Berlín es un disparate

Por la época en que vivió en Europa Gabriel García Márquez realizó un recorrido por la Cortina de Hierro, que publicó en CROMOS en diez entregas.
Berlín es un disparate

Presentamos la segunda, dedicada a Berlín.

Se ha calculado que si estalla una guerra, Berlín durará 20 minutos. Pero si no estalla, dentro de cincuenta, cien años, cuando uno de los dos sistemas haya prevalecido sobre el otro, los dos berlines serán una sola ciudad. Una monstruosa feria comercial hecha con las muestras gratis de los dos sistemas.

El único rastro de Europa en Berlín Occidental es la chamuscada catedral con una torre despuntada por las bombas. Los norteamericanos, como los niños, tienen horror de los murciélagos. En lugar de apuntalar los pocos paredones que quedaron en pie después de la guerra y hacer con ellos una ciudad de remiendos, aplicaron un criterio más higiénico y mucho más comercial: borrón y cuenta nueva.

El primer contacto con esa gigantesca operación del capitalismo dentro de los dominios del socialismo me produjo una sensación de vacío. Toda la mañana estuvimos buscando la ciudad, dando vueltas dentro de ella sin encontrarla. Es asimétrica, sin pies ni cabeza, pero sobre todo carece todavía de un centro donde se experimente la emoción de haber llegado.

Las extensas zonas sin reconstruir son parques provisionales. Hay calles que parecen trasplantadas en bloque desde Nueva York. En algunas partes la voracidad comercial va más aprisa que la técnica y se han instalado los grandes negocios un año antes de que se retiraran los andamios. Al lado de una pirueta de la arquitectura moderna –un rascacielos que parece una sola ventana de vidrio– hay una aldea de barracas donde almuerzan los albañiles. Una multitud ansiosa, atropellada, circula sobre plataforma de madera, entre la vibración de los taladros, del olor del asfalto hirviendo, de las grúas que evolucionan por encima de las estructuras metálicas y los grandes anuncios de Coca-cola. De esa bulliciosa operación quirúrgica empieza a surgir algo que es todo lo contrario de Europa. Una ciudad resplandeciente, aséptica, donde las cosas tienen el inconveniente de parecer demasiado nuevas.

Se ha dicho que esa es la experiencia arquitectónica más interesante de Europa. Es evidente. Desde un punto de vista técnico Berlín Occidental no es una ciudad sino un laboratorio. Los Estados Unidos llevan la batuta. No tengo datos de la cantidad de dólares invertidos en la reconstrucción ni de la forma en que se han hecho las inversiones. Pero los resultados están a la vista.

Yo creo humildemente que es una ciudad falsa. Los turistas norteamericanos la invaden en verano, se asoman al mundo socialista, y aprovechan la oportunidad para comprar en Berlín Occidental artículos importados de los Estado Unidos que allí son más baratos que en Nueva York. Uno no se explica cómo puede sostenerse un hotel tan bueno como los mejores de los Estados Unidos, con piezas modernas, televisión, cuarto de baño y teléfono por cuatro marcos diarios, es decir, un dólar. En la congestión del tránsito no hay un automóvil que no sea de último modelo. Los anuncios de los almacenes, la propaganda, la carta en los restaurantes, están escritos en inglés. En el territorio de Alemania Occidental hay cinco emisoras donde nunca se ha transmitido una palabra en alemán. Cuando uno advierte todo eso y piensa además que Berlín Occidental es un islote enclavado en la Cortina de Hierro, que no tiene relaciones comerciales a 500 kilómetros a la redonda, que no es un centro industrial considerable, que el intercambio con el mundo occidental se hace en aviones que aterrizan y decolan en el aeródromo situado en el centro de la ciudad, a un ritmo de un avión cada dos minutos, uno está obligado a pensar que Berlín Occidental es una enorme agencia de propaganda capitalista. Su empuje no corresponde a la realidad económica. En cada detalle se advierte el deliberado propósito de ofrecer una apariencia de prosperidad fabulosa, de desconcertar a la Alemania Oriental que contempla el espectáculo con la boca abierta por el ojo de la cerradura.

