Tras las huellas de Escalona

El cronista cartagenero Gustavo Tatis Guerra recorrió los pasos del compositor patillalero, visitó su casa natal, dialogó con sus amigos y hasta se encontró con la legendaria maye. Relato nostálgico de una tierra que acaba de quedar huérfana.
Tras las huellas de Escalona

Un cuarto solo donde duerme el olvido.

La vieja casa donde nació Rafael Escalona, en Patillal (Cesar), no tiene ninguna señal ni una foto que lo recuerde. La calle es ancha y el viajero se encuentra con la presencia imponente del Cerro de Murillo que parece una mujer dormida en la inmensidad y el Cerro de las Cabras, "un suspiro de la Sierra Nevada de Santa Marta". Allí, en el primer cuarto a la izquierda, vino al mundo el 26 de mayo de 1926 uno de los hijos del coronel Clemente Escalona y Margarita Martínez Celedón. El sobrino del obispo presbiteriano de la diócesis de Santa Marta, Rafael Celedón. Pero ahora el cuarto está cerrado y los murciélagos revolotean en su abandono. El señor José Hinojosa Rodríguez, de 76 años, cuida junto a su mujer Cristina Maestre y sus cinco hijos, el antiguo caserón que ahora pertenece a la familia Hinojosa. Las antiguas y enormes piedras blancas y azules aún permanecen dispersas en su patio de infancia sombreado de mangos.

"Detrás del patio de mi casa había un arroyo seco, de arenas blancas y finas, y en sus orillas palos de aceitunos silvestres que parían frutas del color de los ojos de José Martín, mi primo hermano, el hijo de Fita Daza -recordó alguna vez Rafael Escalona-. Ahí en ese arroyo se reunía la gente del pueblo en noches de luna a comentar cosas, a recitar poesías, a cantar décimas, a echar cuentos y a referir historias y chismes del pueblo, y de otros pueblos. Patillal era un caserío soñador, lleno de encantos".

"Mi papá fue veterano de la Guerra de los Mil Días y oficial del general Uribe Uribe. Durante la guerra, en una de sus pasadas por Patillal, conoció a mi mamá. Le mandó flores, le dio serenatas, le recitó poesías y se fue. Después regresó y se casó con ella, ‘para probarle que su amor era sincero'. Se quedó en el pueblo descansando de la guerra, encantado de ese amor y organizando una nueva vida. Le nacieron varios hijos, y nací yo también", cuenta Rafael Escalona en su libro La casa en el aire, su historia novelada de su infancia.

Fue en ese patio donde escuchó de labios de Pedro Guerra, veterano de la Guerra de los Mil Días y compadre de Clemente Escalona, su padre, la historia verídica y fantástica a la vez de Francisco Moscote, que en una noche, hastiado de no tener contendores, desafió al Diablo a un duelo musical. En el caserío guajiro de Treinta, cerca de Tomarrazón y Cotoprix, apareció el muchacho con su viejo acordeón que había comprado de contrabando en Riohacha.

Esa espléndida tradición oral que enriquece la imaginación de La Guajira y el Cesar, conocida como Francisco El Hombre, formó parte de la vivencia personal de Rafael Escalona y de las páginas doradas de la literatura colombiana. Historia y leyenda contada en el sosiego de aquel patio, convertida en novela y más tarde en imagen cinematográfica. Se lo debemos a Rafael Escalona y a su intuición desde niño por la belleza y la conversación con los mayores. El primer acordeonero que él escuchó en Patillal siendo niño fue Mano Chée, un tipo flaco y desgarbado que deletreaba el alfabeto de la música, sin aún saberla, pero a todos encantaba.

