La raza de los nueve

Son obstinados, egoístas y hasta irresponsables, pero saben oler el gol a kilómetros y cargan con la llave del portón de la gloria.
La raza de los nueve

araujo

Por: Fernando Araújo, editor cultural de El Espectador

 

Alguna vez Radamel Falcao García dijo que su ídolo de infancia era Ronaldo Nazario de Lima. Que por él, gracias a él, decidió jugar de «nueve». Ronaldo era grande, algo pesado, y tenía un andar algo cansino que distraía a los rivales. Sin embargo, con la pelota en los pies era indescifrable para ellos. Gambeteaba en corto y en largo, proponía paredes en espacios mínimos, y dentro del área sacaba remates inimaginables que solían terminar en la red. Fue el máximo goleador de las Copas del mundo, con 15 tantos, y en su larga carrera por Sao Cristovao, Corinthians, PSV Eindhoven, Barcelona, Inter, Real Madrid y Milan, anotó 319 goles en 476 partidos. En los mano a mano con los arqueros contrarios era poco menos que infalible y tenía la maravillosa virtud de anticiparse una milésima de segundo a las jugadas que para el resto de los mortales debían terminar de otro modo. 

 

CORINTHIANS VS CERRO PORTEÑOEFE

 

Ronaldo le cambiaba el rumbo al fútbol. Se lo cambió, aunque la posteridad aún no lo haya reconocido por esa cercanía en el tiempo que lo ha hecho parecer un simple vecino. Dos veces fue campeón del mundo, y obtuvo 22 títulos en Europa y Brasil. Fue determinante para que el «Scratch» obtuviera el campeonato del 2002 batiendo en la final a Oliver Kahn, de Alemania, con un toque de último momento y un disparo esquinado. La historia, sin embargo, no le ha reconocido su grandeza, ese lugar entre los más grandes de todos los tiempos que labró gol a gol, toque a toque, y movimiento tras movimiento, porque Ronaldo Nazario lo sabía todo dentro de una cancha de fútbol, pero esencialmente, sabía moverse. Y con sus movimientos engañaba, y con sus engaños, cobraba, ganaba, trituraba. Ya en sus últimos años jugó en El Campín de Bogotá con el Corinthians, ante el Medellín, un partido de Copa Libertadores. 

Se le veía más pesado que nunca, más lento, casi apático. Igual, aquella tarde se las ingenió para buscar los espacios que requería, más allá de que la pelota no le llegara. Cuando salió, el estadio todo se levantó para rendirle un emotivo homenaje. Él levantó las manos, solo eso. Ya tenía clara la decisión de su retiro, que anunció pocos días más tarde. Radamel Falcao García supo la noticia cuando todavía jugaba con River Plate, el nueve en la espalda y las mismas ansias de siempre por anotar, por marcar diferencias. La misma obstinación de su ídolo por ir a buscar la pelota imposible, por imaginar la posibilidad de que tras un rebote el balón le llegara a él. En eso se parecieron siempre Ronaldo y Falcao García. Uno era inmenso y aparentemente despacioso; el otro, delgado y rápido. Uno podía defender la pelota entre tres contrincantes porque sabía utilizar su cuerpo. El otro, por su agilidad, por su velocidad para reaccionar en espacios mínimos, aprendió a llegar una milésima de segundo antes que la pierna rival. 

Los dos fueron, desde adolescentes, conscientes de sus carencias y sus virtudes, y desarrollaron sus maneras de jugar de acuerdo con esas debilidades y fortalezas. «Falcao me recuerda a Ronaldo», dijo hace un año Cafú. Los dos, también, se propusieron desde entonces alcanzar la gloria. Ser parte de esa raza de futbolistas distinta que puede pasar del cielo al infierno en una sola jugada por un gol que anotaron o por una opción que desperdiciaron. Famosos, exóticos, individualistas y obsesivos, decidieron portar la llave de la victoria. Alguien se las dio, se la robaron, la tomaron prestada, la compraron, la heredaron o se la raparon a algún desprevenido transeúnte. Por ella le vendieron el alma al diablo, un diablo que bien podía ser fama o dinero, millones de dólares, inmortalidad o euforia; un diablo que a veces era dios y hacía que la pelota que ellos habían tocado entrara en el arco enemigo sobre el minuto 90 de una final, y a veces era diablo, y los tentaba, y luego, en un instante, soplaba y el balón se ba contra un palo.

