Con Gabo, un día después del Nobel

*El autor más leído de la lengua española, traducido a 33 idiomas, ganador de innumerables premios, condecorado este año por los presidentes de Francia, México y Cuba, nos dijo en su casa para qué le servirá el Nobel, a él y a los escritores colombianos jóvenes, revela quién fue su padrino en la Academia Sueca y explica por qué no ha regresado a Aracataca.*  
Con Gabo, un día después del Nobel

 

Por: Heriberto Fiorillo. Fotos: Daniel Jiménez (Enviados especiales México). Archivo Cromos: 26 de Octubre de 1982  

Este reportaje bien podría comenzar así: “Excepcionalmente se ha  concedido el Premio Nobel de Literatura a un autor de innumerables méritos, dentro de los cuales no sería el menos importante ese de ser el novelista más grande del mundo actual y uno de los más interesantes de todos los tiempos”.

No es posible, en realidad, por tres razones. Primera, porque esta introducción fue ya publicada en 1950. Segunda, porque no se refería entonces a García Márquez sino a William Faulkner. Y tercera, porque la escribió precisamente García Márquez. 

Lo hizo bajo el seudónimo de “Séptimus”, en su columna habitual de “El Heraldo” en Barranquilla, cuando apenas tenía 23 años, guardaba el borrador de su primera novela en una gaveta y experimentaba un inevitable sentimiento de inconformidad anual frente al veredicto de la Academia Sueca. 

Según Gabito redactor de aquella época, los escandinavos casi no acertaban nunca una decisión. En ese contexto, el premio al maestro Faulkner resultaba, por supuesto, una excepción. Lo acostumbrado era no premiar maestros. “Si la institución del Premio Nobel fuera más antigua – escribía ‘Séptimus’ – posiblemente nos sorprenderíamos ahora de que no le hubiese sido otorgado a Cervantes, a Racine o a Rabelais”. En efecto, ni James, ni Kafka, ni Proust lo obtuvieron. Ni siquiera Tolstoi recibió la bendición de la Academia. Y para el García Márquez que aprendía el oficio literario en el quehacer del periodismo, esto se le antojaba imperdonable.   

Conjurando el premio nobel

Su criterio al respecto no sufrió variación alguna en 30 años. En el mes de septiembre de 1980, García Márquez revalidó sus conceptos de ‘El Heraldo’ en cuatro entregas dominicales para “El Espectador”.

- Esas columnas mías sobre el Nobel las escribí tratando de tirármelo. De conjurarlo ….  

Me lo dice este viernes, temprano en la mañana, en la sala blanca de su casa mexicana, debajo del cuadro de Obregón, perforado a tiros por el mismo artista. Hace 24 horas que el mundo se enteró de la noticia: “García Márquez, Premio Nobel”. No importa lo que él pensara, la Academia había decidido otorgárselo a su obra. Se había puesto, por excepción, una corbata. Estaba metido en un elegante traje gris que jugaba con la plata de sus canas, y se paseaba nervioso por el tapete, mirando el reloj a cada rato, esperando a Mercedes, su mujer, y a Alvaro Mutis, el escritor amigo que había recibido el honor, por estos días, de ser chofer especial del premio Nobel. Lo del vestido y la corbata se explicaban en una condecoración distinta, llamada ‘El Aguila Aztecta’ y que el gobierno mexicano concede a los extranjeros más ilustres. García Márquez la recibiría dentro de una hora en “Los pinos”, la mansión presidencial. Varios premios se juntaron. Desde Cuba anunciaban ayer la condecoración “Félix Varela” para el “Gabo”.  Pero el que hacía más ruido era, sin duda, el Nobel. 

- Conmigo cambió el criterio de la Academia, porque en ella había imperado ese deseo de encomiar la obra de autores desconocidos. De verdad, nunca nadie descifrará cuáles son las razones políticas que se toman en consideración para dar el Nobel. Yo, como decía alguna vez un amigo, creo que el premio es políticamente bueno si resulta acertado. Y políticamente malo si no. 