Escalona decía que en verdad "macujeaba el acordeón", es decir, emparapetaba los sonidos. El mejor acordeonero fue para él Juan Muñoz. Pero Francisco El Hombre terminó por erigirse en el mito del mejor juglar capaz de ganarle al Diablo con un acordeón, cantando el Credo al revés. También la vida de Rafael Escalona bordea esos límites, pero la mejor manera de conocer su vida es escuchar sus propias canciones y sentarse en la casa de sus familiares, compadres y amigos, para comprobar que fue una criatura excepcional dotada de sensibilidad y sentido fabuloso de la amistad. Valledupar resuena en un acordeón Sólo basta entrar a un patio en el antiguo Valle de Upar para intuir que la ciudad nació en medio de los compases desgarrados de un acordeón al amanecer.

 La ciudad viene de allí: de su romancero que habla de esperas no atendidas y amores imposibles han surgido las minúsculas epopeyas del solar. Valledupar es así. Luego de cuatro siglos de aparente sigilo en medio de la Sierra Nevada, la Serranía de Perijá y el río Cesar, conserva la altivez y la seducción de un lenguaje que ha enriquecido el castellano del siglo XVII, y aún mantiene voces salidas del ingenioso hidalgo de Cervantes y su escudero. A veces, cuando menos se espera, la ciudad recobra los rasgos guardados de un milagroso y espléndido mestizaje. De repente, en medio de la plaza, bajo el sol, despierta el ánima de María Concepción Loperena, que en la mañana del 4 de febrero de 1813 decidió proclamar la independencia de la región del imperio español, y en un acto de bravura quemó el retrato de Fernando VII y destinó trescientos de sus caballos que entregó personalmente al general Bolívar.

Quince soldados realistas fueron en su búsqueda para aprisionarla y fusilarla. Los esclavos de su hacienda El Limonal que había dejado libres hicieron un cerco y la protegieron del asedio. Nadie mejor que Rafael Escalona para contar la historia del Valle de Upar. La poesía emerge del delirio sonoro que en una noche de fábula hizo decir a Abelito Villa que hacía merengues con la misma naturalidad con que alguien inventaba jaulas. La plaza mantiene el perfil señorial, con sus faroles, sus tejados rojos, el ventanal abierto hacia un cielo de un azul profundo e imperturbable. Del río Guatapurí que baja de la Sierra Nevada fluyen las aguas blancas y arrastran piedras enormes y pulidas por la vigilia de las nubes. En plena plaza surge la sombra mítica de Francisco El Hombre que aún no ha dejado de batirse en duelo de acordeones con el Diablo.

En el jardín de su casa en Valledupar, Abigaíl Escalona, hermana mayor de Rafael Escalona, cuida su trompeta de ángel, una flor amarilla que parece devorar el silencio enlutado de su patio. Recoge los mangos maduros que han caído como tocados por una mano invisible y me ofrece unos para Cartagena. Dice que la canción que más le conmueve de su hermano es La golondrina y La creciente del Cesar. La música que se oye a lo lejos recuerda a Escalona. Reaparece en el rostro de un niño en cuyos brazos cuelga un acordeón. La música que salen de esos fuelles viene de muy adentro de esos ojos de indio sabio y silencioso.

Al conjuro de una caja y una guacharaca se alegran las noches de Dios bajo la sombra de los almendros. En un instante, como un hecho aparentemente casual, llega Marina Arzuaga, ‘La Maye', el amor de Escalona convertido en leyenda a través de sus canciones, a visitar a Abigaíl. Tiene la dignidad de una matrona del Caribe con sus 80 años que cumplirá el 28 de agosto. Su sonrisa y su estampa sedujeron a Escalona en 1945 y en 1951 contrajo matrimonio con ella. "Nadie le perdona a mi compadre en Valledupar que la haya abandonado", dice en voz baja uno de sus compadres. Ella no quiere juzgar a nadie.

