La madre que le dió un Dios

Carmenza Zárate, la mamá de Falcao, no solo acompañó a su hijo en su etapa de formación, sino que le inculcó el amor a Jesús y al culto evangélico que ha sido trascendental en su vida. Un relato inocente de su conversión.
La madre que le dió un Dios

Por: Adriana Marín, periodista de Cromos.

Falcao le leían historias antes de dormir. Desde antes de que pudiera hablar. A Falcao le contaban cuentos y le hablaban de héroes. Grandes héroes que caminaban por desiertos, que calmaban furiosos mares y lideraban multitudes. Gigantes. Eso eran para él cuando tenía dos años. Luego tuvo tres, luego seis, luego diez. Y seguían siendo héroes. 

A Falcao le leían historias antes de dormir. Se preparaba bien para escucharlas, no fuera que el sueño lo cogiera desprevenido. Con ayuda de su mamá, se lavaba bien los dientes, se ponía su pijama y se acostaba, emocionado, a esperar que ella fuera a buscar el libro. Había una vez, comenzaba, un hombre que vivía bien con su familia en una ciudad que se llamaba Ur… Falcao escuchaba las historias completas, casi sin parpadear, y las imágenes se iban quedando en su cabeza. Después se quedaba dormido mientras su mamá le acariciaba la cabeza y soñaba con la historia que le acababan de contar. 

–¿Abraham, era que se llamaba?– Le preguntaba a su mamá, al día siguiente a la hora del desayuno.

Ella le contestaba que sí, que así se llamaba, y le contaba otro poquito más, solo para dejarlo con curiosidad. Luego oraban juntos y ella ponía sus manos sobre la cabeza del niño. Él se iba al colegio, pensando en Abraham y en la voz y en la tierra que le habían prometido. 

Una celebridad anunciada Ya sabía ella que su hijo sería grande. Lo había dicho Radamel García, su marido, cuando Falcao intentaba patear sus primeros balones. «Tiene estilo –decía–, míralo cómo pone el cuerpo». Y ella lo veía y pensaba que sí, que sería futbolista, si quería, solo si quería. Porque había leído en las escrituras que su hijo sería «prosperado, enaltecido y exaltado» y ya había aprendido que Dios cumplía sus promesas. Pero tenía que ser su decisión. Tenía que formarse y crecer y madurar y escoger él mismo su camino. 

Ella nunca lo obligó a nada, pero tampoco lo dejó solo. Fueron fieles compañeros en la soledad, entre los partidos y las concentraciones de Radamel. Como gitanos recorrieron el mundo y como gitanos, detrás del padre, se adaptaron a todos los lugares por donde pasaban. Su vida itinerante era de ellos, de los dos, del fútbol y de Dios. Y mientras Radamel, el padre, se paraba en la defensa y no se movía de ahí, el pequeño se preguntaba por qué. ¿Por qué no hace goles mamá, por qué no hace goles? Ella intentaba explicarle que esa no era su labor, pero él no entendía y sentía que tenía que hacer algo. Entonces salía por toda la cuadra, cuando el sol comenzaba a bajar, con el balón en la mano. Así, de la misma manera que hoy lo coge para cobrar penales. «¡Amigos – gritaba–, salgan a jugar!». Y los niños salían detrás de él. Era él quien hacía los goles, los que no le veía hacer a su papá. 

Luego invitaba a sus amigos a su casa, les daba un vaso con agua y les pasaba una bolsa con pan. De ese que su mamá le compraba al muchacho de la bicicleta. Carmenza Zárate, detrás de la puerta de la cocina, veía su hijo a través de una lágrima tímida. ¡Qué orgullosa estaba de él! Tenía dos años y hacía goles, pero no se entregaba a la gloria. Hacía goles y hacía amigos sin distinción.  

Andar de gitanos Comenzaron entonces la travesía. Después de Santa Marta fue Bogotá, luego Ibagué, luego Bucaramanga y Medellín. Un año, más o menos, en cada lugar. Lo que duraba una temporada. A donde iban, primero estaba la iglesia. Alguien les recomendaba alguna y allá llegaban. Los dos juntos, inseparables. 

