El viaje de García Márquez, crónica de una salida anticipada

El 31 de marzo de 1981 Carlos Mauricio Vega y Pilar de López relataron la salida de García Márquez del país hacia México. 

A las cinco de la tarde del último miércoles de marzo, el canciller Lemos Simonds y el escritor García Márquez hablaron casi simultáneamente con una misma persona en el Instituto de Cultura. Aunque ninguno de los tres mencionó nada que pudiera tener relación con la cadena de acontecimientos que iba a desatarse después, los tres personajes (Gabo, Gloria Zea y Lemos Simonds) sabían exactamente de qué estaban hablando.

 

García Márquez y el canciller tenían concretada una cita para el lunes siguiente. Y a pesar de las llamadas anónimas que había recibido el escritor, nada presagiaba que las cifras de ambas agendas (10 a.m.) habrían de alterarse.

 

A las siete de la noche de ese mismo miércoles, García Márquez estaba como siempre, encerrado en su estudio de la calle 77. Escribía su columna dominical de “El Espectador”, sobre el rompimiento de relaciones con el gobierno cubano. El domingo había estado discutiendo sobre la carátula de su nueva novela con los editores. Había concedido una larga entrevista al diario “el Tiempo” y esa noche comería, como de costumbre, con dos o tres amigos íntimos. Todo parecía preparado para una larga estancia del escritor en el país.

 

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El asedio periodístico a la embajada mexicana fue total. Hasta por los resquicios de las puertas asomaron las lentes de las cámaras. Pero no captaron ninguna imagen.

 

Un timbre en la puerta  Un toque de timbre en la puerta, aparentemente normal, acabó con todo. Abrió Verónica, la muchacha de toda la vida. Eran tres personas, que entraron al estudio sin esperar.

 

Transcurrieron varios minutos.

 

Cuando don Gabriel salió – dice Verónica-  tenía otra cara. Estaba nervioso, y me preguntó si la señora se demoraría y si yo sabía dónde estaba.

 

Sus amigos le acababan de decir que corría peligro de ser conducido a la Escuela de Caballería para ser interrogado sobre sus nexos con Cuba, la guerrilla y el tráfico de armas. Pálido, García Márquez recordó las horas que el anciano poeta Luis Vidales había pasado de pie y vendado en ese mismo lugar, y no le cupo duda de que le pasaría lo mismo. Por un momento, olvidó su calidad de personajes y sólo pensó en Mercedes, la Gaba.

 

La empleada, una esfinge boyacense con delantal, continuó su relato. “Gracias a dios doña Merceditas no se demoró. Cuando entró, yo le dije que la estaban esperando. Ella dejó las latas de comida que traía en la mano y entró al estudio”. 

 

“Cuando salieron fue de una vez para irse”.

 

Dos tipos con corbatas mal puestas

 

García Márquez olvidó también la temeridad de sus personajes, que se enfrentaron a pelotones de fusilamiento sin más que una mala palabra, y cogió de la mano a su mujer tras echarse una chaqueta sobre los hombros. Hizo una llamada telefónica y salió de su casa.

 

Poco rato después, contó su amigo Guillermo Angulo, llegaron a la casa de la carrera 1ª varios hombres vestidos de oscuro con las corbatas mal puestas.

Nadie les abrió.

 

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Verónica solo supo hasta el otro día que no volvería a ver a “don Gabriel” en mucho tiempo. Se lo contó al chofer, Chepe, cuando vino a sacar las maletas. A las nueve de la noche del mismo miércoles, García Márquez llegó a la casa de la calle 85 donde siempre van los guerrilleros que huye, o los perseguidos políticos. Probablemente no se fijó en los urapanes del lado sur que ocultan la quebrada de Juan Amarillo, ni en las casetas de los celadores ni en las luces de la autopista cercana.

 

Le abrieron la puerta prácticamente sin que tocara. Pasó adelante, siempre con la Gaba de la mano. Y sólo entonces se sintió tranquilo.

 

“Esta puerta no deberá abrirse a nadie, por ningún motivo”, le dijo doña María Antonia Sánchez Gavito al guardián. “Si, señora embajadora”, contestó este, antes de echarle doble llave a la cerradura.

 

 

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Efectos de velocidad. Cien por hora a través de cuatro vidrios: los de la lente, los dos de los autos y los de las gafas de García Márquez.

