El actor Harvey Keitel supo de Colombia por Robert de Niro

El célebre actor neoyorquino, invitado de honor del  53° Festival Internacional de Cine de Cartagena, habló con CROMOS sobre sus triunfos, pero también sobre los altibajos que estuvieron a punto de terminar con su carrera.  
El actor Harvey Keitel supo de Colombia por Robert de Niro

La escena es memorable, incluso para quienes no son muy fanáticos de Pulp Fiction: los matones Vincent y Jules, interpretados por John Travolta y Samuel L. Jackson, respectivamente, han cometido un error grave: han asesinado a un hombre por accidente y el carro en el que se transportaban ha quedado salpicado de sesos y sangre. Ante semejantes circunstancias no tienen más remedio que llamar al “Lobo”, un limpiador capaz de desaparecer cualquier cosa que estorbe –huellas y cadáveres, por ejemplo–, un hombre con una reputación gélida que los hace sudar de los nervios. Y entonces llega el “Lobo”, un hombre sofisticado con una personalidad hierática que corrige las contingencias y luego se marcha.

El limpiador es nadie menos que Harvey Keitel, y su aparición no dura más de diez minutos. Sin embargo, esos diez minutos son suficientes para dejar su huella en la película. Y no solo en la película, sino en la leyenda en la que se convirtió Pulp Fiction a partir de su estreno en 1994. Si su director, Quentin Tarantino, fiel a su estilo, buscaba en el “Lobo” el balance perfecto entre lo siniestro y lo cómico, Keitel lo consiguió con creces. ¿Cómo lo hizo?

“El personaje lo creamos entre Quentin y yo, y exigía cierta sofisticación que yo debía tener muy presente –le dice Keitel a CROMOS al otro lado de la línea, días antes de aterrizar en Cartagena como invitado especial del Festival Internacional de Cine–. Esta sofisticación creo que ayudó a resaltar lo absurdo de la escena. La alquimia que surge entre los actores luego de estudiar cada uno sus personajes, siempre es un misterio. El humor que el espectador percibe es el mismo que yo noté cuando estábamos haciendo la escena”.

Esa sofisticada rudeza, esa amenazante simpatía que el espectador nunca puede descifrar del todo, ha sido el sello de Harvey Keitel en algunas de sus más famosas películas: Reservoir Dogs, Pulp Fiction, Taxi Driver… Pero no siempre fue así. De hecho, se estrenó en 1967 en el papel de un romántico irredento y depresivo. La película se llamaba ¿Quién llama a mi puerta? y, curiosamente, también marcó el estreno de Martin Scorsese como director de largometrajes. Keitel contaba entonces con 28 años; Scorsese, con 25. Nadie tenía por qué presentir que ambos conformarían una dupla de lujo. “Marti y yo tenemos mucho en común, los dos tenemos un origen similar. Él es italiano, yo soy judío, pero igual nuestros orígenes están relacionados: yo soy de Brooklyn y él del suroccidente de Manhattan. La primera vez que nos vimos hubo una atracción especial, reconocimos algo del  uno en el otro, y nos llevó a trabajar en varias películas. Después tomamos caminos diferentes”.

Con Keitel como su hombre de confianza, Scorsese filmó Mean Streets (1973) y Taxi Driver (1976), y una década más tarde La última tentación de Cristo (1988).Gracias a Scorsese, Keitel conoció a Robert de Niro, quien se iría a convertir en uno de sus mejores amigos y quien, curiosamente, le presentaría a Colombia. “Yo no sabía del país hasta que él, que filmó allá La Misión, me mostró las fotos. Desde entonces había querido conocer Cartagena. Me encanta la idea de ir a una ciudad de arquitectura colonial y pasear por las calles antiguas”.

Por esas afortunadas coincidencias cinematográficas, Keitel también inició a otros dos renombrados directores modernos: Ridley Scott, con quien filmó Los duelistas; y Tarantino, a quien acompañó en su opera prima, Reservoir Dogs. Sin embargo, entre ambas películas, Keitel debió experimentar en carne propia las arenas movedizas de Hollywood. Después de unos pródigos y esperanzadores años setenta, vivió unos oscurísimos años ochenta llenos de altibajos que, incluso, hicieron circular los rumores que pensaba en el retiro. Dicen que todo se debió a no haberse podido quedar con el papel principal de Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, en 1979. “En el flujo de la vida todos andamos en esas aguas. Los altibajos, los laterales, estar adentro y quedarse afuera, todos tenemos esas experiencias. Es la única forma de evolucionar”.

Y vaya que evolucionó. La década de los noventa fue la más generosa en reconocimiento, no solo por el trabajo conjunto con Tarantino, que disparó de nuevo su carrera, sino porque obtuvo su única nominación al Oscar, por Bugsy, de Barry Levinson, la película que interpretó al lado de Warren Beatty y le valió una candidatura a mejor actor de reparto.

El otro monumento fue El piano, que narra el amor entre una especie de buen salvaje y una pianista muda en las costas agrestes de Nueva Zelanda. Acostumbrado a ejercer personajes ásperos y temerarios, en esta película dejó desnudar, sin embargo, una sorprendente sensibilidad detrás de una máscara de dureza. Quizás esa sea su verdadera personalidad en la vida real. “¿Está asumiendo que yo soy un hombre intimidante y frío? –se ríe–. Estoy seguro de que si tuviéramos la oportunidad de sentarnos a tomarnos un trago, descubriríamos que lo que usted y yo vivimos de niños fue parecido. Estar enojado, triste o feliz es parte del ser humano”.

A sus 71 años, Keitel puede vanagloriarse de su carrera. Tanto en el cine como en el teatro lo ha arriesgado todo y ha sobrevivido. Ha experimentado el éxito, pero también el fracaso. Ha sido reconocido e ignorado, pero ha vivido para ser recordado en una industria con demasiada poca memoria. Ha encontrado la fluidez que buscaba desde el comienzo y que ya no le quita nadie. “Yo lo acepto todo, puede que no todo me guste, pero lo acepto y digo: Esta es mi vida hermosa”.