Dijeron y repitieron que alguien les había tatuado un arco en la frente, o entre ceja y ceja, pero la verdad fue que les tatuaron la palabra gloria en el alma. Por un pedazo de gloria le negaron una opción de gol decisivo a sus compañeros, no hicieron el pase que debían porque necesitaban definir la situación ellos, y solo ellos. Por un pedazo de gloria se enfrentaron a cinco o seis defensores dispuestos a romperles la pierna, por un pedazo de gloria se aferraron a la pelota siempre, sin intuir siquiera que errar un penalti, por ejemplo, podía ser su condena, su eterna condena. Vanidad, por tu culpa he perdido, como cantaba Yaco Monti en la década del setenta. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, como estaba escrito en el Eclesiastés. 

 

FBL-FRA-LIGUE1-BORDEAUX-MONACO

 

«Los centro delanteros siempre fueron diferentes. Egoístas, irresponsables, locos. Se les puede reconocer entre millares de personas, pues siempre van a hacerse notar». Jorge Bermúdez los definía así tiempo atrás y recordaba el día en que conoció a Martín Palermo, con su pelo platinado y su andar de western. «Solo con verlo uno sabía que era “nueve”». Palermo erró tres penaltis contra Colombia en una Copa América, hizo goles de chilena y con la pierna rota, de taco y con el alma en vilo en Boca Juniors, Estudiantes de la Plata y la selección de Argentina. Siempre buscó y casi siempre encontró. Su película estuvo repleta de milagros. Un gol suyo bajo la lluvia, y en fuera de lugar, clasificó a la Argentina a la Copa del Mundo de Sudáfrica. Otros dos le dieron a Boca Juniors la Copa Mundial de clubes ante el Real Madrid. La cuenta se hizo casi infinita. 

Cuatro años atrás, Martín Caparrós escribió que su carrera tenía mayor mérito que la de Lionel Messi, pues Palermo no tenía ninguna facilidad, era duro, una especie de robot, y tuvo que aprender en interminables sesiones de práctica. Lo bautizó «el optimista del gol», pues creía que cualquier situación podía derivar en una oportunidad, como Falcao García, como Ronaldo. Palermo era y fue gol. Formó parte de esa raza distinta de futbolistas que viven entre el cielo y el infierno. Algunos de ellos habrían sacrificado la vida de un contrincante con tal de anotar: «si intentas interponerte, te arranco la cabeza ». Otros llegaron hasta el soborno: «si te lanzas un segundo tarde, arquero, repartimos el premio».

Cuenta la leyenda que por allá en los años treinta del siglo XX, el brasileño Leónidas les daba unos cuantos billetes a sus compañeros de equipo si le colaboraran para que hiciera goles. Los hizo, por cientos, comenzando por uno sin zapatos en el Mundial del 38. La gran mayoría estuvo marcada por sus infalibles aptitudes, pero también anotó muchos goles gracias a sus prebendas. Leónidas vivía de anotar goles. Era su profesión. Los hacía como fuera y contra el que fuera. Con la camiseta de Brasil, con las de Botafogo o Peñarol o la de Sao Paulo. Anotaba con una pierna, con la otra, con el muslo, de taco o de chilena, como uno que le marcó a Polonia en la Copa del Mundo del 38 y fue anulado, pues el árbitro no sabía que ese tipo de jugadas estaba permitido. 

