El Dios del balón

Foto: AFP   Unos se encomiendan cuando marcan; otros para no perder. Rezan en grupo o en solitario; antes de pisar el césped o al ingresar a él. Todos buscan el toque del olimpo que defina su suerte en el campo de juego.
El Dios del balón

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Por: Ezequiel Fernández Moores, columnista del diario La Nación en Buenos Aires.

 

El padre Juan Gabriel Arias se encontró ante un verdadero dilema. Racing, su Racing del corazón, corría peligro de descender a Segunda. Era necesario pues buscar los siete gatos que, según decía la leyenda, hinchas de Independiente, clásico rival, habían enterrado en uno de los arcos del Cilindro de Avellaneda para maldecir a Racing. El «Tano» Scardillo, entonces miembro de La Guardia Imperial, la barra brava de Racing, había excavado sin éxito. Juan Gabriel era tan hincha de Racing como el «Tano», que perfumaba las banderas de Racing y que al año siguiente se encadenó en una puerta para evitar el remate de una sede del club. Juan Gabriel tenía tatuado a Jesús con los colores de Racing, los mismos que el manto de la Vírgen, decía. «El Diablo (rojo) no existe», se reía, en referencia a Independiente. En casamientos que celebraba entre hinchas del club, Juan Gabriel pedía «por Diego Milito, para que Dios lo ilumine de goles» y por «Racing campeón». «Te lo pedimos señor», respondían los fieles, todos de la Academia, por supuesto. Racing, efectivamente, salió campeón en 2001, con Gerardo Bedoya en sus filas. Al día siguiente, Juan Gabriel subió a la cúpula de la parroquia Inmaculada Concepción, la Redonda, en el elegante barrio de Belgrano, zona norte de Buenos Aires, y colgó una bandera de Racing, un gesto casi tan épico como el del «Tano» encadenado. Por el «Tano», Juan Gabriel llegó a caer preso. Tuvo que defender a su amigo en una pelea entre hinchas. Ya había caído preso en Perú, en un partido de 1997 por la Copa Libertadores. La revista Así lo describió a la vuelta como «El cura que es barrabrava de Racing». Escandalizados, sus superiores quisieron suspender su ordenación como sacerdote. Lo salvó Jorge Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires, hoy el papa Francisco, fanático también él de San Lorenzo de Almagro. 

Pero antes de la coronación de 2001, que rompió una racha de 35 años sin títulos, el «Tano» y otros muchachos, como decía al inicio de este artículo, estaban preocupados. Se sentían satisfechos con el «trabajo» de la bruja. Racing había cambiado derrotas por victorias. Y hasta se burlaban de su amigo cura diciéndole que lo sacarían de la parroquia para poner a la bruja. «Les está sacando la guita (dinero)», les respondía el sacerdote. El problema fue que la bruja, envalentonada, comenzó a exigir más dinero. Algunos hinchas fueron a ver a Juan Gabriel. El sacerdote, en realidad, asegura que no tuvo dilemas entre la fe católica y Racing. «¿A mí me pedís?», se enojó con sus amigos que iban por dinero. Sucede que en el fútbol argentino, la superstición suele ser más fuerte que la fe religiosa. Los propios jugadores de Colón de Santa Fe, nada menos, echaron en 2012 del Estadio Brigadier López a la Virgen de Nuestra Señora del Guadalupe, patrona de la ciudad, convencidos de que era la causa de la racha de derrotas. Soy hombre de Dios, no ando en esas porquerías», juró, Biblia en mano, el curandero Ángel Muga, acusado de haber destruído la imagen. El escándalo fue gigantesco. Y la Virgen (una nueva porque la original jamás apareció) volvió a su lugar. «Yo creo –me dijo una vez el padre Juan Gabriel- que al jugador le hace bien estar en paz con Dios no por una cuestión mágica, sino psicológica». 

Pero gana la magia. Una Virgen de Luján viajó siempre con la selección argentina campeona en México 86 y subcampeona en Italia 90, cuando a Diego Maradona le decían Dios, anotaba ante Inglaterra con «La Mano de Dios» y sus fieles formaban «La Iglesia Maradoniana». Además de contar con Maradona, Carlos Bilardo, D.T. de la Selección, decía que tenía «costumbres, no cábalas, porque después uno va a la iglesia», se atajaba. Antes de capa partido repetía saco, corbata, restaurante, menú, ubicación en el mismo micro, canción, duración del viaje, saludo y hasta periodista para la entrevista. Bilardo tembló antes de la final de México 86 cuando advirtió que, en lugar de las dos motos de siempre, había cuatro motos de policía escoltando el micro. Para el Mundial 1994 lo sucedió Alfio Basile. Fue peor. El «Coco» tembló también cuando alguien, en pleno viaje a Estados Unidos, escondió a la Virgen que acompañaba al plantel desde antes de México 86. No importó tanto la religión, sino la cábala. En 1990, Basile precisaba que Vélez Sarsfield saliera de una mala racha. Pidió a tres de sus jugadores, el «Pato» Fillol, el «Tigre» Gareca y el «Búfalo» Funes, que lo acompañaran a una bruja. Barrio oscuro y difícil. Casi medianoche. Escaleras crujientes. Velas en el piso. Cortinas de lona. Una persona disfrazada de monje. Funes acostado desnudo en una camilla, boca arriba. «Ba-ba-ba. Ba-ba-ba», bailan y cantan a su alrededor. En otra habitación, otras personas gritan dando vueltas en cuatro patas. Fillol y Gareca salieron corriendo. Basile detrás de ellos. El pobre Funes quedó solo. 

