Un Nobel para Gabriel (Padre)

*El premio de su hijo le dio a Gabriel Eligio Garcia la oportunidad de proclamar a los cuatro vientos que su familia de escritores él es el verdadero patriarca. Sus “obras completas” se perdieron pero todavía le queda un tema que su primogénito no le puede quitar: sus amores como mejor partido de Aracataca con Luisa Santiaga Márquez.*
Un Nobel para Gabriel (Padre)

 

 

Por Juan Mosca – Fotos: Guillermo Tapia

En las últimas 36 horas han desfilado por esta casa (rejas de hierro, baldosín de colores, Sagrado Corazón, fotografías de circunstancias) más de ciento cincuenta periodistas. Por todos los rincones se nota cuanto han husmeado, sobre el rostro casado de las hermanas, de las sobrinas, hay huellas de fotografías, Katherine, la biznieta (mejor: sobrina nieta) insiste por enésima vez en su gesto de bebe de once meses, y los muebles, adquiridos en Sears, se niegan a recibir el peso de un sujeto que va a preguntar la misma eterna pregunta.  

Quienes ganan los premios de los padres

Luisa, la madre, es una mujer un poco triste, un poco seria, un poco reservada, Gabriel, el padre, tiene una necesidad inmensa de cariño. Sin embargo lo hace tan evidente, tan palpable en su gesto de manos lanzadas al aire, de sonrisa, de recuerdos entre paréntesis, de palabras entrecruzadas, que vive solo, mientras todos, los hijos, los yernos, las nueras, los nietos, los sobrinos, giran en torno de esa mama grande, de esa inmensa vieja inmensa, seca como uva pasa y con cataratas que le impiden leer las obras de su hijo. El, entre tanto, vive su momento de gloria. Pero hay algo que no entiende, que no quiere entender este médico homeópata con licencia, que insiste hasta el cansancio en el árbol, la nariz, la semilla, los genes. Para el ese hijo se le salió de las manos, es un descarriado que aprendió comunismo con Oscar Espitia, rector de Zipaquirá, y socialismo con Carlos Martín. Gabriel padre no entiende como el premio fue para Gabriel hijo, si Atilio Velásquez sostuvo que él era “un esteta” y si la crónica sobre los locos de Mompos, que escribió para el diario de  Magangue, le quedo perfecta. Además, en esta familia todo el mundo escribe. Escribe Carlos Enrique Pareja, un primo segundo que vive en Canadá, y escribió un tío que era el mejor “decimero” de la zona, y el hermano de Luis Jose Maria Valdeblánquez, que escribió un relato sobre el Rios Magdalena, y Colon Garcia un primo que vive en Sincelejo,  escribe, y escribe Jose Luis Diaz Granados, el hijo de una de las sobrinas. Gabriel Padre recita parrafadas llenas de unas tiernas  figuras literarias que lo enorgullece.

Sobre las cuales llaman la atención con un gesto enérgico, con un golpe sobre la mano del distraído tomador de apuntes. El premio es suyo. Si los papeles que dejo en la casa de campo no hubieran amanecido no hubieran amanecido inéditos de la familia que hace poco le dijo que allá esteban, atribuyéndoselos, imagínese usted, a Gabriel hijo, los hubiera encontrado, el premios seria suyo pero no.

Las cosas en este mundo son al revés de la lógica, y son los hijos quienes ganan los premios de los padres y los padres quienes deben soportar los honores del hijo. Entonces se entra en pugna. Y mientras Gabriel padre escribe su autobiografía del “mejor partido” en Aracataca, en el cual,   como es obvio, tendrá que conocer lo que fueron los amores con luisa, a quien escogió entre veinte muchachas, Luisa aprovecha que esos amores serán  el tema de la nueva novela de la tan anunciada novelista de amor que hace ya sus primeros pinitos. “no me quitará el tema”. Dice Gabriel. E insiste “no me quitara el tema.” el muchacho, que no quiso invitarlo a México pero que si llevo a Luisa y a la suegra es un simple espectador que solo hace muy poco se enteró de que ellos, sus padres, se comprometieron en matrimonio sin tener amores. Esa fue su historia, la aventura que a él le pertenece y él, el hijo, no podrá, no querrá, no tendrá derecho a quitarle su tema.