A su gente poco le importaba si sacaba de la galera un conejo en la mitad de la cancha, si robaba balones, si defendía o marcaba. Si les pagaba a sus compañeros o a los contrarios o si se tomaba un par de tragos antes de los partidos. Él hacía y tenía que hacer goles, y la posteridad, los registros, dirían que su cuadro ganó con dos tantos suyos, punto. Los goles eran su sello y su firma, como los de tantos otros que el fútbol vio crecer, explotar y retirarse. Guillermo Stábile, Sandor Kocsis, Alcides Gigghia en la primera mitad del siglo XX, y después, entrados los años sesenta, Uwee Seeler, Luis Artime, Eusebio, Ángel Labruna, Alain Ball. Fuertes, grandotes, lentos, despiadados, suicidas y vanidosos, reventaban arcos y se iban a celebrar adonde estuvieran los fotógrafos para salir al día siguiente en los diarios. 

En 1970 surgió para el mundo el ícono de la especie, Gerhard Müller. Jugaba con el 13, pues, decía, no creía en supersticiones. Era pesado, lento, poco dúctil. Un barril. Sin embargo, hacía goles con la espalda, con los tobillos, con los pies y con la nuca, desde el suelo y en el aire. Fue el máximo anotador en la Copa del 70 (10 goles) y el hombre que definió la final del Mundial 74 a favor de Alemania, pero le daban la pelota y la devolvía desportillada. Pocos tan negados como él, ninguno tan goleador, porque sabía moverse sin el balón. Leía con antelación hacia dónde podía llegar la pelota. Conocía los tiempos del fútbol, las pausas y sus dinámicas, y ante todo, creía. Era obstinado. Iba a cada posible rebote. Confiaba en sus compañeros y dudaba de sus rivales. Chocaba y se levantaba hasta que encontraba una pelota perdida en la mitad de la nada y la embocaba. Entonces salía a correr como un poseído, los brazos estirados hacia atrás y la boca, mitad sonrisa, mitad rabia. 

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Gerd Müller se consagró en el Mundial del 74, en Alemania. Fue el mayor goleador de los mundiales, con 14 tantos, hasta que Ronaldo lo desplazó.

 

El adiós de Muller, en 1981, fue el hola para Paolo Rossi, Gary Lineker, Hugo Sánchez, Gabriel Batistuta, Hristo Stoichkov, Ronaldo Nazario de Lima, Miroslav Klose y Zlatan Ibrahimovic. Uno estuvo envuelto en líos de apuestas clandestinas (Rossi). Otro dejó para la posteridad una frase: «El fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania » (Lineker). Uno más se enfrentó a zares y emperadores (Stoichkov), y algunos parecían salidos del estilista antes de cada partido (Ronaldo, Batistuta o Klose). El último de la raza, Ibrahimovic, publicó sus memorias dos años atrás, Yo soy Zlatan Ibrahimovic. Dijo que su declive en el Barcelona se había iniciado en el 2010, cuando Josep Guardiola decidió poner de «nueve» a Lionel Messi y postergarlo a él.  

Los dos, Messi e Ibrahimovic, uno en la cancha y el otro fuera de ella, se han convertido de un tiempo para acá en los referentes ideales de la «raza nueve». Caprichosos, egoístas, impredecibles e incluso irresponsables, tienen las llaves del portón de la gloria. Cargan con el peso de la historia, pues de ellos dependen las victorias. Cuando caen en un marasmo de esterilidad, el mundo los extraña. Luego, porque sí, sin motivos, sin razones, vuelven a la senda del gol. Ni ellos ni Cristiano Ronaldo ni Carlos Tévez ni Radamel Falcao García son excepciones a la norma. Surgen cuando menos lo espera el rival, tras varios minutos e interminables toques intrascendentes. Entonces la tocan, es gol, y salen a correr hacia las cámaras, siempre hacia las cámaras. 

 

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