Pambelé descrito por Juan Gossaín

Pambelé descrito por Juan Gossaín, una de las mejores plumas que ha dado el periodismo colombiano. Publicada el 26 de febrero de 1973.
Pambelé descrito por Juan Gossaín

Antes, durante y después/ Aniversario

 La semana pasada volvió Gossaín con su historia: “¡Pambelé defiende por primera vez su título mundial en Puerto Rico y CROMOS no puede fallar!”. Todavía teníamos dudas, si hemos de ser sinceros, pero Gossaín se salió con la suya otra vez… y Pambelé también.

Varios días estuvo el enviado de CROMOS al pie de Pambelé. Le oyó contar las cosas simples de un muchacho humilde que ha llegado a lo alto por sus propios méritos. Gossaín estuvo al pie del cuadrilátero la noche en que Pambelé acabó con Josué Márquez. Pero nuestras instrucciones eran muy claras: no cuente nada de la pelea. Cuente cómo es Pambelé por dentro…

La próxima vez que Gossaín diga algo sobre Pambelé, no tendrá necesidad de insistir: no hay más remedio que confiar ciegamente en Pambelé…

o primero que hizo Kid Pambelé, con los cinco mil dólares que le pagaron en Panamá por la pelea en que ganó el campeonato mundial, fue comprarse un colchón dobleancho de resortes y mandarse a poner un diente de oro.

El diente tiene su historia. Cuando el famoso boxeador era apenas un niño pobre que vendía cigarrillos de contrabando por las calles de Cartagena, al lado de su casa –en el barrio negro de Chambacú– vivía un embolador llamado Pedro Cañate que no desperdiciaba oportunidad para declararse orgulloso de dos cosas: de la novia blanca que se había conseguido en la galería del Teatro Padilla y del diente de oro que le brillaba en una esquina de la encía superior. El diente tenía sus iniciales grabadas en letras mayúsculas. Le había costado una suma que nadie se imaginó nunca en aquel vecindario de ranchitos despatarrados, perros sin dueño que hociqueaban la basura y ancianas asmáticas: ¡trescientos pesos!

Los muchachos de Chambacú no le envidiaban a Pedro Cañate la novia blanca tanto como el diente. Era un símbolo de poder y bonanza. Los sábados por la noche, cuando las canciones de Daniel Santos daban comienzo a los bailes en plena calle, Cañate llegaba sonriente para que las mujeres le vieran el diente y ninguna se negaba a bailar con él. Y desde entonces Antonio Cervantes se hizo un propósito: “Cuando consiga plata me pondré un diente de oro”.

La vida dio muchas vueltas. Pasaron doce años. El vendedor de cigarrillos recorrió todos los pueblos costeños ganándose la comida a trompadas. Hasta que una noche de octubre, con los ojos brillantes mirando a su contendor, soltó la mano izquierda, tumbó a Frazer, oyó el ruido de la muchedumbre y se acordó de una cosa: el diente…

En los primeros días de noviembre, convertido ya en campeón mundial, Kid Pambelé entró al consultorio de un dentista venezolano. Se hizo extraer el colmillo superior derecho. Le pusieron un casquete de oro exacto al que usaba Pedro Cañate para deslumbrar a las muchachas de Chambacú. Y en la parte interior le grabaron sus iniciales: A.C.R.

Después vino lo del colchón. Pambelé vive en Caracas con una mujer que le ha dado paz, tres hijos y tranquilidad. Pero antes de la pelea en Panamá tenían que dormir en camas separadas porque no había plata para comprarse una cama doble.

—Se nos estaba volviendo un dolor de cabeza –recuerda ahora Pambelé, acostado en la cama doble de un hotel puertorriqueño–. Cuando queríamos estar juntos teníamos que esperar a que amaneciera, que los niños salieran de la casa, y entonces juntar las dos camas…

Pero los cinco mil dólares de Panamá resolvieron el problema: Pambelé y su mujer salieron una tarde al comercio de Caracas. Miraron varias camas, escogieron una, le pusieron el colchón dobleancho con resortes y regresaron a la casa. Fue así como el campeón mundial pudo conseguir cama para él y su mujer. Y como pudo, muchos años después, ponerse un diente de oro como el de Pedro Cañate.

El día en que Pambelé se puso las sandalias

Faltan quince horas para su combate contra Josué Márquez. Es jueves.

