Diez y nueve retoños/ Aniversario

Crónica publicada el 26 de agosto de 1916 que describe la familia paisa formada por una mujer de 43 años, su esposo de 54... ¡y 19 hijos! Emotivo retrato.
Diez y nueve retoños/ Aniversario

CROMOS reproduce hoy una fotografía enviada desde las montañas antioqueñas. El original tiene al respaldo una interesante leyenda firmada por un distinguido médico antioqueño, el doctor Jaime Mejía, quien ejerce su magisterio en Salamina.

La leyenda dice así, textualmente:

“Envío para CROMOS esta curiosa fotografía. Es una familia antioqueña, o diré mejor, de Caldas, del distrito de Pácora. El matrimonio ha tenido diez y nueve (19) hijos, todos vivos, y son los que figuran en el cuadro. El padre se llama Emiliano Botero, de Sonsón, y la madre es la señora Rosario Gómez, de La Ceja. La señora tiene cuarenta y tres (43) años de edad y el señor Botero cincuenta y cuatro (54). La fotografía fue tomada en la casa de campo del señor Botero, en Pácora, en el punto llamado San Lorenzo”.

Esto es lo que reza en la escritura que el doctor Mejía ha puesto en el reverso de tan interesante medallón.

La fotografía que nos da a conocer esta “sagrada familia” en toda su extensión, es, por sí sola, una exégesis completa, una explicación clara y terminante de aquello que llamamos la preponderancia de la raza antioqueña. Después de admirar este cuadro cuyo conjunto podría haber sido blasón y donaire de una página bíblica, se explica uno el porqué del ímpetu avasallador, del desbordamiento innumerable del “antioqueñismo”, de eso que en otros lugares, en donde la procreación no alcanza cifras tan respetables, hemos dado en bautizar con el nombre de “invasión antioqueña”. Esta familia y aquella otra de Envigado que contó treinta y tres hijos, nos dice en lenguaje claro, con hechos “de bulto”, por qué es que hay tanto antioqueño, tanto paisa diseminado por el haz de la tierra. Antioqueños hay por todas partes. La montaña es incapaz de contener en su seno a sus propios hijos. La raza se desborda, se disemina y va, como una tribu bíblica, a poblar latitudes extrañas que ella va conquistando y haciendo propias a fuerza de labor, de faena indeclinable y tesonera. En Nueva York hay verdadera colonia antioqueña y allí, en el bullicio y el trajín de la urbe gigantesca, encuentra uno de golpe, un antioqueño que explota, por ejemplo, la industria del café molido, colombiano. En París hay un peluquero antioqueño que tiene “la mejor peluquería de la cuadra”. Y un cronista español nos cuenta que cuando en un teatro de Moscú mataron al ministro Stolypine con tres disparos de pistola, una voz castellana subrayó la tragedia con estas dos conocidas palabras: ¡Ahí es!

El cronista buscó a quien así hablaba en plena Rusia y se encontró con que era un suramericano de Antioquia (Colombia). Allá había un antioqueño, allá había un representativo de la montaña. Y en ese momento fue tipo de expansión, un agente del rico idioma castellano, que en un momento psicológico habló como hablan en su solar nativo: ¡Ahí es! Así decimos aquí cuando vemos que alguno da en el blanco o asegura el golpe.

¡Diez y nueve hijos! Pasa, lector, los ojos por el cuadro y contarás diez y ocho, de izquierda a derecha. Por el momento te quedas preguntando por el otro, por el diez y nueve. Y tendrás que detallar algo para distinguirlo. Míralo allí, en el centro del cuadro, sobre el suelo, entre dos matas, acostadito y en actitud de morderse el pie izquierdo. Ese es el último de la gloriosa estirpe, si es que a sus papás no les da el cielo otro retoño para completar los veinte. Fíjate bien, lector o lectora, en el chiquitín, y verás que sientes un gran deseo de alzarlo y acariciarlo y besarlo hasta hacerlo llorar. Porque ese “chino”, aunque es “el último”, viene a ser el primero. El primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el corazón de sus conciudadanos. Los últimos serán los primeros y, hoy por hoy, esa criatura es un símbolo, una culminación, la coronación de un esfuerzo, el remate de una obra que merece respeto y admiración y que se sintetiza en estas palabras: “Formar un hogar con diez y nueve hijos”.

En Alemania, en donde todo se edifica sobre el problema de la procreación, los padres de estos diez y nueve hijos habrían merecido condecoración del emperador. En Francia, en donde canta otro gallo en estos asuntos, las gentes, al mirar este cuadro, pondrían la boca en forma de O.

Diez y nueve hijos. Once varones y ocho mujeres. Todos robustos y bien parecidos. Descalzos los pequeños (¡menudo problema de calzarlos a todos!) Pero así, descalzos, resultan más sencillos, más patriarcales, más humildes. Y los ama uno más porque los ve más campesinos y menos tocados de las complicaciones y exigencias de la ciudad.

Las tribus bíblicas no fueron tan numerosas. Jacob sólo tuvo once descendientes. Y eso que el Señor lo llamó y le dijo: “Tus descendientes se multiplicarán como las arenas del mar y las estrellas de los cielos”. Yo me he provocado de ir a Pácora, a pasarme unas horas al lado de esta familia que hace honor a la raza y a la nacionalidad. Sería una agradable emoción esta de sentirse siquiera un momento bajo el alero de este hogar que cuenta diez y nueve “bendiciones” del Señor. ¡Qué bullicio! ¡Qué alegría! ¡Qué cantidad de deber cumplido! En los ojos de las muchachas adolescentes vería el paisaje de las líricas montañas antioqueñas; con los pequeños departiría en amable grupo fraternal, y al chiquitín le llevaría un juguete –cornetín, pelota de caucho, o automóvil– para que fuese y viniese feliz por los corredores de la casa paterna. Y don Emiliano y doña Rosario me invitarían, naturalmente, a su mesa abundante y nutrida y yo tomaría sobre aquel mantel limpio mi mazamorra, mi arepa y mi pedazo de panela, base de la preponderancia fisiológica y de la salud y el vigor de los hijos de Antioquia.

¡La montaña! He aquí el secreto, he aquí la fuente generatriz de los impulsos de la raza. El aire puro, el oxígeno vivificante, los árboles de verdura incomparable –liras armoniosas de los vientos libérrimos–; los ríos de aguas puras y sonoras; el maíz en todas sus derivaciones alimenticias, y como complemento de todo aquello, una etnografía propia, pensamiento propio, unidad de acción y, como total, esto: una entidad autóctona dentro del conjunto de las que componen la unidad nacional.

Aire puro, maíz, panela, fríjoles y… buenas costumbres. Sobre todo, esto de las buenas costumbres. El individuo de la montaña es sano y no tiene los desgastes y las averías del hombre de la ciudad. La naturaleza es la única terapéutica posible, fuente de salud y alegría, irrestañable y eterna. He aquí la fórmula: aire puro, maíz y… buenas costumbres.

Aquí tenemos el ejemplo. Aquí está el cuadro. Allí está don Emiliano Botero, padre de diez y nueve hijos y mañana abuelo de doscientos nietos. Allí está, al lado de su marido, doña Rosario, cuyas entrañas han sido santificadas diez y nueve veces con el dolor fecundo de la maternidad.

¡Dios te salve, reina y madre!

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