El límite oficial entre los dos Berlines es la Puerta de Brandemburgo, donde flota la bandera roja con la hoz y el martillo. A 50 metros hay un letrero alarmante: “Atención, usted va a entrar en el sector soviético”. Nosotros llegamos frente a ese letrero al atardecer, después de haber conocido a Berlín Occidental. Por puro instinto, Franco disminuyó la velocidad. Un policía ruso nos hizo señas de detenernos, inspeccionó el automóvil con una mirada enteramente administrativa y luego nos dio la orden de seguir adelante. El paso es tan sencillo como esperar un verde en el semáforo. Pero el cambio se nota. Y es brutal. Entramos directamente a la “Unter den Linden”, la gran avenida bajo los tilos, considerada en otra época como una de las más hermosas del mundo. Ahora sólo quedan troncos de columnas ahumadas, portales en el vacío, cimientos cuarteados por el musgo y la hierba. Ni un solo metro cuadrado ha sido reconstruido.

A medida que se penetra en el Berlín Oriental se comprende que hay más de una diferencia de sistemas, dos mentalidades opuestas a cada lado de la Puerta de Brandemburgo. Los escasos bloques intactos del sector oriental tienen todavía los impactos de la artillería. Los almacenes son sórdidos, parapetados detrás de las troneras abiertas por los bombardeos, y con artículos de mal gusto y de una calidad mediocre. Hay calles enteras con edificios desfondados de cuyos pisos superiores sólo queda el cascarón. La gente sigue viviendo apelmazada en los pisos inferiores, sin servicios sanitarios ni agua corriente, y con la ropa puesta a secar en las ventanas como en los vericuetos de Nápoles. De noche, en lugar de los anuncios de publicidad que inundan de colores al Berlín Occidental del lado Oriental sólo brilla la estrella roja. El mérito de esa ciudad sombría es que ella sí corresponde a la realidad económica del país. Salvo la avenida Stalin.

La réplica socialista del empuje del Berlín Occidental es el colosal mamarracho de la avenida Stalin. Es aplastante, tanto por las dimensiones como por el mal gusto. Una indigestión de todos los estilos que corresponde al criterio arquitectónico de Moscú. La avenida Stalin es una inmensa perspectiva con residencias parecidas a las de los pobres ricos de provincia, pero amontonadas una encima de otra, con incalculables toneladas de mármol, de capiteles con flores, animales y máscaras de piedra y agotadores portales con estatuas griegas falsificadas en cemento armado.

El criterio de quienes concibieron ese esperpento es elemental. La gran avenida de Hitler fue la “Unter den Linden”. La gran avenida del Berlín socialista –más grande, más ancha, más pesada, más fea– es la avenida Stalin. En Berlín Occidental se construye una ciudad para ricos, los mismos que se dieron cita antes de la guerra de la “Unter den Linden”. La avenida Stalin es la residencia de 11.000 trabajadores. Hay restaurantes, cines, cabarets, teatros, al alcance de todos. Cada uno de ellos es un despilfarro de cursilería: muebles forrados en peluche violeta, alfombras verdes con bordes dorados, y sobre todo espejos y mármoles por todos lados, hasta en los servicios sanitarios. Ningún obrero en ninguna parte del mundo y por un precio irrisorio vive mejor que en la avenida Stalin. Pero contra los 11.000 privilegiados que allí viven, hay toda una masa amontonada en las buhardillas, que piensa –y lo dice francamente– que con lo que costaron las estatuas, los mármoles, el peluche y los espejos, habría alcanzado para construir decorosamente la ciudad.

Se ha calculado que si estalla una guerra, Berlín durará 20 minutos. Pero si no estalla dentro de cincuenta, cien años, cuando uno de los dos sistemas haya prevalecido sobre el otro, las dos Berlines serán una sola ciudad. Una monstruosa feria comercial hecha con las muestras gratis de los dos sistemas.