A las siete de la mañana Kid Pambelé se prueba el protector dental que piensa usar esta noche. Le queda un poco grande. Después le pide a su entrenador una pelota de caucho macizo para ejercitar las manos todavía adormecidas. Lleva puesto un sombrero de paja amarillenta que compró en Maracaibo. El sombrero tiene un cintillo azul y un tiburón de pasta roja sostenido con grapas.

San Juan empieza a hervir bajo el sol del verano. No hay nadie en la calle porque a esa hora, en el mes de febrero, el calor se vuelve insoportable y los puertorriqueños duermen a pierna suelta. Salimos a la angosta avenida bordeada de árboles corpulentos. Al otro lado de la acera se divisan el mar transparente y un alcatraz que vuela sobre las palmeras. Pambelé está vestido con una camisa de barcos azules con los velámenes desplegados al viento, pantalón de pana color mostaza, reloj de oro con el escudo de Colombia en la esfera, sandalias de cuero peludo y hebillas plateadas, y anteojos ahumados con marco metálico.

—No estoy enfermo –dice Pambelé–. Lo que pasa es que en verano siento como si tuviera animales en las tripas–. Y se hunde en un silencio frío. No habla. Cuando alguno de nosotros se dirige a él, por toda respuesta apenas mira con sus ojos brillantes.

El cielo se ha convertido en una gigantesca mancha rojiza. Durante el recorrido juguetea con la pelota, arrojándola contra las paredes para recibirla en el rebote.

Cuando llegamos al viejo edificio de Parques y Recreaciones está amaneciendo por completo. Los primeros taxistas ocupan las calles céntricas, revueltas por la brisa caliente que baja del mar. El portero, de uniforme blanco y botones militares, reconoce al boxeador colombiano y le franquea la puerta de hierro. El largo pasillo está oscuro. Un gato duerme sobre el primer escalón. Al final, entre rústicos archivadores y escritorios de madera, se encuentra la báscula. Pambelé se desnuda, pone el reloj sobre un escaño, deja a un lado las sandalias. Se quita el sombrero, descubriéndose la cabeza que parece un cepillo.

Sube a la báscula. Sus ojos se tropiezan, en silencio, con los del entrenador Melquíades Sanz: Pambelé pesa 142 libras. Antes de las diez de la mañana tiene que rebajar un kilogramo. Se viste de nuevo pero sin calarse los espejuelos. Cruzamos un parquecito con estanque donde las tortugas toman el sol bocarriba. Dos enamorados madrugadores conversan, tomados de la mano, en el banco de concreto. Por la calle contraria pasa un vendedor de frutas empujando su carrito. La ciudad está sacudiendo su marasmo. San Juan se asemeja un poco a Cartagena con sus balcones coloniales que parecen suspendidos en el aire y sus callejuelas empedradas en que las pisadas resuenan como si uno tuviera herraduras.

Fiorillo, el poeta colombiano

que boxeaba en Puerto Rico

Pasamos por las primeras avenidas de San Juan. El verano se ha instalado por completo en los patios de hierba alta y flores olorosas. El sol es tan fuerte que el mundo parece flotar a un milímetro del suelo.

Kid Pambelé se adormece en el asiento trasero del automóvil. Yo pienso que no duerme por la misma razón que no habla: porque está concentrado en lo que ocurrirá esta noche entre las cuatro cuerdas del Coliseo. Defenderá por primera vez su título mundial.

Han pasado cuarenta años desde que llegó a Puerto Rico el primer pugilista colombiano. Se llama Fernando Fiorillo pero poca gente sabe en este país que hubiera existido un boxeador con ese nombre. Era un personaje de película. Durante la mañana hacía gimnasia en un caserón de la parte antigua de San Juan. Por la tarde colgaba los guantes y cambiaba la pantaloneta por un traje a rayas de caballero inglés. Llevaba siempre una flor en el ojal de la solapa, un sombrero de copa y unas polainas acordonadas que le daban la apariencia de un ministro británico. De noche se reunía con poetas y bohemios. Declamaba versos colombianos entre copas de ajenjo y lagrimones románticos. Pero cuando llegaba la hora de subir al cuadrilátero el galante poeta bogotano se convertía en una fiera. En San Juan ganó varias peleas, perdió otras, y se quedó para siempre en Puerto Rico. Jamás regresó a Colombia desde aquel año de 1932 en que llegó a la capital antillana con su clavel en la chaqueta, sus famosas declaraciones en verso y sus ganas de ser campeón. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta si Fiorillo, el colombiano que le abrió la ruta de San Juan a Kid Pambelé hace cuarenta años, está muerto o está vivo.

