¿Qué fue primero en Gabo: la literatura o el periodismo?

Su vocación fue la literatura, pero se entrenó para ella en el periodismo. Y triunfó en ambos.
¿Qué fue primero en Gabo: la literatura o el periodismo?

Sucedió a mediados de la década del cuarenta, cuando estudiaba Derecho en la Universidad Nacional, en Bogotá. Los profesores pronunciaban su nombre en el momento de llamar a lista. Y lo que contestaba era el silencio. García Márquez estaba demasiado ocupado en la la lectura de los clásicos como para acudir a clase. Así que renunció irrevocablemente a su carrera para dedicarse a escribir. Entonces lo tentó una profesión adicional, a la que le tenía cierta retiscencia. La hermana de Plinio Apuleyo Mendoza lo convenció de la belleza del oficio. «Nunca había pensado en realidad que llegara a interesarme el periodismo, hasta uno de aquellos días, cuando Elvira Mendoza, hermana de Plinio, le hizo a la declamadora argentina Berta Singerman una entrevista de emergencia que me cambió por completo los prejuicios contra el oficio y me descubrió una vocación ignorada», escribió García Márquez en Vivir para contarla.

 

De ese modo le picó al futuro Nobel de literatura el bicho del periodismo. «La sangre fría y el ingenio con que Elvira Mendoza aprovechó la necedad de Berta Singerman para revelar su personalidad verdadera, me puso a pensar por primera vez en las posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información, sino mucho más: como género literario. No iban a pasar muchos años sin que lo comprobara en carne propia, hasta llegar a creer como creo hoy más que nunca que novela y reportaje son hijos de una misma madre», escribió en su autobiografía.

 

Así fue que el veinteañero García Márquez se acercó al periodismo. De hacer columnas de opinión en El Universal, oportunidad que consiguió a través de su amigo Manuel Zapata Olivella, pasó rápidamente a ser reportero de planta de El Espectador. Con los ojos bien abiertos y el olfato agudo, en el periódico más antiguo de Colombia anduvo por varias zonas del país cubriendo revueltas, paros y hasta náufragios. En 1954 publicó por entregas la historia del marinero Luis Velasco, «que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber» y, al año siguiente, también de su máquina de escribir, salió su novela La hojarasca.  Antes de que Gabo viajara a Europa en calidad de corresponsal, en plena guerra fría y en una Colombia partida a la mitad por liberales y conservadores, ya sabía lo que era cabalgar el caballo del periodismo y el de la literatura.

 

El viejo continente lo recorrió como pocos. Las notas de esa travesía periodística están recopiladas en Cuando era feliz e indocumentado y Viaje por los países socialistas. Posterior a Cien años de soledad (1967) y El otoño del patriarca (1975), escribió Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile (1986) y Noticia de un secuestro (1996), reportajes de largo aliento que hoy, junto a Relato de un náufrago, son ejemplos para los periodistas.

 

¿Qué fue primero en Gabo: la literatura o el periodismo? La respuesta no importa; lo que hay que destacar es que la obra periodística que deja el hombre que nunca terminó la universidad es tan valiosa como su obra literaria. García Márquez, al igual que Truman Capote y Gay Talese, fue uno de esos científicos que comprobó que «la novela y el reportaje son hijos de una misma madre». Y tal vez lo hizo sin pensar que el experimento lo iba inmortalizar.