Los papeles secretos de Álvaro Gómez

Cómo se recuperaron y fueron devueltos a su autor los escritos y dibujos realizados durante su secuestro. Noviembre 4 de 1996.
Los papeles secretos de Álvaro Gómez

En una operación secreta, el poeta nadasta logró recuperar los escritos, dibujos y cartas que Álvaro Gómez Hurtado escribió durante los 53 das que estuvo en poder del M-19. Silencioso diálogo interior de un cautivo.

Hace apenas ocho años, y merced a la poesía, me tocó servir de enlace entre dos hombres grandes de Colombia que, después de haber hecho cada uno la violencia a su modo, terminaron buscando la paz y la encontraron en el cañón de sendas escuadras magnicidas. Secuestrado y secuestrador, rara pareja que terminó dándose las manos para impulsar la nueva Constitución de la República de Colombia, que hoy también tambalea.

En el Café de los Turcos, en Cali, mi amigo Felipe Domínguez Zamorano me mostró los originales de un libro que iba a editar. Estaba emocionadísimo. Podía ser la obra del siglo. Se trataba de Soy libre, el ensayo político de Álvaro Gómez escrito en París luego de 53 días de cautiverio. Leí con atención algunas rápidas páginas que me parecieron inteligentes y frías. Para calentarlas tal vez, en un nota remitente sugería Álvaro Gómez al editor: “Si se consiguiera que el M-19 devolviera mis papeles y las cartas que nos cruzamos con Pizarro, podría hacerse un apéndice o anexo”.

Felipe me decía que habían hecho hasta lo imposible con todo tipo de contactos para reclamar lo que llamamos “la lonchera del hijo de Lindbergh”. Pato de toda boda que soy, le pedí que me permitiera intentarlo, a sabiendas de que en estos casos la peor diligencia es la que se hace.

Yo tenía un alumno sospechoso en mi taller de poesía, siempre hirsuto y oloroso a hierbas del monte, quien brincó entusiasmado cuando le confié el gallo en que me había metido. Él me dice, en un cafecito donde nos sentamos las espaldas contra la pared, que precisamente va para allá. Le entrego la fotocopia del mensaje de Álvaro a Felipe clamando por sus originales, le escribo un hai kai al comandante Pizarro solicitándoselos –tras evocar las papayas que le llevaba a la cárcel–, y nos vamos sin pagar los tintos que no pedimos. Tras una corta semana estamos nuevamente sentados el contacto y yo frente a la misma mesa vacía. Trae un paquete envuelto en periódicos. El mesero da vueltas alrededor de nosotros como mosco en azucarera. Comienzo a ver tiras por todas partes, pero son serpentinas de las pasadas navidades. Voy al baño con el paquete y lo abro y descubro semejante arsenal azul: diarios, cartas, dibujos, autorretratos. Aparte de los grafitos lo más original que uno puede ver en un orinal.

Le pregunto al contacto cómo es posible que Pizarro haya depositado en mí toda esa confianza; que sin ninguna condición haya puesto en mis manos esa papa caliente. Me contesta: “Poeta, es que tú no sabes lo que le debemos al nadaísmo. Gracias a la literatura de ustedes dimos el bote de la ortodoxia a la imaginación. Nuestro Gonzalo Arango se llamó Jaime Bateman”.

No sé cómo me quedó el ojo.

Pienso que si me cogen con las manos en esa masa van a creer que yo también tuve velas en ese encierro. Llamo insistentemente a Domínguez el editor, pero el automático me contesta que está en Cali, en Santa Marta, en Miami. Le dejo mi teléfono con un mensaje cifrado: “Obtenidas las libretas de calificaciones de los chicos malos”. Me siento un héroe.

Ahora soy la mano derecha de Álvaro Gómez, pienso, y como un rayo el fantasma liberal de Rionegro de papá me castiga. Me cae la gota sobre el dedo gordo de mi pierna diestra. La acomodo en el puf, pongo la Internacional en el láser y distraigo el fin de año en la profunda intimidad conceptual de un hombre privado de la libertad y que ahora es libre.