Kid Pambelé recuerda los tiempos

de la “Pensión Carmencita”

La caminata se inicia por un sendero pavimentado.

Pambelé aprieta la pelota de caucho. Acelera el ritmo de la marcha con un trotecito corto pero rápido. A las nueve de la mañana ha perdido las dos libras que le sobraban, y regresa a su habitación del lujoso hotel con playas privadas, casino, tres comedores y turistas gringos con la piel enrojecida como los camarones.

Los temores de Kid Pambelé se disipan. Ya no hay problemas con el pesaje reglamentario. Entonces sonríe por primera vez y de su mirada desaparece esa prevención de gato acorralado que tenía a las siete de la mañana.

Hay una reunión de meseros en el primer comedor.

–¿Qué dicen? –pregunta Kid Pambelé a manera de saludo.

—Entusiasmados –responde un mesero de chaquetilla salmón–. Estamos ahorrando para apostar a Pambelé.

—Yo no sé qué le han visto a ese negro bruto tan bruto –comenta en voz baja, el encargado de la cocina.

Pero las palabras han llegado hasta el oído de Pambelé. Sonriente, el boxeador le dice:

—¿Y usted dónde ha visto que un bruto puede llegar a campeón mundial?

Todo esto produce la impresión de que se estuviera preparando el estreno de una gran obra. En el hotel, trastienda del escenario, los periodistas entran y salen. Los cables de las grabadoras se enredan en las patas de las mesas. Pambelé sube a su habitación, se desviste a medias y entra en la cama.

Ahora habla. Y uno siente que la vida de Antonio Cervantes –el muchacho pobre que quería tener un diente de oro– cabe en los cuartos de dos hoteles: la primera vez que estuvo en Bogotá en 1967, se hospedó en la “Pensión Carmencita”. Era una modesta casa de inquilinato llena de estudiantes sin plata, viajantes de comercio, y mujercitas ajadas que dormían de día y trabajaban de noche. Pagaba quince pesos diarios sin alimentación. La segunda vez –1972, campeón mundial– no era ya el desconocido negrito de Palenque que vendía cigarrillos en Cartagena, sino el personaje que tenía programada una entrevista con el presidente de la República. En esta segunda oportunidad el hotel tenía agua caliente, ventanas de vidrio, cortinas relucientes y le costaba trescientos pesos diarios. Se compró un vestido nuevo, una corbata francesa, camisa de mangas largas y zapatos con tacón de caucho.

—Me acuerdo como si fuera hoy, brother. En Cartagena me estaba desesperando: sin plata, sin nadie contra quien pelear. Ya no podía ni vender cigarrillos en el Camellón de los Mártires porque la policía nos estaba persiguiendo. Mi mamá Ceferina me prestó cien pesos y me largué para Bogotá en bus. El viaje duró como un mes. Me tocaba dormir en los parques de los pueblos. Se me acabó la plata, y entonces me tocaba cargar maletas en las estaciones de los buses para levantar la comida. Y me tocaba pedirle a la gente que yo no conocía: “Deme un permisito, señora, para orinar aquí”. Cuando entramos a Bogotá yo tenía el presentimiento de que hubiera sido mejor quedarme en Cartagena. Estaban preparando un programa de boxeo y a mí me incluyeron para pelear contra José Godoy. Él también es cartagenero y es mi compadre. Pero la vida es dura y hay que ganársela con lo que uno sabe. Entonces yo llamo a mi compadre Godoy y le digo: “Usted es mi compadre, compadre, pero usted necesita comer y yo también. Tenemos que rebuscarnos el vento. No hay más remedio compadre”. Mi compadre me llevó a la Pensión Carmencita. Pagaba quince pesos diarios –tuvieron que adelantarme el pago de la pelea, brother, para no dormir en la calle–, pero tenía que desocupar el cuarto antes de las ocho de la mañana. Y no podía regresar antes de las seis de la tarde. Creo que durante el día aprovechaban para alquilar mi pieza… Muchas veces me acosté con hambre, brother, y el hambre le da a uno más sueño. Pero a las siete de la mañana venía la vieja de la pensión, armaba su bullaranga, me golpeaba la puerta y no se iba hasta que yo salía. (En cambio, aquí en el hotel de Puerto Rico, viene todas las mañanas una muchacha vestidita de blanco –parece una enfermera, brother– y abre la puerta con cuidado, entra en la punta de los pies, y si ve que estoy despierto me dice: “¿Se le ofrece algo al señor? Un jugo, una fruta, lo que quiera: es por cortesía de la casa. El hotel está para servirle al señor en lo que el señor quiera”. Y me dice señor otra vez, brother, ¡me dice señor! Y entonces vengo yo y me acuerdo de la Pensión Carmencita, de la vieja que me sacaba de la cama, del hambre. Y me digo: tienes que ganarle a Márquez, negro, porque cuando uno ha pasado hambre y frío, primero se muere antes que perder el champion. A veces el hambre pega más duro que los guantes…