 Su corazón guarda a Escalona como una presencia convertida en música. Y no quiere hablar, no por ahora. El ángel de Escalona "Soy un hombre que no toca ni el timbre de su casa", solía decir Rafael Escalona. Jamás tocó un acordeón, una guitarra o una guacharaca. Pero logró tocar con sus canciones el es silbar las canciones que se me ocurren. La melodía sale en busca de las palabras". Su compadre y biógrafo Carlos Alberto Atehortúa asevera que con Escalona pasa lo mismo que cuando un niño asiste al esplendor del plumaje de un pavo real. Algunos se fijan en todo el colorido que proyecta, y otros se fi jan en las patas del pavo real, en el contraste entre lo divino y lo humano, en el artista y en su condición humana. Pero en el caso especial de Rafael Escalona hubo, como bien lo dijo Alfonso López Michelsen, "cipote ángel".

Fue el mejor amigo de sus amigos, un ser amoroso, íntegro y de una generosidad sin límites. "Él no encaja entre los juglares tradicionales como Juancho Polo Valencia o Alejo Durán, que eran como el periódico cantado de los pueblos, llevando a fl or de labios y a lomo a burro la noticia de una novedad o un augurio -añade Atehortúa-. Lo veo más como un Mester de Juglaría, un hombre que sin perder la memoria popular es capaz de hacerla sentir en toda la sociedad".

Su entrañable amigo Jaime Molina, al que Escalona lloró a lo largo de estos últimos treinta años, tenía un humor agudo y mordaz y le decía al mismo Escalona que era un ‘beethovencito', un Beethoven pequeño. "Cuando se murió Jaime ninguno de nosotros sabía cómo decírselo a Rafael -continúa el historiador-. Me dijo que escribiría una canción mejor que el bolero de Fernando Valadez para recordar a su amigo muerto. A mí me tocó traer desde Bogotá por avión la corona más grande que Rafael le envió a su amigo Jaime Molina en aquel 15 de agosto de 1978. No vino a su entierro porque él no quiere ver a sus amigos muertos.

Él nunca dejó de llorar su muerte". Hay una faceta de la que poco se habla de Escalona y es la de escritor. Lo que él hizo con su escrito El viejo Pedro, que rebautizó como La casa en el aire, es un testimonio personal de cuatrocientas páginas en las que busca novelar su vida. Tanto Rafael como su hermano Nelson Escalona tenían una gracia para contar historias. Abigaíl Escalona recuerda el día en que López Michelsen mandó le narraban gracias a la habilidad de Escalona para relatar que luego quedó impresa en una novela y un cuento infantil con aire adulto: Nicolás Lagartija. Atehortúa, quien se vanagloria de haber heredado el vestido que usó Escalona para acompañar a García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, está seguro de que el mejor homenaje que Gabo le hizo al compositor, además de convertirlo en personaje de su mejor novela, es haber dicho que Cien años de soledad era un vallenato de más de trescientas páginas.

 "Era un homenaje a Escalona. Si usted relee sus canciones son en verdad, como ha dicho Juan Gossaín, crónicas cantadas, pero obras narrativas que abren y cierran una historia: La custodia de Badillo, La patillalera, La creciente del Cesar, Jaime Molina, entre otras. No hay en esas letras un manejo idiomático impecable del que se ha ocupado Rito Llerena en un ensayo, no hay una letra que sobre o falte, no hay cacofonía ni hipérbaton, hay en esas canciones un rigor en la idea, en su estructura y en su manera de contarse. Hay, además de todo lo anterior, un tono profético".

Nadie baila en las parrandas Darío Pavajeau confi esa haber sido además de compadre, el tesorero de Rafael Escalona: "Le juro que era un gran pagador, no dejaba deuda pendiente. Todo lo mandaba a hacer. Mandaba emisarios, amigos y compadres a dar un pésame en su nombre. A Julio Gámez le trajo de Panamá dos relojes muy bonitos a los que se les veía la maquinaria por dentro, y él se los puso en cada brazo y decía: ‘Estoy viendo la hora panameña y colombiana'.