En el cuarto de su cautiverio, rodeado por los “Cayos” –como apoda a sus vigilantes y becados alumnos de historia universal de la infamia, quienes le procuran papel y gafas–, Álvaro es un escritor que siente que no pasa de la próxima página. Es presa del terror del rehén, pero conserva su altivez en la correspondencia con su captor y sus aciagas reflexiones. Hace un recorrido por la arena caliente de la política y aprovecha para celebrar la muerte del comunismo antes de que se difunda el acta de defunción oficial. ¡A morir juntos!, parece que le dijera satisfecho a su enemigo jurado, él, que naciera por las calendas de la Revolución de Octubre. En los autorretratos, las manos, las flores y los caballos, se dibuja el patetismo del retenido. Vuelve a su infancia, recoge sus pasos por la historia, oculta sus confesiones apelando al francés. Así va entrando el 89, y yo sin encontrar a quién entregar el paquete.

El domingo 15 de enero, en mi apartamento de Pasadena, el sonido del teléfono me tumba del puf. Es una llamada de París, a juzgar por la operadora. ¿C’ est le poete Jotamarió? Un moment. Va vous parle monsieur Hurtadó. Me tocó entregar el tesoro, pienso, mi reino por una fotocopiadora.

Jota Mario Arbeláez

TEXTOS QUE DEJÓ ÁLVARO GÓMEZ EN SU LUGAR DE CAUTIVERIO (PRIMERA PARTE)

Vecino de la muerte

Cuando se está en condición de rehén, las circunstancias alrededor de uno son todas terminales. Porque si la muerte es una perspectiva próxima, que está inevitablemente inserta en el esquema de la captura y de la privación de la libertad, ninguna acción, ninguna actitud, ningún pensamiento puede eliminar esa opción. El supuesto de seguir en el tiempo, de retomar el hilo de la vida, resulta regresivo. Dentro de la dinámica que desencadena la violencia de la captura, no resulta comprensible que se prescinda de esos pasos que ya se han dado hacia el fin, hacia lo otro. No se está todavía en la mitad del camino, pero la conciencia de haberlo emprendido, de no haber vacilado, de haber superado el miedo o de no haberlo tenido, es una experiencia que no se quiere perder. Si se regresa al punto de partida, como si nada hubiese pasado, quizás volver a donde se está puede llegar a ser la parte más costosa de ese camino hacia la muerte que habrá que transitar.

Estar a unos minutos o centímetros de los gatillazos es estar seguramente muy cerca, es haber hecho algo. Es haber logrado transitar. Es haber vivido una parte del final de la vida, importante, porque como se ha dicho tantas veces, lo más importante de la vida, dentro del esquema del espíritu, es la muerte.

El rehén mismo está en situación terminal, aunque exista aún una indeterminación. Es inevitable suponer que los datos históricos que aún pudieran modificar los juicios, han terminado. Ya no habrá más noticias, ni siquiera nuevos puntos de vista. Se tiene la sensación de que, aunque no se haya pensado antes, todo lo que ahora se piensa ya no es nuevo. Es apenas una explicitud de lo que ya está ahí y que no se puede evolucionar. Ya no se puede crear. Lo más que se logra es descubrirlo.

De noche, en la penumbra, en duermevela, la mirada se fija en algo, que también esté ahí: una mancha en la pared, una ranura en la puerta de enfrente, una gotera en el techo. Sugieren motivos. Facilitan el desboque de la imaginación. Se convierten en compañeros en la soledad. Son compañía. Pero también sus motivos son terminales, están terminados. La imaginación tiene el límite de no lograr proyectarse hacia el futuro. No vale la pena. Es como si al frente hubiese un cristal impenetrable e irrompible. La imaginación hacia atrás no puede trabajar sino sobre lo que pudo haber sido y no fue. No puede crear. Sólo puede fabricar reproches y como ya no se puede modificar lo sucedido y tampoco se pueden edificar conductas de imaginación se siente inútil, se sabe frustrante.