“A mí me gusta la pinta esa de Bogotá, brother…”

Pambelé sigue siendo un muchacho de Palenque. Esta noche –jueves 15 de febrero– recibirá 35.000 dólares libres por su combate frente a Márquez. Si a eso se le agregan unos 5.000 dólares más por concepto de transmisiones para radio y televisión, el antiguo vendedor de cigarrillos ganará en una hora, cuarenta mil dólares que equivalen a un millón de pesos colombianos. ¡Y lo único que se le ocurre decir, cuando le preguntan qué piensa hacer con esa plata, es que necesita una estufa eléctrica, una nevera y un juego de muebles para la sala!

Le tiene miedo a los tumultos. Se asusta cuando más de tres personas lo rodean, como ocurre en el cuarto del hotel. Entonces se hace el dormido para que no le sigan preguntando, para que se vayan los fotógrafos, para que se apaguen los reflectores de la televisión.

—A mí no me gustan estas vainas, brother. Yo no sé qué es lo que es: me gusta salir en los periódicos con mis gafas blancas, pero siento que cuando lo retratan uno se va acabando poco a poco. ¿No habrá manera, brother, de que uno salga retratado sin necesidad de que lo retraten? Por eso me gusta Bogotá, porque como la gente no sabe de boxeo, la gente no pregunta tantas pendejadas: cuál es el mejor golpe que ha pegado Pambelé, cuál el peor que le han pegado, cuál ha sido su pelea más difícil. ¡Como si el mejor golpe que uno pega no fueran todos, como si el peor golpe que le pegan a uno no fueran todos, y como si la pelea más difícil de uno no fuera la próxima! Por eso tengo ganas de irme a vivir un día de estos a Bogotá. Y por la pinta esa de Bogotá, que a mí me enloca, brother: el saco, la corbata, el vestido de paño, la camisa de cuello largo. A mí me gusta todo eso porque cuando éramos chiquitos en mi casa a duras penas había para un pantalón de dril. ¡Ni camisa teníamos, brother! Y mi mamá Ceferina rompiéndose el alma para que siquiera tuviéramos el calzón, brother. ¡Ahora quiero ponerme la pinta, el vestido de paño! A mí me gusta la corbata, ¿sabes, brother?, porque se siente uno como la gente importante. Además, si el champion vive en Bogotá, no va a tener el problema de Cartagena. Se va la luz en casa de mi mamá Ceferina y hay que esperar que la luz venga cuando pueda. Pero si en la casa del champion, Bogotá, se va la luz, tú vas donde el presidente de la República y le dices: “Doctor, yo soy Pambelé y en mi casa no hay luz”. Y el doctor te pone la luz… Lo malo es que Bogotá no tiene mar, brother. Ni agua de coco…

La bandera en el cuello del champion

Marlene Enríquez es colombiana. Barranquillera, para más señas, nacida en el barrio Las Delicias. Hace diez años se fue de vacaciones a San Juan, conoció a un puertorriqueño, se casó con él… y se quedó a vivir en un pueblito perdido a siete horas de la capital.

–Yo no sabía nada: no sabía que existiera un boxeador colombiano llamado Kid Pambelé, no sabía que fuera campeón mundial, no sabía que estuviera por aquí, no sabía lo de la pelea por el título. Yo no sé nada de boxeo, y en el pueblo donde yo vivo uno no se entera de lo que está pasando en el mundo. Pero el martes al mediodía, cuando mi marido prendió el radio a la hora del almuerzo, oí la noticia: un colombiano vino a San Juan a pelear por el título mundial. Y el locutor invitaba a todos los puertorriqueños para que fueran al Coliseo a hacerle barra a Márquez. Y yo me quedo pensando: ¡Hay que hacerle barra a Pambelé! Le digo a mi marido: “Me voy para San Juan. Yo soy colombiana y hay un colombiano que va a boxear”. Mi marido me dice que estoy loca, que no hay cómo llegar a San Juan, que de dónde a cuándo yo me preocupo por el boxeo. Me siento en la máquina de coser, hago una bandera, viajo en bus, en mula, a pie, en un campero. Y llego a San Juan…

Cuando Marlene Enríquez hizo su entrada al Coliseo Roberto Clemente eran las ocho de la noche. Llevaba su bandera en un asta de metal. Y empezó a gritar dos horas antes de que empezara la pelea.