Ya en la actualidad –y no solo por su aspecto exterior– Berlín es un disparate. Para apreciar su vida íntima, para mirarla por el revés y descubrir las costuras, hay que meterse al Metro. Una hora antes de suicidarse, ya con los rusos en la puerta de su casa, Hitler dio orden de inundar el Metro para que la gente que se había refugiado en él saliera a pelear a la calle. Por eso es sórdido y húmedo pero es el medio que utiliza el pueblo de Berlín –la gente pobre de ambos lados– para sacar partido de la sorda contienda que los dos sistemas libran en la superficie. Hay gente que trabaja en un lado y vive en el otro, arreglándoselas de la mejor manera posible para aprovechar lo mejor de cada sistema. En ciertos sectores basta con atravesar la calle. Una acera es socialista. Lo otra es capitalista. En la primera, las casas, los almacenes, los restaurantes, pertenecen al Estado. En la segunda son propiedad privada. En teoría, quien vive en una acera y atraviesa la calle para comprar un par de zapatos, comete por lo menos tres delitos de cada lado.

Pero en Berlín todas las disposiciones son teóricas. Hay acuerdos muy precisos para impedir la especulación, la fuga de capitales, la desmoralización de los sistemas. En principio no se puede gastar en un lado y devengar en el otro. Cada operación comercial debe estar precedida de una justificación de la fuente de ingresos. Pero en la práctica las autoridades se hacen de la vista gorda. Lo único que interesa son las apariencias. El pueblo de Berlín, que podía pasar de lado a lado caminando por la calle, respeta las reglas del juego y pasa por el Metro, por donde todo el mundo sabe que se pasa, pero se ignora oficialmente.

La prueba más escandalosa de esa encarnizada batalla se nos ofreció en el momento de comprar marcos orientales en un Banco de Berlín Occidental. Nos hicieron la liquidación a 17 marcos orientales por dólar. Franco creyó honestamente que el funcionario estaba equivocado: el cambio oficial es de 2 marcos por dólar. Pero el funcionario nos explicó que el curso normal no se tenía en cuenta en Berlín Occidental, cuyos bancos –a la vista de todo el mundo y en una operación perfectamente legal– dan 17 marcos orientales por dólar. Casi ocho veces más que el cambio oficial. En teoría era una operación inútil. Nosotros no podríamos comprar nada en Alemania Oriental sin demostrar que el dinero había sido devengado en el país. Pero nada más que en teoría. Con veinte dólares cambiados en Berlín Occidental recorrimos de arriba abajo la Alemania Oriental. Hechas las cuentas, una pieza en el mejor hotel, con baño, radio, teléfono y desayuno en la cama, nos costaba 75 centavos colombianos. Un almuerzo completo en los mejores restaurantes, veinte centavos colombianos, incluido el servicio, las estatuas, los espejos y la música de Strauss.

Quienes no tienen las claves de esa ciudad donde nada es completamente cierto, donde nadie sabe muy bien a qué atenerse y los actos más simples de la vida cotidiana tienen algo de juego de manos, viven en un estado de ansiedad permanente. Se sienten sentados en un barril de pólvora. Parece que nadie tuviera la conciencia tranquila. Una noticia que en París se interpreta como una nueva necedad de los cancilleres repercute en Berlín con el estruendo de un cañonazo. El estallido de una llanta puede ocasionar un pánico.

Leipzig es otra cosa. Después de cuatro horas de automóvil a través de una retorcida alameda, entramos a Leipzig por una calle angosta y solitaria, apenas con espacio para los rieles del tranvía. Eran las 10 de la noche y empezaba a llover. Las paredes de ladrillos sin ventanas, las bombillas tristes del alumbrado público me recordaban las madrugadas bogotanas en los barrios del sur.

