¿Es una ley de cuotas lo mejor para cerrar la brecha de género en política?

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Para las elecciones en los Estados Unidos hay un récord en el número de candidatas, pero ¿serán elegidas? En este texto, algunas medidas que podrían ayudar a cerrar la brecha, más efectivas que una ley de cuotas.

En las elecciones de 2018 en Estados Unidos, se presentarán a cargos de elección una cantidad récord de mujeres, muchas de ellas motivadas por la indignación ante las políticas y actitudes del presidente Donald Trump. Pero presentarse no es lo mismo que ganar, y la indignación por sí sola no basta para producir el tipo de progreso sostenido que se necesita para alcanzar la igualdad política. Para producir un aumento sustancial de la cantidad de mujeres en el Congreso, se necesitan cambios más profundos que la actual “ola rosa” electoral.

Estados Unidos sólo tiene un 19,3% de representación femenina en la Cámara de Representantes y 23% en el Senado, lo que lo sitúa en el 103.º lugar del mundo en cuanto a representación de las mujeres en las legislaturas nacionales. Para mejorar este indicador, Estados Unidos debe tomar el ejemplo de otros países con más igualdad de género.

Encabeza la lista Ruanda, donde las mujeres constituyen el 61,3% de la cámara baja y el 38,5% de la cámara alta. En 2003 el país adoptó una nueva constitución que reserva a las mujeres el 30% de los escaños parlamentarios y obliga a los partidos políticos a garantizar que al menos el 30% de los puestos internos electivos los ocupen mujeres. Francia es uno de otros 49 países que también tienen cuotas legales o puestos reservados a las mujeres.

Pero es posible que esas cuotas sean innecesarias. En siete de los diez países con más representación femenina, los partidos políticos han implementado voluntariamente sus propias reglas al respecto. En todo el mundo, más de cien partidos políticos en 53 países adoptaron medidas voluntarias para aumentar la cantidad de mujeres en candidaturas y cargos del partido.

Pero sean por ley o no, las cuotas pueden resultar controvertidas. Algunos dicen que son antidemocráticas. No hay duda de que son un instrumento imperfecto. ¿Se podrá mejorar?

Una estrategia más sutil se concentraría en eliminar las barreras interconectadas subyacentes que enfrentan las mujeres a la hora de buscar una nominación para un puesto electivo y hacer campaña. Entre ellas: el sistema electoral (a las mujeres les va mejor en los sistemas de representación proporcional que en los uninominales); la falta de acceso a financiación; redes profesionales más débiles; y responsabilidades externas que dificultan aceptar condiciones de trabajo exigentes e impredecibles.

Superar esos obstáculos estructurales demanda una estrategia integral para apoyar las candidaturas femeninas. Una de las herramientas más poderosas es el dinero.

En muchos países, el costo de campaña se está volviendo prohibitivamente alto para la mayoría de los aspirantes, sin importar su género, pero aparentemente, el problema es mayor para las mujeres. En una encuesta de 2008 a 292 parlamentarios de todo el mundo, la Unión Interparlamentaria halló que, en comparación con los diputados varones, las diputadas consideran la falta de financiación como un elemento disuasor más importante contra el ingreso a la política.

Este problema es particularmente marcado en Estados Unidos, donde los partidos y los candidatos pueden gastar cifras prácticamente ilimitadas para ganar la elección. Los candidatos ricos (por lo general, hombres) financian sus propias campañas, y algunas mujeres (por ejemplo, Nancy Pelosi y Dianne Feinstein) apelan a las fortunas de sus maridos. Este sistema en general pone a las mujeres en desventaja.

Felizmente, algunos países están introduciendo medidas innovadoras para resolver el problema. En Georgia, por ejemplo, los partidos políticos que incluyen al menos un 30% de cada género en las listas electorales reciben un 30% más de ayuda pública. En Irlanda, los partidos pierden el 50% de la financiación estatal si su nómina de candidatos incluye menos de 30% de cada género.

Pero además de las restricciones financieras, las mujeres enfrentan importantes obstáculos sociales y culturales contra la participación política. En particular, una mayor responsabilidad por el cuidado familiar, reforzada por las percepciones sociales respecto del “papel de la mujer”, hace mucho más difícil a las mujeres presentarse a cargos públicos.

No hay una solución directa fácil para estas cuestiones. Una medida que podría ayudar sería que los políticos varones asuman más responsabilidad por el cuidado familiar, lo que generaría condiciones más parejas y demostraría que la familia es una alta prioridad para todos.

También es necesario que las madres recientes puedan llevar a sus hijos al trabajo. En 2015, se viralizó una foto de la diputada argentina Victoria Donda Pérez dando el pecho mientras participaba en una sesión parlamentaria, lo que demostró el compromiso y las capacidades de las madres que trabajan, así como los desafíos que enfrentan. De los que sirve de ejemplo lo sucedido a Madeleine Henfling, integrante del parlamento del estado alemán de Turingia, a la que el mes pasado le prohibieron el ingreso a la cámara legislativa con su bebé de seis semanas.

También se necesitan políticas concretas para apoyar a padres y madres que trabajan, dándoles más flexibilidad para cumplir las responsabilidades familiares. Por eso la Cámara de los Comunes del Reino Unido está analizando la introducción de la votación por representante, como parte de un esfuerzo más amplio para dar a los integrantes –masculinos y femeninos– la posibilidad de tomar licencia parental.

Otra medida que puede beneficiar a las mujeres es la capacitación selectiva. Hace poco la Academia Política de ONU Mujeres en Túnez capacitó a candidatas en temas de gobernanza local, misiones y papeles de los concejos municipales, y relaciones con los medios. Algunas tal vez sigan un día los pasos de Souad Abderrahim, que fue elegida primera alcaldesa de la ciudad de Túnez con el apoyo del movimiento islamista Ennahda.

Algunos dirigentes han tenido gestos potentes en apoyo de una mayor participación femenina en el gobierno. En 2015, el primer ministro canadiense Justin Trudeau dio a su país el primer gabinete con igual cantidad de mujeres y hombres. Su par español Pedro Sánchez fue un paso más allá, al designar un gabinete en el que las mujeres superan a los hombres.

Los partidos políticos, que son la puerta de acceso de los aspirantes a cargos públicos, también tienen muchas herramientas para apoyar las candidaturas femeninas en formas creativas. Por ejemplo, los dos partidos principales de Nigeria derogarán o reducirán los aranceles de nominación no reembolsables para la elección general de 2019. Un partido camboyano ofrece a las mujeres candidatas recursos básicos de campaña, entre ellos vestimenta y una bicicleta.

En pasadas elecciones canadienses, los partidos políticos reembolsaron a las candidatas los gastos de cuidado infantil y traslado, y dieron subsidios a las mujeres que buscaban la nominación en distritos en los que se retiraba un funcionario masculino en ejercicio. El Nuevo Partido Democrático y el Partido Liberal se han esforzado en tener mujeres compitiendo para puestos vacantes “ganables”.

No hay una solución universal para el problema de la desigualdad de género en política. Pero es mucho lo que puede –y debe– hacerse para asegurar que las voces de las mujeres sean oídas.

* Anne-Marie Slaughter es presidenta y directora ejecutiva de la New America Foundation. Francesca Binda es copropietaria de Binda Consulting International (BCI, Malta).
Project Syndicate 1995–2018

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