La era azul de Ana Marta de Pizarro

De ser la sombra de Fanny Mikey durante 15 años, esta mujer comenzó a brillar con luz propia.
La era azul de Ana Marta de Pizarro

El reto no era fácil. Reemplazar a la recordada Fanny Mikey, quien estuvo al frente del Festival Iberoamericano de Teatro desde que lo fundó en 1988, generaba más de una suspicacia. ¿Cómo sería la fiesta del teatro sin ella? ¿Podría alguien ocupar su lugar? Sólo Ana Marta de Pizarro, la mujer que durante 15 años fue la sombra de esa argentina de largas piernas y cabellera roja, parecía estar en capacidad de tomar las riendas. Y lo hizo. La prueba de fuego se dio, al fin, cuando el pasado 19 de marzo se abrió el telón de un festival que comenzó por primera vez sin Fanny.

“Hacer el festival sin ella era un desafío muy grande –dice esta antropóloga de hablar pausado y risa fácil–. No podíamos permitir que la calidad decayera”.

Acaba de clausurarse el evento y la casa del Festival, en el barrio Teusaquillo, es todavía un hervidero: teléfonos que suenan, gente que va y viene, artistas que llegan a despedirse. La oficina desde la que despacha está llena de recuerdos de Fanny: un afiche de promoción de la obra Yo amo a Shirley, un cuadro con su rostro partido en dos, vasos con su figura y un ramo de rosas que, seguramente, alguien dejó para dar las gracias.

“No creo que esté reemplazando a Fanny. Lo que pretendo es respetar y desarrollar el legado que ella nos dejó”, dice mientras se pasa las manos por su pelo pintado de azul.

Aunque llegó a conocer a Mikey más que cualquier otro colaborador, Ana Marta no pretende parecerse a ella. “Somos personas muy distintas. Yo, por ejemplo, soy una mujer casada hace treinta años con el mismo hombre”, asegura mientras suelta una carcajada. Ese hombre, Juan Antonio Pizarro –hermano mayor del asesinado Carlos Pizarro Leongómez–, fue quien, además de enamorarla, la acompañó durante su militancia en la Juco (Juventud Comunista) cuando en los años setenta ingresó a la Universidad Nacional a estudiar Antropología.

Por aquella época la vida de Ana Marta cambió de manera radical. Pocos meses antes, cuando aún estudiaba en el colegio, estuvo a punto de irse a probar suerte con una compañía de baile. “Fui bailarina de flamenco toda mi vida, debo tener alma de gitana en alguna parte”, cuenta. Un gusto que dejó de lado cuando entró a la universidad pues en ese ambiente bailar flamenco se consideraba un acto pequeño burgués. “Tuve que cambiar las castañuelas por la piedra”, recuerda con una sonrisa.

Si bien sus ideas políticas han cambiado con los años, Ana Marta mantiene intactas esas convicciones que adquirió en su juventud: “A mí el país me duele, me interesa y siento que desde donde esté debo ayudar a que sea mejor –dice–. Ya no creo que la sociedad deba tender hacia la igualdad, pero al menos hay que buscar la forma de que haya menos diferencias”.

Más allá de la política, el teatro ha sido el eje en su vida. Lo ama tanto como lo hizo Fanny, aunque ambas lo vieron siempre desde ópticas diferentes: mientras la pelirroja adoraba las tablas y no le gustaba mucho lidiar con cuentas y números, Ana Marta confiesa que jamás se ha parado encima de un escenario. “La única vez que lo hice fue para recitar unos poemas de Bertolt Brecht en un congreso del Partido Comunista”, revela. Eso sí: a diferencia de Fanny, le encanta la logística que se mueve tras bambalinas: “No me da pereza pedir plata. Antes, cuando estaba en la universidad, vendía bonos del partido; hoy les vendo bonos de sueños a los patrocinadores”.

En su vida personal, Ana Marta reconoce sin pudor que es una mujer vanidosa. “Me gusta cuidarme: hago mucho ejercicio, me echo cremas y me cuido el pelo”, asegura. En los ratos libres que le deja el teatro, suele volverse una mujer casera: le encanta cocinar y cada que viaja aprovecha para traer condimentos y comidas típicas de cada país; le gusta almorzar los domingos con su mamá, sus hermanas y a veces su hijo (su otra hija, Manuela, vive en Italia); y le encanta tomar vino con sus amigos y enfrascarse en conversaciones que se prolongan hasta el amanecer.

La directora es, además, una amante de los tangos, el vallenato y la salsa. “Me encanta bailar y justo me casé con el único caleño que jamás aprendió”, dice entre risas. Y aclara: “Eso sí: no me gustan las discotecas modernas, tiene que ser un hueco donde pongan buena música para que esté feliz”.

El timbre del teléfono no deja de sonar; la asistente de Ana Marta toca la puerta, entra, le avisa que alguien la espera. Ella se levanta, habla y da un par de órdenes sin abandonar su tono cordial. No cabe duda de que la imagen de Fanny no le pesa en lo más mínimo. “Al contrario –dice mientras revuelca otra vez su pelo azul–: su sombra todavía me acompaña”.