 Traía una maleta llega de regalos y sorprendía a sus amigos con sorpresas: una camisa, una botella de whisky, un perfume, un sobre con unos billetes para que se los gastaran en una parranda en su nombre. Y hacía unos papelitos en los que distribuía regalos a sus amigos y conocidos de todas las condiciones sociales. Jamás se resentía con nadie. Era un conciliador. Cultivaba la amistad y ese era su arte: era el mejor amigo de sus amigos. "Creo que es el poder el que siempre salió a buscarlo a él.

Todos los presidentes querían hacerse una foto con Escalona. Creo que uno encuentra en cualquier lugar escenarios comunes, pero música propia como la de Rafael Escalona no hay en todas partes", dice Darío Pavajeau, quien ha organizado a lo largo de su vida dos mil parrandas en su casa, por la que han pasado todos los reyes coronados del Festival de la Leyenda Vallenata, presidentes de la República, premios nobeles de Literatura, juglares, galleros y escritores. Aclara que hay una diferencia entre parranda y fiesta. "La parranda es un lugar de encuentro en donde llegan doce o quince personas, y donde alguien canta o comparte su música, se bebe y se come, pero nadie baila, todos están atentos y compartiendo. Si llegan treinta o cuarenta personas, ya eso no es una parranda sino fiesta o caseta. Nadie perturba a nadie. Ni siquiera una llamada de celular interrumpe el templo sagrado de la parranda vallenata".

Lo dice con la seriedad de un gallero que ha coleccionado doscientos de los mejores gallos finos y de pelea de la región y ha recibido innumerables trofeos. Pero no se ufana de nada. Es un anfitrión de la felicidad, del sentido común y de la amistad, que cree que sin Rafael Escalona, Valledupar no sería lo que es. "A él le debemos no sólo su participación en la creación del departamento, sino también el de haber sido uno de los cuatro fundadores del Festival de la Leyenda Vallenata junto a Alfonso López Michelsen, la ‘Cacica' Consuelo Araújo y Myriam Pupo. Logró, a través de su música, proyectar la cultura de la región ante el país". 

 Mientras avanzo rumbo a Patillal, el taxista José Carlos Sarmiento me señala una piedra que sobresale en el Cerro de la Campana. Estallan en el paisaje las flores amarillas del cañaguate y se oyen a lo lejos los aullidos de los monos cotudos. El murmullo del río Badillo y sus piedras blancas han sido cantadas por varios trovadores. Es un paisaje abandonado y prodigioso. "Por estos caminos anduvo Escalona", dice él. Frente a la iglesia de Badillo, Antonio Gutiérrez, de 80 años, recuerda a Escalona como "un hombre despierto, alegre, mujeriego", y se lamenta de que las canciones que evocan a Badillo y son ya patrimonio del país no le hayan servido a los coterráneos para tener agua potable.

"A estas alturas de mi vida compro cinco galones de agua a 1.200 pesos". Nemías Francisco Daza Molina, un sembrador de maíz, fríjoles y yuca en Patillal, recuerda que Escalona llegaba y reclamaba su "calabazo de leche cuajá". Confiesa que la fama descomunal de Escalona "tampoco ha servido para que el gobierno se acuerde siquiera de la carretera de Patillal. No cambio por nada del mundo este lugar de la tierra en donde han nacido tantos músicos como Rafael Escalona, Fredy Molina, Octavio Daza".

Adelmo Dan Ortega, otro compadre de Rafael Escalona, contempla el viejo carro de parrandas de la Segunda Guerra Mundial que fue el jeep fantástico de su amigo ausente. Es un carro placas RAF 682 de Codazzi, el que usó Escalona en los últimos cincuenta años en todas sus parrandas. "Hace poco estuvo aquí en mi casa -señaló este pequeño patio junto al garaje-, donde hacíamos combinaciones arbitrarias de licores que él llamaba menjurjes, y me dijo: ‘Este será el Salón Escalona'. Trajo un par de pinturas. Una de ellas es la de unos caballos que corren frente al mar. Qué vaina, compadre, la muerte", dice y me brinda una cerveza helada.

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