El comunismo y yo

Recostado en el camastro de mi mundo cautivo, recinto de dos por cuatro, que debo compartir con mis guardianes de día y de noche, me entregan el periódico de la víspera. Lo hacen con ademán de señalar que algo ha cambiado en el trato que me dan. Ahora ya puedo escribir noticias. “Las reglas empiezan a cambiar”, me dicen, con sonrisa amistosa, insinuante, como si supieran que más adelante las cosas mejorarían.

Hay noticias sobre mi secuestro y sobre reacciones que este hecho produjo en la opinión. Pero al lado, sin el despliegue que yo hubiera acordado si me hubiera correspondido diagramar ese periódico, aparecía la información sobre la sesión inaugural del XIX Congreso del Partido Comunista que había ocurrido en Moscú.

Mi suerte sin definir, acondicionados mi alma y mi organismo a la perspectiva de una muerte próxima, más me motivaron los hechos ocurridos en Rusia que los relatos sobre las peripecias de mi problemática situación. Quería llevarme el último dato histórico sobre un episodio que no estaba siendo fácil de entender, que había desconcertado al mundo entero y que mostraba significaciones tan rotundas y tan sorpresivas que no permitían interpretaciones serias sobre lo que estaba ocurriendo.

Pero encerrado, forzado a dialogar conmigo mismo, sin interferencias, caí como en muchos otros momentos en la dialéctica de la simplicidad. Los hechos se despojan ante uno de toda la hojarasca, y quedan sólo esencias, aristas, límites, planos. Hay una especie de geometría de la verdad, cautivante y a la vez inclemente. Se produce una percepción superior, casi divina, en que las cosas son lo que son, irremediablemente, sin disimulos, brutalmente. Es una confrontación despiadada. Que las cosas sean lo que son, en la vida temporal, resultarían creando una tiranía. Por hábito, por ternura con nosotros mismos, siempre dejamos una salida, una forma de interpretación que nos permita llegar a la conclusión de que las cosas pueden ser de otra manera.

Cuando uno está cautivo, esa fuga frente a la realidad es una posibilidad cobarde. Uno sabe que es así, porque el claroscuro de lo que se ve en el interior no permite subterfugios.

Sobre lo ocurrido en Moscú quizás yo no tenga una nueva información. Para mí los episodios relatados en el diario cristalizaban la historia de un gran movimiento político, la volvían pretérito, la convertían en una categoría estática, en una obra de biblioteca. No tendré yo oportunidad de ponerla nuevamente en marcha. Eso lo harán los que se quedan en el tiempo, los que todavía tienen la oportunidad de hacer la historia, o de vivirla, o de interpretarla.

No es ese mi caso. Como en una congelación existencialista sartriana, el comunismo se me ha detenido en su evolución y ello ha determinado su propia naturaleza. La muerte hace al ser, lo configura, le da su sentido. Uno es lo que es en el momento de la muerte, dicen los condenados en el Infierno.

El comunismo y yo hemos muerto al tiempo. Yo tampoco podré agregar datos nuevos a mi existencia. El periódico decía que el líder soviético había conseguido un sólido apoyo para su política de apertura y reorganización. ¿Apoyo definitivo? Yo ya no lo sabré. Pero los testigos, no pocos sorprendidos, aseguran que era sólido, superabundante, sin resistencias visibles. Lo ocurrido debe tomarse como un hecho cumplido, definitorio.

En el escenario del claroscuro de mi silencioso diálogo interior, la apertura y la reorganización del régimen soviético se presentan como verdades simples, insoslayables, sin las penumbras del disimulo. Además ya no vale la pena dejar subterfugios para futuras interpretaciones, pues ya no habrá tiempo de hacerlas.

