Descubra una nueva forma de ser padre

Un papá moderno es aquel que ha cambiado el control por la atención y que disfruta de sus hijos sin tratar de moldearlos. Una nueva forma de paternidad.
Descubra una nueva forma de ser padre
La masculinidad y a la paternidad están en crisis. Pero una crisis es también una oportunidad: la de construir una nueva paternidad. Sin embargo, los discursos actuales de la psicología y la sociología nos dejan sin herramientas para conectarnos íntimamente con nuestra paternidad profunda. Por eso, más que un discurso psicológico, lo mejor es abrir un diálogo franco y sentido de un padre reciente, como yo, hacia otros padres, y que excluye tanto a los que no se han dado cuenta de que el machismo está mandado a recoger, como a los conformistas que renunciaron a levantar con orgullo el estandarte de una nueva paternidad.  ¡Felicidades por la crisis total y el espacio que nos ofrece! La cáscara muerta de una masculinidad patriarcal ha sido cuestionada y debemos crear nuevamente lo que significa ser hombre y lo que significa ser padre. La paternidad fácil, ganada por los privilegios que tanto tiempo nos dio la cultura, está cuestionada. Lo que hacíamos antes, lo hacen perfectamente las mujeres y las instituciones. Es hora de preguntarnos qué es ser padre; o mejor, qué queremos hacer de la paternidad.  Asumámoslo desde el inicio: cuando abrimos los ojos de la consciencia lo primero que encontramos es la abismal diferencia que hay entre hombres y mujeres en el amar y el crear. ¿Cómo podemos decir que somos iguales cuando nosotros, los hombres, no podemos ni parir ni alimentar desde la gratuidad natural? Por eso hemos temido tanto a las mujeres; por eso el celo en las lides de hombres, por eso tanto maltrato e injusticia. Restablezcamos ese desequilibrio profundo entregándonos a una vida creativa. Que en nuestra vida pesen más los “para qué” que los “por qué”; las intenciones que las explicaciones. Que vivir con propósito sea la entrada a una nueva paternidad. Volvamos a la incomodidad, aceptemos que necesitamos el frío de la soledad y el vértigo de la búsqueda, y que solo podemos ganarnos nuestro lugar en este mundo con un arduo trabajo. No un trabajo que venda el alma, sino un trabajo donde nos la juguemos. No uno donde llenemos nuestra carencia con posesiones engañosas, sino con la belleza del ser realizado.  Por otro lado, es necesario que reconozcamos y valoremos la necesidad masculina de vivir en el filo. El hecho de que hayamos confundido el reto con la competencia, la exploración con la invasión, la libertad con la ambición, no quiere decir que no necesitemos ir siempre al filo de lo que somos, y que en ese filo encontramos el temple necesario para una vida justa. Ir al filo, pero solo un paso después del filo. Si nos quedamos antes, perdemos vitalidad; si vamos mucho más allá nos desintegramos. Pero me refiero al filo de sí mismo, de nuestras capacidades, de nuestra conciencia.  Que les parece si cambiamos nuestra adicción al poder, por la defensa de nuestra soberanía. No somos padres mientras no decidamos ser soberanos de nosotros mismos. Eso de tener maestros, gurúes, guías, santos, ideologías son puentes que apuntan a un hecho fundamental: que lleguemos a tomar nuestras propias determinaciones, hacer nuestras propias elecciones, ser nuestros propios maestros y guías y ayudar a que otros lo sean. Hablo de una soberanía interior que contagie radicalmente la soberanía de los otros. ¿Cómo se puede ser padre sin esta soberanía?   Un padre genuino Es un hecho que los hombres queremos a nuestra manera. Que ese querer sea la legitimación de lo genuino en los otros, que tenga apertura, que sea la presencia que acompaña sin usurparlo, lo sagrado de la vida cuando tiene un camino. Pero que también ese querer sea el no a lo falso, a lo vil, a los caminos sin alma. ¡Amemos con exigencia! ¡Apoyemos, retemos, confrontemos! Defendamos el amor y la verdad con la lealtad de un perro. Entendamos que ese amor santurrón y rosado de los neomachistas, que solo se creen con derecho a la ternura, dejaría a la vida sin una porción vital.  Tal vez sea el momento de transformar nuestra búsqueda de la libertad, tan importante y dolorosa a la vez. Entendamos, como dice mi maestro, que la verdadera libertad es la entrega. ¡Dejémonos atrapar por la vida, por nuestras mujeres, por nuestros hijos! No hay salida. La gran elección que tenemos es decirle no o sí a la vida. Digamos sí, hagamos apuestas, elecciones, obras totales. No más cosas a medias. Perdamos la vida, gastémosla, entreguémosla.  Padres, seamos humanos, demasiado humanos. ¿No se dan cuenta de que cuando no ponemos el pecho y las tripas y una mirada honesta, nuestros hijos nos ven como unos farsantes? No pidamos lo que no hacemos, no exijamos lo que no hemos logrado. Aceptemos nuestra emoción, aceptemos nuestro animal, aceptemos nuestra ignorancia. Y hablemos desde muy adentro, enseñemos desde muy adentro.  Cambiemos el control por la atención. Ese fue uno de los grandes fracasos de la paternidad patriarcal: controlar mucho, pero estar ausente. Para atender, por el contrario, tenemos que estar presentes. Presentes pero abiertos, dando espacio, como quien enciende una fogata y goza con el proceso del fuego que se va encendiendo. Disfrutemos la verdad de nuestras mujeres y nuestros hijos sin alterarla. Observémoslos en secreto como quien observa un paisaje con reverencia.  Y, sobre todo, aprendamos cómo se cuidan las almas. Cuidemos, como quien cuida un jardín. Si hay flores, hay paternidad; si hay realizaciones, hicimos el trabajo de ser padres. Que el premio de esa vida sin descanso sea esa mirada que, despierta en la noche, se regocija observando a una esposa y a una hija mientras duermen tranquilas y radiantes en un lecho de amor, en un hogar con alma.  

 

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