 

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Tras una persecucción cinematográfica, el fotógrafo de CROMOS alcanzó al BMW donde iba Gabo, muy serio. "¡Salude!", le gritó antes de lograr la instantánea.

 

Revuelo de cuervos

 

En la misma noche del miércoles, a las redacciones de los periódicos se filtró una información del presunto arresto de García Márquez. Pero se desechó por infundada y absurda.

 

Sin embargo, al día siguiente la noticia de que el escritor no había dormido en su casa conmovía al país. El mismo heterogéneo grupo de periodistas de siempre se situó en guardia frente a la casa de la embajada y trató de establecer comunicación como cuando se refugiaron los bancarios en huelga o los guerrilleros que huían. Pero solo pudieron captar la sombra del bigote de García Márquez por los visillos de una ventana.

 

Mientras tanto, en la casa de Garcia Márquez empezó una extraña ceremonia que ningún reportero gráfico registró: Gloria Valencia de Castaño llegó en una camioneta blanca a sacar el equipaje de su amigo.

 

Y tras las cinco maletas de fibra que verónica había preparado por la mañana, salió el aparato más importante del país: la máquina de escribir de Gabriel García Márquez.

 

Quedó tirada en el pavimento varios minutos.

 

Para el chofer que estaba haciendo el trasteo, esa IBM eléctrica era igual a cualquier otra IBM eléctrica. Y ahí estuvo, arrojada, un arma más peligrosa y difícil de manejar que una ametralladora.

 

Detrás de ella salió el autorretrato de Obregón dedicado al escritor después de meterle cinco tiros.

 

El teléfono de la embajada, entretanto, daba a los periodistas el típico bip bip de la descolgada. Solo quedó normal cuando ya nadie lo necesitaba. Es decir, cuando Gabo ya se había ido.

 

Al mediodía, mientras los periodistas buscaban desesperadamente cupo en el avión de las tres, García Márquez almorzaba con toda tranquilidad. El paso ya estaba dado y la cancillería se había pronunciado.

 

 

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Mercedes de García Márquez, la Gaba, a punto de emprender el viaje que dos días antes rechazó sin más ni más.  

 

A las dos de la tarde, un BMW blanco esperaba en la casa de la calle 85. Sin ningún misterio, como si se devolviera a su casa, el escritor subió con la embajadora y su esposa, en medio del tropel de periodistas que la semana anterior había tomado por asalto la habitación del guerrillerito en el hospital de Tolemaida.

 

Mientras García Márquez iba al aeropuerto, en calidad de viajero ilustre y sin ninguna clase de salvoconducto, excepto su condición de residente mexicano y su pasaporte, Verónica, la empleada, corría las cortinas de las alcobas, limpiaba el hueco del autorretrato de Obregón que dice “a Gabo” y regalaba las latas del mercado que la señora Mercedes había hecho el día anterior. Su último gesto fue botar las flores frescas a la basura.

 

En el aeropuerto, García Márquez se sintió como el guerrillero de Tolemaida.

 

Tuvo que pedir respeto para la embajadora, antes de que la derribaran a empellones; tuvo que sonreír y hacer los mismos chistes de siempre, mientras alcanzaba el salón de personajes en medio de policías también sonrientes. Tuvo que recordarles a los reporteros la experiencia del poeta Luis Vidales, los caballos de Usaquén que se volvieron personajes y tuvo que sonreír y agitar las manos cuando el carro de CROMOS alcanzó el BMW y el fotógrafo le exigió un saludo antes de empezar a dispararle en plena marcha y a través de dos vidrios. Hasta en la escalerilla del avión abrazó policías y sonrió y agitó las manos como un político en campaña, riéndose de sí mismo. 

 

Y entró al aparato y se acomodó el cinturón de seguridad con la conciencia tranquila: antes de marcharse había vuelto a meter la tercera cuartilla de su artículo dominical en la máquina para añadirle un último párrafo en donde explicaba al mundo la razón de su salida. Sonriendo, vio desaparecer la ciudad por la ventanilla; sabía que esa noche todas las rotativas del mundo llenarían las primeras planas con su nombre y su fotografía, demostrando así un poder de información mayor que el de todo el gobierno reunido.

 

 

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Verónica, la doméstica de García Márquez, contesta con una frase que se prolongará por ¿dos años?: "No. Don Gabriel no está".

 

Fotos: Daniel Jiménez