Le recuerdo que todo lo que dijo sobre Faulkner hace 32 años en aquella columna se le podría aplicar a él. Entonces él se ríe con amplitud de cómplice mientras dice: “Si, la vida me ha enseñado que uno nunca debe decir ‘de esta mierda no comeré’”. 

De cómo hay que ganar los premios a huevo

La casa, iluminada y limpia, está llena de flores amarillas. La canasta  del presidente Betancur ha sido colocada por Mercedes en un rincón especial de la sala. Un amigo mandó una caja de guayabas y otro, Antonio Caballero, llamó desde el lunes, cuando nadie sabía a ciencia cierta si el Nobel era para “Gabo”, diciendo a manera de presagio convincente que como él estaba seguro de que se lo ganaba, entonces llamaba con anticipación, para evitarse el teléfono ocupado del jueves. Todos lo tomaron a broma. García Márquez era apenas uno de los pocos candidatos, en una lista en la que figuraba también Borges, por enésima vez. 

- El miedo que yo sentía era que me tocara sustituir a Borges en esa candidatura anual. Yo tengo 54 años. Había sido nominado durante los últimos cuatro. Borges tiene más de 80 ¿Te imaginas? ¿Qué tal que me hubiera tocado 30 años más de candidatura? Por eso he dicho en numerosas ocasiones que la mayor satisfacción que me ha dado el Nobel es saber que el próximo año no seré candidato. 

 

Le pregunto cuál es el premio que más satisfacciones le ha dado en la vida y él me contesta con rapidez: 

- El primero. Uno de cuento. El que le dio la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia a “Un día después del Sábado”  en 1955.

 

¿Quién se debe ganar un premio que nunca se ha ganado? – decido continuar con esa tónica de repentismo. 

- Rulfo y Graham Greene, Premio Nobel. Por ejemplo, el criterio de la Academia para no darle el Nobel a Greene creo que es el de que se trata de un autor demasiado comercial. Y eso no es cierto. Lo que pasa es que le gusta a mucha gente. Tiene lectores. Y se vende. 

 

¿Algún premio que te gustaría ganar? 

- ¡Un concurso de belleza!

 

¿En qué se parecen lo premios a los concursos literarios?

- Te digo en qué no se parecen. En que uno los premios tiene que ganárselos a huevo, mientras los concursos dependen de muchos factores… 

Hace diez minutos comencé a tutearlo sin darme cuenta. Es extraño. Con García Márquez a todo el mundo le ocurre. Cuando se habla con él, tanta es la confianza que despierta y tanta su sencillez, que uno termina tuteándolo porque siente, contra toda lógica, que hacerlo es estar ‘de usted’, faltándole al respeto.

“A mí el Nobel me sirve como arma política”.

 

¿Pensaste en algún momento en rechazar el Nobel? 

- Nunca pensé en rechazarlo, porque jamás pensé que me lo darían. Se sospechaba… después de cuatro años de candidatura era posible que cayeran en cualquier momento. Sin embargo, yo pensé que esa vaina la iban a dejar para dentro de 10 o 15 años. 

Encima de la chimenea, sin marco, así puesta, hay una foto de García Márquez con Muhammad Alí y Robert de Niro, el actor. Mercedes baja arreglada, de negro entera, pero de blusa roja pa’ alegrá. “¿Nada que llega Álvaro?”, pregunta. 

- Nada – responde “Gabo” –. Tenemos que estar allá en una hora. Y tú sabes cómo son los embotellamientos. 

La demora del carro, manejado por Mutis, es cómplice sin intención de mi reportaje. Yo aprovecho. 

 

¿Para qué le sirve a un escritor el Nobel?

- No sé. Depende de las circunstancias. A mí me ha servido como arma política. El Nobel da más audiencia y cierto poder público. Cuando yo digo arma política no estoy pensando en las elecciones o en la Cámara de Representantes. Pienso en la posibilidad que tengo de contribuir  en la solución de problemas como los de Centroamérica o de América Latina en general que al fin y al cabo es lo que me importa realmente. 