Las iglesias eran su soporte cada vez que se alejaban de Bogotá, la ciudad donde vivían sus abuelos, el lugar seguro para llegar. Cuando volvían, siempre de vacaciones, se quedaban uno, dos, tres meses. Era un descanso temporal a su vida itinerante. Y solo era que el timbre de la puerta sonara para que el abuelo corriera al patio de atrás y empezara a armar la leña para el sancocho. Ponía la olla y revolvía, paciente. Era para Falcao porque le gustaba; era para todos los demás porque servía como excusa para escucharlo hablar, para que contara de sus viajes, de sus entrenadores, de sus goles, de su balón. ¡Qué orgullosos estaban de su nieto! 

Pero que el balón se quede en las charlas, pensaba el abuelo, porque no aguantaba verlo correr con uno dentro de su casa. Para Falcao, sin embargo, eso no era posible. El fútbol era algo que lo superaba, que iba más allá de él y de las historias de obediencia que estaban en la Biblia, que ya había aprendido a leer. Sus primos llegaban y juntos esperaban a que el abuelo se quedara dormido, a media mañana o después del almuerzo, para correr al lote que había detrás de la casa. Ese que no tenía pasto ni pavimento, en el que la tierra estaba pura, así no más, para que la abuela pudiera mantener en alto sus palos de rosa. Y ellos, callados, intentando no gritar para no despertar al abuelo, rodaban un balón que levantaba polvo con cada giro. Un gol y otro y otro, ellos felices, y la tierra que saltaba, celebrando. Hasta que el balón volaba por encima de la reja y caía en el antejardín. «¡Mija, mire a ver quién está jugando por ahí!», era el grito del abuelo que se despertaba sobresaltado. «Algún vecino estaría jugado», pensaba. La gente que no respetaba.

Ese era el fin del juego. Los niños entraban a la casa llenos de tierra, como si se hubieran levantado de entre los muertos. Ni un sonido. La abuela, cómplice, intentaba cambiarlos de ropa, antes de que el abuelo los viera, antes de que llegaran sus madres a recogerlos. Y si alguno se había hecho daño con los palos de rosa, tapaba los rasguños con maquillaje, de afán, como si ella misma estuviera expiando su pecado. A la hora de la comida, nada había pasado. La abuela servía la mesa y los nietos sonreían, con sonrisas inventadas. Qué juiciosos que eran. El abuelo y las madres eran los engañados, o eso creían ellos. Pero ellos se daban cuenta. Claro que se daban cuenta. 

No duraban para siempre las vacaciones y los gitanos debían salir con sus maletas para donde el fútbol los llevara. Esta vez los llevó a Venezuela. A Puerto Ordaz, una ciudad de hidroeléctricos y mineros, de playas, de barcos y un solo estadio: el estadio Cachamay. Ahí jugó Radamel García, el padre, en el medio campo, sin hacer goles aún. Radamel Falcao, el hijo, ya un poco más grande, entendía de a poco su posición y tenía claro, también, que esa no sería la suya. Él quería ser un delantero. Su mamá ya lo sabía, lo había visto venir. En Puerto Ordaz, en Maturín y en Mérida, todas ciudades venezolanas, jugó siempre en el equipo infantil del equipo donde jugaba su padre. Jugó bien, cada vez mejor. Iba a ser un goleador. 

Nunca dijo que no. Ni por cansancio, ni por enfermedad. Ni porque era niño y quería hacer otra cosa. No. Estaba convencido de que el fútbol era su vida, era eso lo que quería hacer. Y su mamá solo lo seguía, en la lluvia, en el calor de Venezuela, con los dolores de los embarazos de sus hermanas que vinieron después. Su papá lo entrenaba, a veces dentro de las canchas –cuando tuvo que dirigir el equipo de niños donde jugaba– y siempre fuera de ellas. Antes de cada partido, después de haber jugado, en tardes enteras que pasaban en la casa. Que cuidado con el cuerpo, que atención con el pie, que se parara en el segundo palo en los tiros de esquina. Y ella, la madre, le repetía: «Falcaito, por favor, en el segundo palo, en el segundo palo», con la angustia de que lo regañara su papá. Él era el técnico, el exigente; ella iba detrás, haciendo lo contrario. Su rol era consentir. El baño, la ropa, el uniforme. Un proyecto, un libro, un trabajo. Estaba ahí en las gradas de todos los entrenamientos, como fuera, donde fuera, entregada.