Dentro de ese simplismo los hechos veraces adquieren significados trascendentales.

En manos ajenas

Hoy me han traído papel. Me vieron escribir furtivamente y al colocarme frente a una resma inmaculada, me han puesto frente a un desafío que yo no quiero aceptar, porque el destino de estos papeles queda en manos ajenas si yo no logro destruirlos antes de mi final, como es mi propósito. Porque esta ocupación de relatar lo que venga a la memoria, sin orden, como una saga escandinava, es una caricia que yo le hago a mi alma. No la quiero dejar entristecer. No quiero que tenga tiempo para el sentimentalismo. El recorrido por esos recuerdos me ha sido plácido. Involuntariamente están siendo el recuento de mi descubrimiento de mi vida. Poco a poco. Ciertamente, como decían los viejos filósofos que hoy nadie cita, uno al principio es una tabla rasa. Y esto, no ya para justificar construcciones epistemológicas y simplificar la teoría del conocimiento, sino para estructurar una concepción progresiva del sentido de la vida. A mi manera en forma experimental, yo fui creando mi propia “weltanschauung”, ordenando paciente y sistemáticamente los elementos que me permitieran encontrarle sentido a la historia. Fue mi man era elemental de filosofar. Se me fue creando un sistema de pensamiento que me envolvió y del cual no quise defenderme porque ha sido hechura mía. Yo me realizó al compaginarme con él. Si no fuera sino una ideología, yo ya me declararía satisfecho. Me ha bastado para dignificar mi existencia ante mí mismo. Pero yo sé que es algo más. Es una armonía. Y ahí he encontrado siempre una reconfortante belleza. Ese sabor estético de los conocimientos conforta porque produce plenitud.

El gran día

Un primero de enero de hace muchos años, estaba con mi padre y mi familia en la finca de mi hermana Cecilia, en Santandercito. Mañana de luz que resaltaba los inusitados contrastes de tantas plantas florecidas simultáneamente. Mi hermana había conseguido que hasta las hojas oscuras de los arbustos más comunes tuviesen brillo y colorido como las propias rosas. Por entre las ramas erguidas, sanas y sonoras, se oía el bronco ruido del agua del río Bogotá, abajo entre un lecho desordenado de piedras que parecían ser testimonio de un cataclismo. Con mi padre nos acercábamos al precipicio, para mirar a distancia, esas aguas que parecían quejarse de los golpes que recibían. Esperábamos unos huéspedes para pasar en compañía aquella iniciación del nuevo año.

Puntualmente llegaron los comensales. El primero de ellos, Alberto Lleras, entonces presidente, acompañado de doña Berta y de su hija Marcela. Esta traía en la mano un radio portátil que apretaba contra una de sus orejas. Era visible la cara placentera de los recién llegados. Su alborozo lo causaba el relato hecho por la radio, de la ocupación de La Habana por Fidel Castro. Con ingenuidad infantil que nos sorprendió, Lleras dijo: “ Es un día de gloria para nuestra América. ¿Es que ustedes no han oído radio?”. Al tiempo que intercambiábamos saludos, mi padre dijo: “Sí. Ha sido una toma pacífica, parece que tuvieron que ir a buscar a Fidel a la montaña para que viniera a ocupar la capital”. El presidente, desconcertado, preguntó: “¿De veras, ustedes no creen que hoy es un gran día?”. A lo cual Laureano Gómez, tomando paternalmente a Lleras por un brazo, le dijo: “ Vea, Alberto. Batista era una afrenta para Cuba y para América, también lo fueron los regímenes anteriores. El de Prío Socarrás y el de Grau San Martín. Esos los ejemplos de caudillismo militar y de corrupción democrática que yo detesto. Son producto del trópico. Pero en la mañana de hoy lo he pensado bien. Y quiero decirle una cosa: sería menos grave que Sangrenegra se hubiese tomado a Bogotá. Yo sé quién es Fidel Castro. Estuvo aquí el 9 de abril. Ya desde entonces pertenecía a los cuadros comunistas. Pregúntele a Álvaro, lo que le ocurrió una vez en Ginebra”.