 

ESPAÑA FÚTBOL LIGA BBVA

EFE

El fútbol, se sabe, es una fábrica de ilusiones. Y sus protagonistas suelen aferrarse a lo que sea necesario para mantener esa ilusión. El religioso acaso más emblemático en el deporte no fue sin embargo un futbolista. Fue el atleta cristiano evangélico escocés Eric Liddell, que ganó en los Juegos Olímpicos de París 1924 sin renunciar a sus convicciones religiosas y que inspiró el filme Carrozas de fuego, ganador del Óscar en 1981. ¿Y cómo no recordar al gran Muhamad Alí cuando anunció su conversión al islam y fue despojado del título de los pesos pesados por negarse a combatir en Vietnam porque la guerra iba en contra de sus convicciones religiosas? Ganaron algo más que un trofeo. Y nadie se olvidó de ellos. El fútbol, eso sí, tiene las historias más coloridas. En Brasil, donde la influencia africana mezcla religiones con candomblé, macumba, pai y umbanda, y donde «todos tienen un Dios personal e intransferible», como escribió una vez Nelson Rodrigues, los jugadores de la selección del Mundial de Suecia 58 entraron en pánico cuando les avisaron antes de la final que no podían jugar de amarillo, sino que debían hacerlo con la camiseta azul, suplente, que tenía fama de mala suerte. Paulo Machado de Carvalho, jefe de la delegación, pensó en la Virgen patrona de los brasileños y, para reanimar a los jugadores, entró al vestuario gritando: «El azul es el color de Nuestra Señora. ¡El cielo nos está mandando un aviso!». Brasil venció 5-2 a Suecia. Fue su primer título mundial. Pelé, Garrincha, Didí, Vavá y Zagallo habrían ganado jugando de amarillo, de azul o con los colores del arco iris. Casi medio siglo después, jugadores de la selección brasileña hicieron un círculo y rezaron en medio del campo, una celebración evangélica para agradecer a Dios el triunfo en la Copa de las Confederaciones en Sudáfrica. «Decidieron reemplazar un credo por otro», me dice el siquiatra argentino Marcelo Halfon, que ha trabajado con equipos de fútbol.

La FIFA, se sabe, prohibió nuevas celebraciones como las que realizó Brasil en 2009 en Sudáfrica. Dijo que no debía haber confusión «entre deporte y religión» y prohibió «mensajes religiosos» en la vestimenta de los jugadores. No puede evitar, igualmente, que los jugadores sigan exteriorizando su fe. Lo hizo, por ejemplo, Radamel Falcao, cristiano evangélico, cuando celebró en Bucarest la conquista de la Europa League sin la camiseta del Atlético de Madrid, y sí con una blanca que decía «Believe and you will see the Glory of God» (Cree y verás la Gloria de Dios), una frase del Evangelio de San Juan. ¿Cómo prohibirlo si Radamel, igual que el brasileño Kaká, cree que debe su vida a Dios y su misión es «tratar de ser luz», dentro y fuera de la cancha? ¿Acaso debería prohibírsele entonces a Lionel Messi que eleve sus brazos al cielo luego de cada gol, en recuerdo a la abuela fallecida? Todos le agradecemos a esa abuela que haya ayudado para que disfrutemos de tanta belleza. La FIFA, hoy acaso más atrasada que el Vaticano en materia de cambios, lo que es mucho decir, suele tenerle miedo a todo lo que huela a competencia. Pero no es tonta. Autorizó inmediatamente a San Lorenzo de Almagro a vestir una camiseta especial, que homenajeara al nuevo papa Francisco, apenas después de la designación de Jorge Bergoglio en el Vaticano. 

Pocos saben que Joseph Ratzinger, el más severo papa alemán que precedió a Francisco, escribió palabras hermosas sobre el fútbol. «¿Dónde estará la fascinación por un juego que asume la misma importancia que el pan?», se preguntaba Benedicto XVI. Decía que la disciplina del entrenamiento permitía el máximo de la libertad, del gusto al juego, de la diversión y concluía afirmando entonces que «el fútbol es un pequeño anticipo al paraíso». Lejos de la iglesia que tomaba distancia del deporte porque exhibía cuerpos semidesnudos y era fiesta pagana. O de la iglesia que luego vio en el deporte una herramienta ideal para cansar cuerpos y disciplinar almas. Y de la que terminó condenándolo porque el deporte cambió a Dios por el dinero y el ídolo. Muchos creen que, en rigor, la FIFA es hoy el nuevo Vaticano. Los estadios de fútbol las nuevas catedrales. Los clubes de fútbol las nuevas congregaciones religiosas. Los goleadores los nuevos santos. Los hinchas los nuevos fieles. Y los periodistas los nuevos misioneros. El misterio de la vida, sucederá en pleno Mundial, será tema secundario comparado con el debut de nuestra selección en Brasil 2014. Y la TV nos trasmitirá los milagros en HD. «El fútbol -escribió el historiador británico Eric Hobsbawmes la religión laica del trabajador». Desfilará como nunca el mundo de ritos, símbolos y fe. Eso sí, pragmático como pocos, el fútbol quiere goles y triunfos. El que ayude a conseguirlos habrá ganado nuestro corazón. 

 

F.C.BARCELONA - VALENCIA

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