 

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Archivo particular «Falcaito, por favor, en el segundo palo, en el segundo palo», con la angustia de que lo regañara su papá. Él era el técnico, el exigente; ella iba detrás, haciendo lo contrario. Su rol era consentir. 

 

Una vida en Dios «¿Vamos para el circo mamá?», preguntó Falcao cuando se dirigían a la iglesia de Santo Ordaz, en Venezuela. «Vamos para la iglesia, mi amor», le contestó ella. «No, mamá, vamos para el circo, vamos para el circo», repetía él. A sus cinco años, aún no podía concebir que, después de venir de una iglesia grande y sólida, su nuevo lugar de oración fuera una carpa amarilla. Ahí también estaba Dios, su Dios, como en todas las otras iglesias que había conocido. El mismo Dios que los acompañó en Maturín, en Mérida y de regreso a Bogotá. El mismo Dios que lo acompañó en sus viajes de gitanos, desde los dos años hasta los diez. 

Ahora estaba de vuelta, definitivamente. En Barrancas, su barrio, su mundo, su punto central. Y el regreso estuvo sujeto a tres lugares: una iglesia, Casa sobre la Roca; un colegio, Nuevo Gimnasio Cristiano, y una escuela de fútbol, Fair Play. Todo estructurado alrededor de principios cristianos. Su mamá seguía estando ahí, siempre presente, pero ahora los amigos también eran importantes. Falcao salía de su casa muy temprano, iba al colegio, iba a la escuela de fútbol y volvía por la noche, a dormir. Oraba por la mañana, antes de empezar las clases, antes de almorzar y antes de empezar a jugar fútbol. Oraba los viernes, en Timoteos, un grupo de oración de jóvenes al que asistía, y oraba con sus amigos cada vez que alguno tenía un problema. Orar no era una obligación para ellos. Era un estilo de vida.   

Falcao podía ir a comer con sus amigos, pero tenía que llegar temprano. Esa era la única exigencia que le hacía su mamá. Se ganó la fama de brava por eso, por ser tan exigente, tan rigurosa. Las cosas para ella eran como debían ser. Sus amigos le tenían miedo. Falcao, sin embargo, nunca le desobedeció, nunca fue rebelde. No se puede hablar de su primera borrachera, porque no la tuvo, no se puede contar la primera vez que fumó, porque nunca lo hizo. No tuvo infancia y no tuvo adolescencia. Pero tuvo fútbol y tuvo amor. 

La primera vez que se enamoró fue de una niña del colegio, de esos amores que no se olvidan. Pero ella se fue para Estados Unidos y él se fue para Buenos Aires y no hubo nada que hacer. Se le rompió el corazón, por supuesto.El dolor tenía que llegar en algún momento. Su vida, aunque de futbolista, era vida al fin y al cabo, pero el futbol siempre podía más. Se fue para Buenos Aires a jugar en las inferiores de River Plate. Aún no había cumplido los 15 años. 

Un extranjero Su mamá había dicho que no, que no se lo llevaran, que todavía estaba muy pequeño, que todavía no se había terminado de criar. Había salido cerrando la puerta de la sala donde se habían reunido los elegantes señores a definir el futuro de su hijo. Ella había dicho que no y no quiso saber más. Fue Falcao quien llegó a las dos horas a pedirle, a rogarle casi, que lo dejara ir. Y ella ante esa determinación y esos ojos implorantes, no pudo hacer nada. A él no pudo decirle que no. Y se fue, y ella lo lloró y lo lloraron sus hermanas y lo lloró una niña, en algún lugar de Norteamérica, y lo lloraron su amigos, que no pudieron hacer nada más que orar por él. 