En el centro, la ciudad disfrutaba de una paz sospechosa. La iluminación era tan escasa como en los suburbios. La única señal de vida eran los anuncios en neón en los bares del estado –“H.O.”– con muy poca clientela civil y algunos soldados. Después de buscar inútilmente un restaurante abierto –un “Mitropa”– nos decidimos por un hotel. El personal de la administración sólo hablaba alemán y ruso. Era el mejor hotel de Leipzig montado sobre los mismos conceptos de la decoración de la avenida Stalin. En el mostrador, una exhibición de todos los periódicos comunistas de Occidente recibidos por avión. Una orquesta de violines tocaba un valse nostálgico en el bar iluminado con arañas de vidrio, pesadas y declamatorias, donde la clientela consumía en silencio champaña sin helar con un aire de distinción lúgubre. Las mujeres otoñales, lívidas de polvo de talco, llevaban sombreros pasados de moda. La música flotaba en un perfume intenso.

Un grupo de hombres y mujeres en uniformes de caza, impecables en sus largas chaquetas rojas, con gorras negras y botas de montar, tomaba té con galletitas en un rincón de la sala. Sólo faltaban los enormes perros blancos manchados de negro para que aquel grupo pareciera descolgado de una litografía inspirada en lo más revenido de la aristocracia inglesa. Nosotros –en blue jeans y mangas de camisa, todavía sin lavarnos el polvo de la carretera– constituimos en único indicio de la democracia popular.

Nosotros habíamos ido a ver. Pero después de 24 horas en Leipzig ya no se trataba simplemente de ver sino de entender. Quince días antes –como un truco de la casualidad– habíamos estado en Heildelberg, la ciudad estudiantil de Alemania Occidental, impresionante como ninguna otra en Europa por su diafanidad y su optimismo. Leipzig es también una ciudad universitaria, pero una ciudad triste, con viejos tranvías atestados de gente desharrapada y deprimida. No creo que haya más de veinte automóviles para medio millón de habitantes. Para nosotros era incomprensible que el pueblo de Alemania Oriental se hubiera tomado el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones, y sin embargo fuera un pueblo triste, el pueblo más triste que yo había visto jamás.

Los domingos, la multitud se vuelca en los jardines de diversión donde se toca música de baile, se toman bebidas gaseosas y se pasa, en fin, una tarde agotadora por un precio muy reducido. En la pista de baile no cabe un alfiler, pero las parejas apelmazadas, casi inmóviles, tienen el mismo aire de disgusto de la multitud enlatada en los tranvías. El servicio es lento y hay que hacer colas de media hora para comprar el pan, los billetes del tren o las entradas a un cine. Nosotros necesitamos dos horas, en un jardín de diversión donde había que abrirse paso con los codos por entre los enamorados y los viejos matrimonios con sus niños, para comprar una limonada. Una organización como esa, férrea pero ineficaz, es lo más parecido a la anarquía.

No podíamos entender. Aquello era como haber ido al cine por matar al tiempo y habernos encontrado con una película de locos, sin pies ni cabeza, con un argumento hecho exclusivamente para desconcertar. Porque es por lo menos desconcertante que en el mundo nuevo, en pleno centro de la revolución, todas las cosas parezcan anticuadas, revenidas, decrépitas.

Franco y yo nos habíamos olvidado de Jacqueline. Todo el día anduvo detrás de nosotros, rezagada, observando sin interés las polvorientas vitrinas donde se exhiben a precios escandalosos artículos de pacotilla. Al almuerzo dio muestras de vida: protestó por la falta de Coca-cola. Por la noche, en el restaurante de la estación, después de una hora de espera, sofocados por el humo, por el olor, por la música de la orquesta que le entraba a la clientela por un oído y le salía por otro, Jacqueline se exasperó:

—Este es un país atroz, dijo.

Franco estuvo completamente de acuerdo. Al día siguiente, muy temprano, salió a buscar explicaciones. Recordó que en Leipzig funciona la Universidad Marx-Lenin, donde estudian marxismo muchachos venidos de todo el mundo. Es un ambiente de paz y meditación, con discretos edificios entre árboles, lo más parecido a un seminario católico. Tuve la suerte y el placer de encontrar allí un grupo de estudiantes suramericanos. Gracias a ellos nuestras observaciones –que hubieran podido ser subjetivas– se afirmaron sobre bases concretas. Y gracias, también, naturalmente, a la terrible fiestecita que tuvimos esa noche en casa de herr Wolf.