 

Gaboo Foto: Archivo Cromos Cuando Gabriel (padre) está con Luisa no cesa de autoelogiarse; cuando no, le achaca el Nobel a Mitterrand, el amigo de Gabo

 

Apoyar al primo Alfonso

En el fondo Gabriel siente celos del coronel Márquez, el narrador de historia, el abuelo mítico. “Yo, dice, soy el gitano”. Y con esa presencia que el mismo se atribuye  dentro de la obra, se afirma junto a un ser que todos los domingos llama cumplidamente al mediodía para hablar con Luisa y que se olvida que él fue medico de higiene en Cartagena, donde duro 20 años “haciendo maravillas”. Él no ha contado, y puede decirlo porque se ha leído todas sus obras, que Gabriel padre era un bailarín de primera. No ha contado que era poeta. No ha contado que, pese a que no lo invito, estuvo en México y hablo por televisión, largamente, minuciosamente, hasta dejar boquiabierto a medio mundo, momento que aprovechó el presentador para lanzar una pregunta ociosa. “y ahora, dijo el presentador, ¡ a que no saben ustedes? Este hombre es el  padre” por eso todo este asunto no vale la pena. Con el rabillo del ojo el tomador de apuntes ve como en el televisor en colores entronizado en la que pasan las noticias. El aparece en México, el en España, el recibiendo la condecoración, el estornudando, el dando declaraciones, el saludando a Fidel, el de toga y birrete, el con su guayabera, el joven. Pero Gabriel no interrumpe su cuento. Cuenta que perdió dos millones en bonos departamentales, cuenta que gasta 40 mil mensuales, cuenta que le quieren comprar la casa, propone varias veces “vamos hablar de Eligio” cuenta que “ellas (Luisa y la tía Pa con su novena y su camándula de plástico de colores) tienen su adoración por Gabito”. Cuenta que el apoyo a Lopez provino de que “son parientes”.  “la abuela de Alfonso Lopez, dice era doña Rosario Pumarejo Cortes y el abuelo de Luisa Márquez era Agustín Cotes, Primo de esa Rosario. Entonces, son parientes”. Cuenta Gabriel y vuelve y cuenta. En el televisor sale esa figura inconfundible (cara cuadrada, bigote de brocha gorda), y Gabriel no interrumpe. 

 

Mitterrand, una cosa que influye

Mientras tanto Luisa, con el alma en un hilo. No se despega de la pantalla. “no me gusta, había dicho, las respuestas largas que lo dicen todo”.

Un día antes, cuando le quito las telarañas al teléfono, que había permanecido mucho, con todos los de Cartagena, meses enteros, lo hizo con la esperanza de que el premios Nobel le sirviera a ella al menos para eso, para tener teléfono para hablar con su hijo. Luisa habla de Gabriel y de Jaime y de Eligio, sin hacer distinciones. A veces mete la cucharada, mejor dicho, entra en la conversación con un aire irremediable de sensatez con tino. “cantaba a la luna”, dice Gabriel, y ella: “cuando la luna era romántica”. Etcétera. Con cosas así Luisa ha construido su matriarcado. Por eso, para que Gabriel padre pueda decir que el Nobel se lo dieron porque “es amigo de Mitterrand y esas cosas influyen”. Tiene que esperar a que Luisa este bien lejos. Tan lejos que apenas se entera cuando el tomador de apuntes y el tomador de fotos se despiden y, dejando de lado a Pompi, el gozque de once años que “tiene algo fino”, se pierden detrás de la esquina donde los vecinos, tal vez como homenaje, estallan contra el piso un estridente buscaniguas. 

 

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