Me vi de pronto en la inesperada situación de dar un testimonio. Lo hice con gusto, porque había tiempo de sobra y empecé mi relato como si fuera un cuento:

“Me hallaba en Suiza cuando me correspondió asistir, en representación de Colombia, a una conferencia sobre libertad de prensa promovida por las Naciones Unidas recién fundadas, y cuyas sesiones se cumplían en el ya viejo y evocador Palacio de la Sociedad de las Naciones, cuyos muros lucían las pinturas murales de José María Sert que en aquella época me parecían una importante demostración de fuerza en el dibujo y el empleo del sepia sobre los fondos dorados un hallazgo decorativo. No eran todavía visibles los deterioros que sobrevinieron por la falta de penetración de los colores”.

El relato continuó en medio de comentarios sobre lo que había sido ese escenario. Y sobre el melancólico fracaso de aquel intento de organizar el mundo dentro de una comunidad que pudiera dar normas universales y crear en torno al derecho internacional un sistema coercitivo y disciplinante. Todo ello había fracasado cuando la Sociedad de Naciones impuso el bloqueo para castigar a Mussolini por su invasión Abisinia, que fracasó con tanto estrépito, que toda la organización se vino abajo. Mi padre, desafiando el sentimiento de la juventud conservadora, había condenado el despojo del Negus y había puesto toda la fe en la acción disciplina de la Sociedad de Naciones. Recuerdo haber leído, más con admiración que con entusiasmo, aquella encendida defensa del derecho de los etíopes para preservar su independencia y que mi padre publicaba en la famosa revista Colombiana, donde se promulgaba la “pura doctrina” en aquellos tiempos de desorientación política.

Yo retomaba el hilo de mi historia: la reunión de Ginebra se celebraba en los primeros días de abril, de aquel año terrible de 1948. Como siempre en aquellos días de la guerra fría, en la primera sesión se engarzaron los norteamericanos y los rusos en una frontal controversia sobre las políticas de los distintos regímenes sobre la manera como permitían la transmisión y publicación de las noticias. La delegación norteamericana relataba pormenorizadamente y con un fuerte apoyo probatorio lo que estaba siendo la caída del Telón de Acero sobre el oriente de Europa, cómo, a medida que los países caían bajo el dominio de los tanques rusos, los periódicos incipientes, recién reconstruidos después de la guerra, iban siendo cerrados por los rusos o por sus partidarios y cómo simultáneamente eran expulsados los corresponsales de los periódicos y agencias de prensa de los países democráticos.

El tercer día, pidió la palabra para responder las acusaciones A. Bogomolov, embajador ruso en París y quien había sido desplazado a Ginebra como jefe de la delegación soviética. Era un hombre alto, creo que corpulento, vestido siempre con traje de color gris, impresionantemente plomizo. Como hablaba muy erguido, casi sin accionar, más parecía una máquina de acero que un ser humano.

En aquel entonces todavía no se practicaba la traducción simultánea. Era necesario escuchar los discursos en ruso, sin enterarse de lo que se estaba diciendo, hasta cuando unas secretarias, con una memoria desconcertante por su exactitud hacían la correspondiente traducción.

Aquel día, Bogomolov dio desde un principio la impresión de que se tomaría toda la sesión y durante horas emitió esos sonidos carrasposos, en su caso monótonos y sin expresión, que caracterizan las lenguas eslavas. “Democracia” era la única palabra que yo lograba entender pues se repetía con insistencia y se pronuncia en forma similar en los idiomas más opuestos.