 

Y a los escritores jóvenes colombianos, ¿para qué les sirve que García Márquez se haya ganado el Nobel? 

- Mira, yo creo que para ellos sí es importante. Porque les demuestra que se puede. Que un tipo que nace en Aracataca y empieza a joder con una máquina de escribir, se gana el Premio Nobel. Y más rápido que los demás escritores colombianos. Ahora, que no se pongan a decir que el Nobel no podrá ser ganado por otro colombiano. Eso es peligroso. Antes se oía decir que bueno, que “Cien años de Soledad” los había jodido porque nadie podría escribir jamás otro libro como ese. Ahora dirán que tampoco nadie más se ganará el Premio Nobel porque ya se lo dieron a un colombiano. Eso sí es del carajo. Como si los escritores escribieran para ganarse un Nobel o para superar a “Cien años de Soledad”. Uno escribe por necesidad. Creo, sí, que Rilke era quien decía: “Si eres capaz de vivir sin escribir, no escribas”. 

Entonces se acuerda del discurso que lleva en un bolsillo interior del saco. “Es apenas una página. Lo terminé de corregir esta mañana. Pero es más fácil escribir una página en novela”. 

 

- ¿Y el del Nobel? 

- Bueno, ese se lo ayudan a hacer a uno. – Mercedes, que está al otro lado de la sala, sonríe. – Uno puede pedir auxilio. En la ceremonia de los premios Nobel, en Estocolmo, el único que dice discursos es el de literatura. Entonces yo quiero coordinar con los otros, para que me digan lo que quieren decir y así yo lo digo en nombre de ellos. 

De pronto, se queda mirando la grabadora y los periódicos que llevo en la mano y me pregunta curioso. 

- ¿Y cómo va la revista? 

- Va bien – le respondo. 

- Es que hacer una revista es muy difícil – dice “Gabo”. En cambio un diario no. En eso es en lo que se equivoca todo el mundo. Con un periódico la vaina es más fácil. Tú estableces una rutina de trabajo y le das un empujoncito diario con un punto original y lo tienes hecho. Las revistas trabajan en el último día de la semana, como si fueran un diario. Así todo se hace, de carrera, la última noche. 

 

Yo lo devuelvo, con otra pregunta, al tema que inició nuestra conversación esta mañana, cuando llegamos tocando a la puerta para pescarlo antes de salir, porque si no hay que competir con esa lluvia en tormenta de periodistas que han venido de todo el mundo y que siguen llegando con la ansiedad de la exclusiva. 

¿Qué hacen aquí que no están en ‘Los Pinos’?, fue lo primero que nos dijo cuando nos vio, al salir a la puerta y encontrarse en el piso de cemento con un letrero que pintaron unos niños y que decía: “Felicitaciones. Te amamos”. Los pintores infantiles cometieron una sola equivocación. Media hora después de estar haciendo a brocha el mensaje para “Gabo”, un señor asomó la cabeza a través de una ventana y les gritó: “¡Ey, aquí no es. Es en la otra casa!” (Los muchachos habían confundido la residencia de García Márquez. Así que les tocó pintar su amoroso letrero dos veces). 

 

¿Por qué escribiste tanto sobre el Nobel? ¿Por qué tanto interés sobre el tema?

- Porque han logrado hacer un misterio con él. Para mí hay dos misterios que se parecen. Cómo se elige el premio Nobel y cómo se elige al candidato en México. Sobre esto último me gustaría hacer una investigación similar a la que realicé con el Nobel. Es algo apasionante. Y muy curioso, porque cada presidente va guardando el secreto y no se revela nunca como una serie de factores que llegan al candidato. 