Lloró él, también, pero estaba decidido. Ya era el delantero que siempre había querido ser. En uno de esos partidos, después de un gol, se levantó la camiseta para celebrar. Debajo de ella, había otra, en la que se leía, escrito en el pecho: «Jesús es el Señor». La foto salió en el periódico y el periódico rodó por todo Buenos Aires. Falcao se fue haciendo famoso en la esquinas, en los buses, en los asientos de las cafeterías. Hasta que un día cualquiera llegó un hombre a su pensión. Falcao no estaba esperando a nadie. «Buenas tardes –saludó–, mi nombre es Jorge Ramos y soy cristiano». Por el diario había conocido las inclinaciones espirituales de Falcao y venía para presentarle la iglesia Rey Jesús, en Palermo, y a su pastor, Víctor Duré. Falcao, sin conocer a nadie todavía en esa ciudad que parecía un monstruo, aceptó ir a mirar. Desde ese día no faltó al culto de cada domingo, y tampoco faltó los lunes a la reunión que hacía el pastor con los futbolistas. Ramos nunca lo abandonó, fue su madre mientras ella o estuvo. Se convirtió en su guía y su tutor. Se aseguró de que estuviera bien, de que fuera a la iglesia, de que tuviera para el bus. 

De tantos ires y venires en el mundo religioso, los domingos en la iglesia, los lunes en reuniones, Falcao tomó la decisión de bautizarse. Lo hizo ya grande, como Juan el Bautista lo había hecho en un río alguna vez. Así lo contaban las historias que su madre le leía antes de dormir. Se bautizó y profesó su fe en voz alta frente a un auditorio de miles de personas. Habló sobre sus razones, contó un poco sobre cómo se había arrepentido de sus pecados, y los que lo escucharon quedaron impresionados. Se dieron cuenta de que, además de futbolista, también podía ser pastor. 

Qué pensaría su madre, qué orgullo, qué felicidad. Ella también quiso acompañarlo. Se fue de Bogotá con sus hermanitas que, después de haberlo llorado tanto y después de haberse emocionado con sus goles frente al televisor, querían volver a vivir con él. Pero ahora los papeles se habían invertido. Él ya tenía la casa organizada, las camas listas, el colegio de las niñas escogido y la iglesia preparada. Desde antes de llegar, Falcao ya las estaba cuidando.  

 

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Arhivo particular Radamel Falcao y su mamá eran inseparables. Desde que él era muy niño, ella entendió cuál era su vocación y dedicó su vida a acompañarlo: lo apoyaba con las tareas, lo llevaba a los entrenamientos y le inculcó la religión. 

 

Y las cuidó hasta que se casó y se fue de Buenos Aires. De Argentina pasó a Portugal, de Portugal pasó a España y de España pasó a Mónaco. El fútbol lo llevaba ahora por el mundo. Y en cada lugar, como hacía de pequeño, buscaba una iglesia. Ya no con su mamá, su inseparable por tantos años, ya no de su mano, preguntando si era la de Abraham la historia que habían leído la noche anterior. Llegaba con su esposa, Lorelei Tarón, cinco minutos después de que empezara el culto, y se iba cinco minutos después, prudente, para no llamar la atención.  

Ahora a Falcao le corresponde leer las historias y contar los cuentos. Será, seguramente, el héroe de su hija Dominique, será quien la lleve de la mano a la iglesia cuando aprenda a caminar. Será gitano un tiempo más, pues esa fue la profesión que eligió, la que siempre llevó consigo. Será gitana Lorelei, será gitana Dominique, serán gitanos los hermanos que tenga Dominique.

Su madre, su inseparable, ya no. Ella ora por él desde Bogotá, donde vela por las hermanitas de Falcao tal y como ella veló por él. Ve a su hijo en televisión, disfruta sus goles y sus entrevistas, y su corazón se acelera, la voz se le entrecorta. Ella lo supo, desde un principio. Sería prosperado, sería exaltado, sería puesto muy en alto. Dios no incumplió su promesa.

 

 

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