Diario del Nobel (I) «García Márquez, un viento fresco que ha llegado a Estocolmo»

*El 14 de diciembre 1982, Cromos asistió a todos y cada uno de los actos de entrega del Premio Nobel al escritor colombiano Gabriel García Márquez. Su hermano Eligio García narra en esta primera crónica de la serie que publicaremos sobre el acontecimiento literario más importante en nuestra historia, los pormenores de la llegada, el ambiente vallenato del avión, un encuentro esperado en el aeropuerto de Barajas, los apuntes de la comitivas, las imprudencias de las leyes aeronáuticas, la extraordinaria ceremonia en que García Márquez pronunció su discurso sobre la América Latina y el ensayo de la ceremonia.* 
Diario del Nobel (I) «García Márquez, un viento fresco que ha llegado a Estocolmo»

 

 

Por: Eligio García. Vía Telefax Ericsson.

Estocolmo, diciembre 8, 11 de la mañana: Un periódico local, “Dagens Nyheter2, publica a cuatro columnas a cuatro columnas una fotografía de Gabriel García Márquez sonriente,  enarbolando en la mano derecha la rosa amarilla de su buena suerte, a su arribo al aeropuerto de Arlanda. En las páginas anteriores el diario reproduce la pequeña conferencia de prensa que tuvo la noche anterior al llegar a Estocolmo, lo mismo que un artículo explicativo y elogioso de principio a fin. 

Una joven sueca que dice estudiar cine y que este periodista ha encontrado en la calle, comenta en inglés: “García Márquez es un viento fresco que ha llegado a Estocolmo”. Es una metáfora, porque la ciudad ha amanecido hoy a cinco grados bajo cero. De manera que el viento fresco parece ser, como evidentemente lo es, espiritual.

Madrid, diciembre 7, aeropuerto de Barajas, 2 p.m. Acabamos de llegar, después de una largo viaje de doce horas, después de una larga y total rumba de avión. Toda la noche, desde que salimos de Bogotá, en la escala de Puerto Rico, en la oscura travesía del Atlántico, ha sido el incansable sonido musical proveniente del grupo llanero “Los Copleros de la Tranquera”, de la voz dela Negra Grande, de todos los músicos y los pasajeros que cantan y cantan sin cesar. Uno los oye y recuerda ese dicho atribuido al cantante cubano Benny Moré: tienen música por dentro.

El aeropuerto de Barajas está cubierto de una neblina espesa e intransigente, y el avión ha tenido que permanecer más de una hora sobrevolando Toledo y Madrid,  en rigurosa espera de turno para descender.   

CGC_2617 Foto: Archivo Cromos Su esposa, Mercedes Barcha, lo esperaba en el aeropuerto de Estocolmo. La apoteosis de García Márquez en Suecia fue inusitada.  

2:30 p.m. Aparece Gabriel García Márquez, en uno de los pasillos solitarios del aeropuerto. Viene acompañado por su agente literario, Carmen Balcells. Acaba de llegar de Barcelona, comenta, donde tuvo que desviarse el avión de Iberia procedente de la Habana, debido al mal tiempo de Madrid. Está a punto de abordar el vuelo de la línea aérea escandinava que lo llevará a Estocolmo. Al principio hay alegría en todos los rostros colombianos. El pasillo se convierte en un verdadero pandemónium. Todos quieren saludarlo al mismo tiempo. Todos quieren abrazarlo. Estar junto a él. Él se deja llevar feliz, por la barahúnda. Pero, antes, lo primero que pregunta es por el paradero de Teresa de Cepeda, la inolvidable Tita de su aún más inolvidable Álvaro Cepeda. Cuando ella aparece él le comenta su inquietud por su ausencia en una lista de invitados conocida en París. 

Uno a uno va abrazando a sus amigos: Alfonso Fuenmayor, Alvaro Mutis, Alvaro Castaño, Fernando Gómez Agudelo, Hernán Viecco, Germán Vargas, y sus respectivas esposas, y abraza también a otros esposos y otras mujeres y colombianos que ve por primera vez, y a la Cacica Consuelo Vallenta, y a Escalona… y a Gonzalo Mallarino… Casi lo deja el avión. 

Martes 7, 7p.m.  Volamos rumbo a Estocolmo. La última etapa de este viaje increíble, interminable, de más de veinte horas. El avión va guiado por tres computadores que continuamente estudian y corrigen el plan de vuelo elaborado por el capitán. Es la primera vez que hace esta ruta, pero él dice que no existe el más mínimo riesgo porque los computadores no fallan.

Carmen Mutis, la esposa del poeta Alvaro Mutis, comenta: “Quiera Dios que no fallen”. En cambio su marido dice muerto de la risa: lo están jalando por radio desde Estocolmo. En los rostros hay cansancio. Ya no se oye la música. Pero no es solo por agotamiento. Es que todos esperaban, ansiaban, que García Márquez se subiera al avión como estaba previsto, pero las leyes de la aeronáutica internacional prohíben que en una escala se recojan pasajeros. 