En algún momento advertí que Bogomolov miraba insistentemente, a través de sus anteojos de aro delgado, hacia donde estaba la delegación colombiana, constituida por sólo dos personas. Me acompañaba, como secretario, Gabriel Giraldo Jaramillo, quien entonces se desempeñaba como cónsul en Ginebra. Era un funcionario discreto y eficacísimo, que se informaba meticulosamente sobre los temas que tenía entre manos, que disponía, además de una exquisita afición a la historia colombiana del arte.

En un momento de su discurso, Bogomolov pronunció palabras que sonaban comprensibles: en medio de los sonidos eslavos, decía algo muy parecido a Bogotá, Colombia, Techo… Giraldo y yo nos miramos las caras. La cosa era con nosotros. Era con nuestro país.

Cuando sobrevino la traducción, supimos que se trataba de un denuncio formal que había sido escogido como la pieza final de la intervención del embajador soviético. Según el diplomático, un grupo de estudiantes cubanos que querían cubrir la Conferencia que se estaba celebrando en Bogotá y que habían sido detenidos en el aeropuerto de Techo y por lo tanto no podían cumplir su cometido informativo. Era aparentemente el caso que Bogomolov había encontrado para contrarrestar la destrucción de la libertad de prensa en toda la Cortina de Hierro.

Preguntamos por cable a la Cancillería sobre la versión oficial del incidente denunciado e inmediatamente se nos contestó que se había tratado de un incidente que podía considerarse de frontera, pues un grupo de estudiantes, afiliados a la Federación Estudiantil Universal (FEU), habían llegado al país sin visas y con identificaciones insuficientes, que habían sido detenidos mientras subsanaban las irregularidades y que ya estaban en libertad. La lista comprendía ocho nombres y estaba encabezada por Fidel Castro y Rafael del Pino. (Nota al margen: Guillermo Pedraza, CGT, habló en contra).

A los pocos días se produjo el 9 de abril y la quema de El Siglo, de la casa de mi padre y de la que yo mantenía en Bogotá. Me encargué de la reconstrucción del periódico y fue preciso enfrentarse al desconcierto y al desánimo de los conservadores en virtud de la confusa evolución política subsiguiente y el inmenso número de víctimas que hubo durante las dos semanas en que la autoridad vaciló en casi todas las poblaciones permitiendo que se realizaran infinidad de vindictas y actos de persecución.

En medio de las ruinas del 9 de abril y de las muchas preocupaciones de ese momento, yo no olvidé los nombres de los cubanos y logramos establecer sus andanzas durante la revuelta. Castro estuvo en el café Gato Negro, diagonal de la oficina de Jorge Eliécer Gaitán en la mañana del asesinato. Había solicitado una cita con el líder popular esa tarde. Luego fue visto encabezando la multitud que fue a quemar El Siglo, hubo fotografías, algunas de las cuales se publicaron en la revista Carteles de La Habana. Al parecer participó en el incendio de la oficina de extranjería, situada entonces cerca del periódico, frente a la iglesia de La Capuchina.

Esto era lo que mi padre y yo sabíamos del libertador de Cuba. Esa mañana, cuando apagamos la radio después de que la toma de La Habana era un hecho, me dijo: “Nuestros bandoleros no tienen significación política. Son actores primitivos en un escenario elemental. Pero este Fidel Castro es una pieza en el ajedrez universal. Es el primer paso soviético en nuestro continente”.

Fuera del tiempo

He venido a descubrir que la trayectoria experimental del consumismo es contemporánea de mi propia vida. Yo nací un año y varios meses después de la Revolución de Octubre y muero antes de que el mundo se atreva a reconocer que el comunismo ha cumplido su ciclo vital.

Anticiparse a cerrar ese ciclo de la humanidad puede ser aventurado. Y riesgoso para quienes, quedándose en la vida, tuviesen que responder por esa precipitud. Yo puedo hacerlo impunemente, casi desde afuera del tiempo. Para mí han terminado los datos históricos.

 

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