 

Un sueco “Gabista” cerrado a la banda 

Artur Lundkvist, según tú mismo dijiste en tus artículos, es el único miembro de la Academia Sueca que conoce perfectamente el castellano y quien selecciona y propone los posibles candidatos de nuestra lengua al Nobel. Tú mencionas haber cenado alguna vez con él. Debió tener, por supuesto, alguna influencia en tu elección… 

- Lundkvist es un viejo estupendo. Que habla el castellano muy bien y conoce a fondo la literatura latinoamericana. Como es él quien propone a los escritores de habla española, fue quien me propuso a mí. A él también le debo el premio. Considero que fue mi padrino en la Academia.  Yo fui a su casa, a una de esas cenas extrañas de Suecia. Era verano y a las seis de la tarde había mucha luz aún. Así es allá y entonces tienen que cerrar las cortinas y prender las luces para que parezca de noche, porque si no, uno  no se siente cenando. Ah, pero fíjate cómo fue la cosa. Yo había decidido no irlo a visitar, porque me daba mucho pudor que pareciera que iba a pedirle el Premio Nobel. Sobre todo que hay muchos libros ahí en la biblioteca de su casa con dedicatorias que le piden el premio francamente. Él me envió un recado muy afectuoso. Me mandó a decir que su desgracia era que muchos escritores que a él no le interesaban y que él no quería ver, apenas llegaban a Estocolmo lo que hacían de primero era tratar de irlo  ver. Y que en cambio los que él sí quería ver, por pudor no iban a verlo. Así que él no podía ver a quienes quería ver, porque esos eran los que tenían pudor. Ante su mensaje, yo fui. Me invitó a cenar esa noche.  Nadie, claro, se atrevió a mencionar siquiera la palabra Nobel, ni a preguntar cómo era el premio ni nada. Por puro, por físico pudor. ¿Eso hace como cuánto? Como cuatro años, ¿verdad, Mercedes? 

- Sí –  responde la voz que al fondo, en la cocina, da las últimas instrucciones a las dos muchachas  del servicio. A una de ellas, Teresa o Ubalda; un periodista dándoselas de acusioso le preguntó ayer tarde: “¿Y a ti, cuánto te paga el maestro Gabo?” La muchacha se estremeció de enojo y le contestó molesta que a la larga eso no era asunto suyo y que ella a don Gabriel, si era el caso, le trabajaba gratis. 

Desde el garaje llegan ruidos de lora en jaula. Teresa corre a callarla. Entonces me viene a la memoria que si Lundkvist es el único que lee en español, ¿cómo comprenden los otros la obra de cualquier escritor? 

Yo entiendo que cuando él propone el escritor que ha leído recientemente, se van haciendo selecciones. Me imagino que cuando un escritor de lengua castellana es aceptado entre los candidatos, los otros tienen que leerlo como puedan, en el idioma que sea. 

 

¿Por qué a Borges no le han dado en Nobel? ¿Es porque, como tú dijiste, se fue a Chile donde Pinochet y dijo, en serio en broma, que su dictadura era democrática y cosas por el estilo?

- El premio para Borges estaba resuelto, y se lo quitaron. Es que Lundkvist es un tipo muy jodido. Un hombre muy político y era muy amigo de Neruda. Entonces esas declaraciones le dieron un encabronamiento del carajo. Fue Lundkvist quien peleó el Nobel mío. Hace tres años, Lundkvist declaró que él no se moría sin que me dieran el Premio Nobel. Y el año pasado, tuvo un infarto. Entonces los amigos que se acordaban de su declaración me decían: “Te van a dar el premio ya ¡porque Lundkvist debe tener miedo de morirse sin que te toque!” Y fíjate que quien me mandó el primer mensaje sobre mi Nobel fue él. 

 

¿Cómo te sentiste los años en que te candidatizaban y luego no te lo otorgaban?

- Era una molestia. Yo no le para nunca bolas, pero apenas llegaba octubre yo ya sabía que venía toda la joda esa del Premio Nobel…     

No es Mesías ni de Colombia ni de Aracataca

En Colombia, con el tiempo, te estás convirtiendo en una especie de Redentor. La mayoría, si no todas, de las noticias buenas para el país, nos vienen de ti. 

