pasión: tocaba en clubes y bares y mantenía contacto con Elvis y Tato, hasta que los invitaron a tocar en Rock al Parque, en 2005.

Fue tan buena la respuesta del público y tan fuerte la energía que sintieron los tres integrantes de la banda, que decidieron grabar un nuevo álbum, Romances Científicos, que saldrá a la luz a comienzos de 2009.

Ahora planea volver a Colombia cuanto antes a conectarse otra vez con su público. Mientras tanto, seguirá atendiendo sus obligaciones profesionales. Además de dirigir la clínica de adicciones, tiene un consultorio en el Hospital Saint Lukes, es profesor asistente en la Universidad de Columbia, consultor de las Naciones Unidas en Derechos Humanos y, como voluntario, trata los traumas de personas que han sido víctimas de tortura, ayuda a los refugiados y certifica ante los jueces de inmigración el riesgo que corre un migrante y aconseja conceder el asilo.

Ese voluntariado lo ha llevado a México (elaboró un manual para la investigación de la tortura y otros tratos degradantes) y a tres países africanos a trabajar con los refugiados. Para completar, desde hace varios años acompaña en Colombia al Ministerio de Protección en proyectos de salud pública y adicciones, y ya tiene casi listo un programa para intercambiar experiencias entre psiquiatras colombianos y norteamericanos.

Y su razón tiene: “La vida me ha dado tantas oportunidades que no puedo dejar de compartir con otros”.