Miércoles 8,  2 p.m. Grand Hotel, Estocolmo.   Es el cuartel general del Nobel. En este hotel milenario están alojados como sucede siempre, todos los laureados. García Márquez ocupa una suite, con su esposa Mercedes y su hijo Gonzalo. El mayor, Rodrigo, no ha podido asistir debido a su trabajo como fotógrafo en “La Cándida Eréndida” que Rui Guerra filma en Potosí, México. A los amigos de García Márquez de México y Colombia se han unido otros provenientes de España y París. Sólo falta el pintor Alejandro Obregón que por obstáculos ineludibles no ha podido venir. Solo falta Cepeda.   

CGC_2620 Foto: Archivo Cromos En el discurso sobre Latinoamérica, unánimente elogiado, gastó un mes de trabajo. Está lleno de datos mágicos e increíbles.  

Miércoles 8, 5 p.m.  Edificio de la Bolsa, donde está la sede la Academia Sueca. Dentro de unos momentos, Gabriel García Márquez deberá leer su primer discurso en Estocolmo. El otro, que leerá la noche del 10 después de la entrega del Nobel, será totalmente distinto a este que se apresta a pronunciar. Este, ha dicho, será evidentemente político. En el otro, por el contrario, intentará definir la poesía. Para éste cuenta con casi media hora. Para el otro, de sólo cinco minutos. La sala está colmada de público. Están, por supuesto, todos los amigos de García Márquez. Pero también muchos estudiantes suecos. Y varias personalidades, encabezadas por el secretario permanente de la Academia, Lars Gyllanstein, el mismo que escribió el comunicado que anunciaba le premios el pasado 21 de octubre, el mismo que lo presentará hoy ante el público. Entra García Márquez al recinto, acompañado de su esposa Mercedes y su hijo Gonzalo saluda al público que lo ovaciona, se sientan en las sillas reservadas frente al atril donde ahora Lars Gyllanstein presenta a García Márquez. Sus palabras en sueco, no sólo no se comprenden sino que ni siquiera se oyen porque la tribuna de la radio está al descubierto y los locutores colombianos parecen estar transmitiendo un partido de fútbol. Tanto es el escándalo que cuando le toca hablar a García Márquez lo primero que hace es un gesto con el dedo izquierdo, pidiendo al locutor emocionado que se calle. 

5:35 p.m. Una estruendosa ovación sacude el recinto de la Academia. Durante varios minutos la gente aplaude el discurso de García Márquez. Ha sido, indiscutiblemente, un discurso político, escrito por un gran escritor. En él, García Márquez ha hecho una especia de balance, de resumen de toda su obra. Ha descubierto muchas de sus fuentes. Ha hablado de Antonio Pigafetta, de los dictadores latinoamericanos, de la realidad latinoamericana, balanceándose siempre entre el despotismo y la magia. Le ha pedido a los europeos más imaginación y más humildad con nuestro continente. Ha citado a Faulkner, a Neruda, a Thomas Mann, y ha dejado de citar a los incontables escritores que antes que él se ganaron el Nobel y aquí estuvieron leyendo sus discursos.  Es el mismo García Márquez de siempre. Pero distinto. Ahora, contrario a su obra, él dice que América Latina, a pesar de todos los saqueos y cataclismos, siempre la vida se impone sobre la muerte. Ahora, voltea su cita de “Cien años” pidiendo que por fin y para siempre las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan una segunda oportunidad sobre la tierra. 

6 p.m. Aún García Márquez está firmando autógrafos en el recinto de la Academia. Firma libros suyos. Firma copias del discurso en varios idiomas, inglés, francés, sueco y español. Nadie se mueve, excepto la multitud de fanáticos que lo rodean ansiosos como si fuera un cantante o un deportista. Finalmente logra escabullirse. Entra a otro recinto, donde lo esperan varios de los 18 jurados que lo eligieron sin sospechar que un piso más abajo está la enorme biblioteca Nobel, con todos los mejores autores pasados y presentes, y donde este periodista al pasar sólo ve uno, destacándose: Graham Greene. 

Diciembre 10, 11 de la mañana. Ensayo en el Concert Hall. A la izquierda le Premio Nobel de física, alquimista, cara de niño loco, genial, que se divierte con el ensayo de la ceremonia. Se habla en inglés. A García Márquez en francés. Esta tarde le hablarán en español. No habrá música colombiana, le dicen. En cambio tendrá que escoger entre Bach y Bartok, sus músicos preferidos. Él escoge a Bartok. Oye su nombre, se pone de pie, se acerca al maestro de ceremonia que hace de rey, le entregan el diploma y dentro de la caja lo que saca García Márquez es una rosa amarilla. Los periodistas aplauden, y García Márquez mira hacia el público y se agarra la nariz. Termina la ceremonia son el laureado en Economía y el de Química pide a García Márquez que le firme “Cien Años” y “La Muerte Anunciada” en inglés. García Márquez se va luego a escribir qué es la poesía. Sale del recinto. Afuera no neva, sino que llovizna y yo pienso; ahora los alcaravanes del trópico, allá en Macondo se pondrán a cantar.   

CGC_2615 Foto: Archivo Cromos Este fue el momento culminante. García Márquez se retira del escenario con la medalla de oro que le consagra como uno de los mejores escritores del siglo XX

 

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