Radamel por Radamel

El papá de Falcao cuenta en primera persona cómo es la relación con su hijo y cuáles fueron las cualidades que lo llevaron a conseguir sus metas.
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RADAMEL GARCIA

Por: Radamel García, papá de Falcao, ex jugador de fútbol en Colombia y Venezuela.

 

Falcao se adelanta al balón. Antes de que lo pateen, él ya está corriendo. Todavía no sabe para dónde, pero avanza en pique. Por eso siempre le repito el mismo consejo: que no se afane, que espere, que tenga paciencia para ser más asertivo. Él escucha atento y entiende. Y en el siguiente partido parece que hiciera los goles más fácilmente. Pero luego olvida y le vuelve eso de andar con prisa. No por terquedad, sino porque así es él: quiere ir un paso más allá, no está dispuesto a darle tiempo al tiempo ni que la vida le coja ventaja. Cuando de niño lo llevaba a mis entrenamientos, en el medio tiempo siempre entraba a la cancha y me decía: «Papi, ataca para que hagas gol». Cuando tenía apenas 14 años, y sus compañeros pensaban en salir a divertirse o tal vez en entrenar en clubes bogotanos, él decidió viajar 4600 kilómetros para aprender de los mejores en Argentina. Falcao nació para avanzar, para correr, para escalar.

 

Que mi hijo llegara a ser futbolista, delantero y goleador era mi sueño, y todo se dio como yo quería. Algo nos unió desde el principio. Apenas nació, giró su cabeza y buscó mi voz.

Esa imagen siempre la llevo conmigo. Ver que un niño recién nacido te reconoce y que intenta perseguirte con la mirada, te impresiona, te cambia. Especialmente cuando lo has estado esperando. Yo lo esperaba y él me llevaba en su sangre. Desde que era un bebé le pusimos guayos y cuando empezó a caminar ya andaba con un balón de un lado para otro. Éramos muy apegados, él se sentía muy seguro a mi lado y yo quería llevarlo conmigo a donde iba, así que su interés por el fútbol solo fue creciendo con los años: me veía en la cancha y cada vez que podía se metía y tenía la posibilidad de hacerles pases a jugadores profesionales. Su vida, como la mía, era el fútbol. Heredó mi pasión y la fue alimentando.

Pero una cosa era que disfrutara el fútbol y otra que fuera bueno. No todos los hijos de deportistas terminan siguiendo los pasos de sus padres. Aunque los admiren, pueden nacer con dos pies izquierdos, con un corazón débil o con pulmones flojos. Pero yo veía que Falcao tenía madera y lo confirmé en un evento en el que Potasio, un amigo que es entrenador de microfútbol, me dijo:

«Mira cómo tu hijo sube y baja las escaleras. Lo hace con una facilidad impresionante, es muy coordinado, tiene unas cualidades magníficas para practicar cualquier deporte ». Y tenía razón.

Falcao tenía talento, pero nunca se confió. Se preocupó por cultivarlo. En Santa Marta, en Venezuela, en Bogotá. Yo lo entrenaba desde chiquito, cada vez que lo llevaba al parque después de llegar de trabajar, y me tenía dos o tres horas todos los días. Pero el momento clave de ese proceso –y el más difícil para mí– fue cuando se montó en un avión a Buenos Aires. Antes de que se subiera yo le dije que tenía que estar seguro, que se iba lejos, que estaría a seis horas por aire y a quince por tierra, que si se regresaba quedaría en ridículo. Le hablé con severidad, pero con el alma arrugada. Él, sin dudarlo, aseguró: «Esto es lo que yo quiero». Y yo me quedé, insomne durante tres años. Fue terrible dejarlo ir. Noche tras noche me despertaba a las dos de la mañana. Mirando al techo me preguntaba si todo andaría bien en Argentina, si Falcao estaría pasando trabajos o hambre. Porque él llegó a una casa de familia y no le pagaban un peso, así que eran inciertas las condiciones en las que se encontraba. Pero él nunca llamó a pedir auxilio, ni pensó en devolverse. Andaba como pez en el agua y esa experiencia le cambió la vida.

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Archivo particular

 

En Buenos Aires, Falcao adquirió las costumbres de los argentinos y su forma de pensar. Ellos son triunfalistas, no se dan por vencidos, y asumir de esa manera el deporte –adicionalmente a todo el aprendizaje técnico– le dio herramientas para luchar y llegar a Europa.

Pero claro, no todo fue por los argentinos ni por su talento. Tampoco por esa férrea disciplina que heredó de mí –un costeño que no bailó un carnaval ni una fiesta de mar por pensar en fútbol–, ni por la compañía permanente de ese Dios que le presentó su madre y que no lo desampara. Más que por cualquiera de estas razones, Falcao ha avanzado a la cima por ser un buen ser humano, un buen amigo, un buen adversario y un buen hijo. Es respetuoso y generoso, tiene mucha paciencia y nunca deja de ser amable, se preocupa por mejorar cada día, no le gusta meterse en líos ni decir que no, siempre está dispuesto a ayudar y a compartir la alegría de sus triunfos. Él es especial; su nobleza, su ángel y su carisma le han allanado el camino y le han abierto una puerta detrás de otra. Se merece todo lo que la vida le ha dado.

Por eso, si solo me quedara un consejo para darle, no escogería repetirle que deje de adelantarse al balón. Ni le diría que corra de otra forma o que espere. No. Le recomendaría que nunca abandone su esencia, que no deje de ser la persona que ha sido, ni que aparente ser algo que no es. Y le pediría que no olvide de dónde viene, que a pesar de la fama y el dinero, mantenga su humildad y recuerde sus orígenes. Es gracias a su forma de ser que ha llegado lejos y que me ha dado la tranquilidad de volver a ver los partidos en los que él juega sin destrozarme las uñas. Yo antes sufría mucho, cada partido de Falcao parecía imposible. Quería que su equipo ganara, hiciera goles, jugara bien, así que me estresaba mucho.

Ahora que ha alcanzado tanto, disfruto más y me preocupo menos. Ahora confío en mis intuiciones sobre él y sé que, si se mantiene fiel a sí mismo, seguirá sumando triunfos. Poco me importa que se demore en responder mis mensajes y que lo haga con pocas palabras. Me interesa que esté presente en nuestras vidas cuando es clave que esté. Me interesa que otros confíen como yo en sus capacidades. Me interesa que sea feliz, que siga alcanzando metas y que esté tranquilo, pero no solo por razones altruistas: su tranquilidad es la mía, su tranquilidad me permite disfrutar el fútbol sin angustia. Ser egoísta es uno de los vicios que me permito, esa es la ventaja de ser su papá, de quererlo tanto, de que se haya convertido en mi sueño hecho realidad.

 

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Foto: David Micolta

El padre de Falcao tiene una escuela de fútbol en la que entrena a centenares de niños y jóvenes que quisieran seguir los pasos del «Tigre». García les inculca valores que para él son claves, como la disciplina y la humildad.