Los chicos que sueñan con ser Falcao

La Fundación Radamel Falcao, por una Niñez Feliz, lleva cuatro años ofreciéndoles un futuro en el fútbol y la religión cristiana a los niños de Altos de Cazucá, Suba y Usme.
Los chicos que sueñan con ser Falcao

Por: Adriana Marín.

«¡Permiso, que viene Falcao!», gritó alguien desde atrás. Luego cruzó el campo hasta el círculo central, puso el balón en el piso y lo empezó a mover a través de la cancha. Lo pasaba de un pie a otro y, así, de vuelta. Todo fluía. Nada lo atajaba. Ni siquiera los otros jugadores que intentaban detenerlo. «¡Goool!» fue el grito triunfal y el joven salió corriendo a celebrar, los brazos levantados hacia el cielo. Se escuchó, entonces, al unísono, el abucheo de los adversarios. No era Radamel Falcao García, por su puesto, era otro más dentro del grupo que sueña con ser como él. «Cobremos penales más bien», dijo una voz. Y todos se pusieron en fila. Una patada y el balón iba directo hacia la malla. El arquero, luego, lo lanzaba de vuelta al punto penal.

Lentamente fueron llegando más muchachos. El mayor no tendría más de 17 años. Venían en grupos de tres, de cuatro. «Profe, ¿me tiene esto?»; «Profe, ¿me guarda esto otro?». Así iban dejando fuera de la cancha cosas que les estorbaban para jugar. Estaban todos preparados. Algunos con sus uniformes azules; otros, los arqueros, con uniformes anaranjados. Los demás estaban de pantaloneta y camiseta, a pesar de que ese día no estaba haciendo calor. –¿Y sus tenis?

–No los traje, profe, se me quedaron–. El muchacho siguió derecho, sin darle mucha importancia a tener que jugar en chanclas.

–Profe, ¿será que podemos jugar contra los de Suba? –pidió un corrillo con ojos implorantes–. ¿Sí, profe? ¿Usme contra Suba? Es que queremos ver cuál gana.

Llegaron tantos a la cancha que fue necesario dividir el grupo en dos y mandar a buscar otro balón. Un despelote. Que yo voy en este grupo y tú en el siguiente. Es que él no me deja jugar y ese otro es muy mandón. Que me toca a mí lanzar; no, que había una fila; no, que es mi turno. Y muchas voces que se levantaban al tiempo, sin escucharse. De repente, se alzó la voz amenazante de la profe:

–Solo tienen hasta las seis. Si no se organizan, no van a alcanzar a jugar.

Eran las cinco y quince de la tarde y el sol brillaba anaranjado más allá del pasto, aún mojado por la lluvia. Ninguno tenía reloj.

Eran ochenta muchachos los que habían ido de paseo ese puente a Chinauta. Finca Tierra Alta se llamaba el lugar. Habían salido de sus casas, de Usme y de Suba, en buses que había encargado la Fundación Radamel Falcao, por una niñez feliz. La fundación no acostumbra a alejar a los niños tanto tiempo de sus casas; esta era una actividad fuera de lo común.

Esa semana había sido particular para ellos porque se aproximaba algo desconocido. Un paseo era algo desconocido. Se habían acostumbrado a esperar por el sábado, cada semana. Solo ese día salían de sus casas, con los guayos puestos, para ir a pegarle a un balón. La fundación les daba los uniformes, les facilitaba una cancha cerca de su barrio y disponía para ellos profesores expertos que les enseñaban a jugar. Eso era lo que querían. Lo esperaban todos los días cuando se levantaban, lo esperaban mientras iban a estudiar –si es que estudiaban– y cuando volvían a sus casas por las noches. Era muy difícil para ellos imaginar lo que representaba un fin de semana fuera de casa. Había quienes ya llevaban cuatro años en la fundación, desde que fue inaugurada. Para ellos tal vez era más sencillo. Pero había otros que habían entrado apenas hace unos meses.

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Falcao quería cumplir su sueño de ayudar. Quedaron, entonces, las cosas resueltas: empezarían con Altos de Cazucá, al sur de Bogotá. Los proyectos en Suba y en Usme llegaron después. A Altos de Cazucá no pudieron volver, por la violencia, pero hacen acompañamiento desde afuera.

¡Cómo les digo que no!

Cuando empezó todo, en 2009, dos señoras fueron las encargadas de buscarlos. A muchos les dijeron que ellas hacían parte de una fundación y les fueron mostrando cómo funcionaban las cosas: si entraban, además de jugar fútbol, iban a aprender sobre Jesús. Ellos, poco a poco, fueron aceptando. Los demás llegaron solos. Por el fútbol, por la religión, porque fue un amigo quien los llevó. Y también se fueron quedando.