Después llegaron el médico cartagenero Guillermo Valencia, quien se encuentra en Puerto Rico desarrollando un curso para administración de hospitales, y el cónsul Jorge Porto Vélez, también cartagenero. Ellos, Marlene Enríquez, tres locutores, tres periodistas y un fotógrafo integraban toda la barra de Pambelé. Como pasa siempre en las inauguraciones –el Coliseo fue terminado dos días antes– no funcionaron los altavoces. Fue necesario prestarle el micrófono a una emisora para anunciar el combate.

Pambelé apareció a las 9:15 de la noche. Estaba empapado de sudor y agua. Llevaba una bata verde, confeccionada a última hora en una tienda del San Juan viejo, y un escudo de Colombia sobre la bocamanga izquierda de la pantaloneta.

A las diez de la noche comenzó la escaramuza. En ese momento nadie creía en él.

Fue entonces cuando las personas más próximas al cuadrilátero descubrieron la parte más impresionante en el físico de Pambelé: sus ojos. Fijos, metálicos, no espabilaban nunca. Parecen los ojos de un gato perdido en la oscuridad. Y jamás mira a la cara de su rival mientras se desarrolla el combate: le clava los ojos en el hombro, inmóviles, estáticos.

Una hora después, el golpe seco de la campana anunció el final. Y fue entonces –antes de conocerse la decisión–, y sin que la guardia pudiera evitarlo, que la barranquillera Marlene Enríquez se arrojó sobre las cuerdas, puso un pie en la lona y entró al tinglado. Estaba llorando. Había viajado ocho horas por todos los medios de transporte posibles, y ahora se agarraba al cuello de Pambelé con la bandera en alto. Después le puso la bandera en los hombros al campeón mundial y se dejó bajar por los policías. El brother había probado quién es el mejor…

Después…

Al finalizar el combate hubo tángana. Ni los puertorriqueños le perdonaron al juez Jesús Soto haber votado por Márquez. Era una locura. Llovieron sobre el cuadrilátero cáscaras de naranja, vasos de cartón, restos de alimentos. La policía tuvo que intervenir para defender al juez. Un exaltado espectador, con el rostro desencajado, le mandó un puñetazo al abdomen.

Mientras afuera se generalizaban los gritos, y la multitud empezaba a desfilar en busca de las puertas, Pambelé bailaba en una sola pierna. Se metió bajo la ducha del camerino. En voz alta cantaba los versos de La hamaca grande. Debajo de un chorro de agua fresca, y llevando puesto todavía el guante de plata que le regaló mamá Ceferina y que siempre le cuelga del cuello, el campeón gritó: “¡Cuarenta mil dólares, brother, cuarenta mil!”. Se quedó diez segundos en silencio. Después dijo: “Es como ganarse el mismo día dos billetes enteros de la Lotería de Bolívar…”.

Entonces, por primera vez en ese día, Antonio Cervantes se mostró alegre en toda la extensión de la palabra. Había derrotado no sólo a su rival sino a los que no creyeron en él. Y también por primera vez, ante los apremios del entrenador Sanz, salió del estadio por la puerta trasera. No quería que los curiosos le impidieran hacer lo único que deseaba en ese momento: comer…

A las tres de la mañana del viernes 16, feliz y hablador, se metió en las cobijas del lujoso hotel. ¡Como era de distinto todo a las pulgas de la Pensión Carmencita!

Epílogo

Comentario escuchado en Bogotá 24 horas después de la pelea, a propósito de la muerte del padre de Josué Márquez, fallecido cuando escuchaba por radio el combate: “¡Cómo pegará de duro Pambelé, que le dio una trompada al hijo y mató al padre…!”

Temas relacionados

 

últimas noticias

Los hábitos matutinos de la gente exitosa

Cajas de sorpresas