- Colombia está soñando con un redentor hace muchos años. Ahí está, esperando un líder, un Mesías. Es algo de toda la vida. Cualquier signo especial, lo interpretan como la venida del Mesías. Bueno, si querían nombre internacional, ya tienen un premio Nobel de Literatura. Lo cual no significa absolutamente nada, porque a Miguel Angel Asturias le dieron ese mismo Nobel y eso no ha resuelto absolutamente ningún problema  en Guatemala. De manera que el Nobel tampoco va a resolverle ningún problema a los colombianos. Eso debemos resolverlo todos. No se trata de un asunto providencial. Pero la idea de que el Mesías va a llegar y que están tratando de encontrarlo es evidente. Ahora mismo lo están viviendo en Belisario. 

 

¿Y a Aracataca? ¿Por qué no has vuelto? 

- Lo que sucede con Aracataca es que hubo un momento en que ya no pude ir con naturalidad. Yo llegaba y se paralizaba todo. La gente se echaba a las calles. Se volvía aquello una fiesta gamonal. Y esto ocurría hace mucho tiempo. Lo formidable sería poder llegar al pueblo y estar ahí, como un cataquero cualquiera…

 

El pueblo sigue hablando de tu desamor. Que no les construyes una escuela, que… 

- Las escuelas son dadas por el gobierno, no por los particulares. Fíjate, sin embargo, que yo podría llegar a Aracataca de la manera más natural y visitar gente y amigos. Pero, ¿tú sabes lo que es estar en una casa y todo el pueblo en la puerta viéndolo a uno ahí sentado? Yo soy muy tímido para esa vaina… 

Súbitamente se pone de pie, mira el reloj y dice en dirección a Mercedes, que habla en el comedor lleno de flores con el cineasta Guillermo Angulo, en México desde hace varios días: 

- ¡Bueno, vámonos que estos no llegaron! 

Y se va, casi tropezándose al salir, para mirar al lado y lado de la calle a ver si pasa un carro y entonces llega enseguida, rauda, la limusina manejada por Álvaro Mutis y “Gabo” se monta con Mercedes y doblan hacia la autopista que los llevará hacia ‘Los Pinos’, donde habrá una condecoración y un abrazo presidencial de López Portillo, una copa de champaña para brindar por todas esas medallas que también guardará Mercedes en una urna de cristal con las demás, que son bastantes, en medio de los fogonazos de los fotógrafos y las preguntas a rifle de tanto periodista que lo quiere y le pregunta por apartes de ese discurso sentido que le dedicó a los mexicanos, con sus propios ojos hundidos por la emoción, hablando, en nombre de los indocumentados del mundo. 

Después intentará llegar a casa y lo recibirán con flores y tarjetas, telegramas, frutas y regalos otra vez. Llamadas que repicarán de nuevo porque ya le arreglaron ese teléfono a Gabriel, ese teléfono pendejo o previsivo que se recalentó y dejó a tantos sin felicitar de viva voz al novelista y él que  no querrá atender más cuestionarios de prensa inteligentes ni espabilar intermitente ante los flashes y deseará mandarlo todo pa’l carajo, así sea por un instante, para quedarse un rato con sus amigos, como la noche que llegamos a Colombia y después de tanta preguntadera y de tanta foto dentro del estudio, hablando de los 170 dólares que le paga el Nobel, de ‘Eréndira’, la película que dirige desde ayer el brasilero Ruy Guerra con Irene Papas como la abuela desalmada y Claudia Hona como su cándida nieta, del periódico a financiar con el Nobel, de esa historia de amor en novela que terminará en seis meses si lo dejamos solo y siempre del premio sueco, que cuándo lo recibe, que si irá de guayabera, que si se morirá de frío, hasta que él serio y mamando gallo se despida y se meta a escribir en su estudio, después de repetirnos decidido y casi con ternura, como el jueves, “¡Y no me jodan más con ese Nobel”. 

 

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