«¿Dígame uno cómo les dice que no? –dice una de las funcionarias, Patricia Olaya, sentada en una de las bancas de la cafetería de la finca Tierra Alta–. ¿Cómo les decimos que no?». Lleva cuatro años trabajando en la Fundación, prácticamente desde sus inicios. Por aquellos días, Falcao estaba de vacaciones y se había sentado con ella y otras colaboradoras más, una tarde completa, a discutir cómo iban a organizarse. Ella tenía experiencia con el manejo de fundaciones; él quería cumplir su sueño de ayudar. Quedaron, entonces, las cosas resueltas: empezarían con Altos de Cazucá, al sur de Bogotá. Los proyectos en Suba y en Usme llegaron después. Falcao volvió a Argentina, a seguir jugando, y ella y las profes quedaron al frente. A Altos de Cazucá no pudieron volver, por la violencia, porque es complicado, pero hacen acompañamiento desde afuera.

Ahí, en esa cafetería, mientras desde la piscina llegaban los gritos de los niños, la profe Patricia empezó a contar todo lo que le había tocado ver. Con el barro hasta las rodillas, subió montañas medio destruidas para ver familias desintegradas. Un hogar abandonado por el padre. Una madre que vive con sus hijas y con otro señor. El señor que viola a una de las hijas y la hija que no puede decir nada. La mamá que prefiere creerle al señor y la hija que no puede decir nada. Ella veía, escuchaba, atendía, simulando fortaleza. Pero cuando bajaba la montaña, aún con el barro en las rodillas, no podía aguantar el llanto. Y lloraba. Muchas de las psicólogas infantiles que la acompañaron en esos procesos renunciaron, no quisieron seguir. No fueron capaces.

Y aun así, los procesos siguieron adelante. Esas niñas, si querían, entraban a la fundación. No importaba que no les gustara el fútbol. Y luego entraban sus amigas, sus amigos, sus vecinos, los que se iban antojando. Pasado un tiempo, fueron las madres las que empezaron a llegar. «Gracias, profe. Gracias. Mi niño ya no es grosero, mi niño ya me hace caso, mi niño ya tiene motivación». Y las propias madres comenzaron a hacer cosas, manualidades para vender, manualidades que les ayudaran con el hogar. Hoy la Fundación atiende entre 350 y 400 niños en las canchas de sus propios barrios, y asesora grupos de entre 15 y 30 madres en cada localidad.

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Hoy la Fundación atiende entre 350 y 400 niños en las canchas de sus propios barrios, y asesora grupos de entre 15 y 30 madres en cada localidad.

Lo que se promete se cumple

De repente fueron las cinco de la tarde. Era la hora del partido. Los ruidos en la piscina dejaron de escucharse; los muchachos debían estar ya cambiándose en sus cuartos. Habían pasado dos días en Chinauta, siguiendo los horarios que había establecido el lugar. Habían jugado fútbol, habían jugado rana, habían visto películas y habían orado antes de dormir. A las cinco de la tarde de ese día les habían prometido fútbol y lo que les prometían, se cumplía.

En la cancha solo estaban unos pocos, lo más rápidos para vestirse. Jugaban suave, con un balón. Algunos estiraban como les habían enseñado sus entrenadores. De repente, se escuchó un grito: «¡Permiso, que acá viene Falcao!». Ni siquiera levantaron la cabeza, para ellos ese grito era normal.

Y es que uno no puede más que imaginarse, en aquella finca donde todo parece limpio y en calma, cuál puede ser la realidad de ese muchacho que llegó corriendo a la cancha. Ese que desde mucho antes venía preparando su grito. Permiso para hacerse notar. Permisopara sobresalir. Y es que no conocemos su historia. No sabemos cuántos golpes de vida ha recibido; cuál será su casa, quiénes serán sus padres, sus vecinos, si come o no todos los días.

Lo podemos imaginar, sin embargo, sentado frente al televisor de cualquier cafetería. Los puños cerrados y el ceño fruncido, viendo correr a Falcao. Cada patada. Cada finta. Cada tiro al arco. De repente un gol, y otro, y otro. Y esa emoción que bulle por dentro, esa felicidad, ese grito que se estanca en la garganta. Y uno se imagina, no puede más que imaginarse que, después de tanto dolor, después de tanta miseria, el balón resulta ser la única salida a tanta desesperanza. Y uno se imagina, no puede más que imaginarse, esa sensación de triunfo, esa felicidad que crece con cada gol, ese sueño de lograrlo. ¡Permiso, que acá viene Falcao! El balón que pasa de un pie al otro, sin que nadie lo ataje, y gol. ¡Goool! El triunfo de ese domingo a las cinco y cinco de la tarde. El sol brillaba, anaranjado. Nada más parecido a la gloria.

 

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