Moscú, la aldea más grande del mundo

*Gabo fue escritor de CROMOS y el 14 de septiembre de 1959 contó sobre su viaje a Moscú.*
Moscú, la aldea más grande del mundo

 

Moscú- la aldea más grande del mundo- no está hecha a la medida humana. Es agotadora, apabullante, sin árboles. Los edificios son las mismas casitas de los pueblos de Ucrania aumentadas a tamaños heroicos. Es como si a los mismos albañiles les hubieran dado más espacio, más dinero y más tiempo para desarrollar su inquietante sentido de la decoración. En pleno centro se encuentran patios de provincia con ropa colgada a secar en alambres y mujeres que dan de mamar a sus niños. Aun esos vacíos rurales tienen proporciones diferentes.  Una modesta casa de tres pisos de Moscú es tan alta como un edificio público de cinco pisos de una ciudad occidental y es sin duda más costosa, más pesada y espectacular. Algunas parecen sencillamente bordadas a máquina. El mármol no ha dejado espacio para el vidrio. No se ve el comercio. Las escasas vitrinas de los almacenes del estado –pobres y escuetas- se pierden en la aplastante arquitectura de pastelería. Por los amplios espacios destinados a los peatones circula una  muchedumbre lenta, arrolladora, como un torrente de lava. Yo experimenté una emoción indefinible – que debía estar destinada a mi primer desembarco en la luna- cuando el automóvil que me condujo al hotel se aventuró por la infinita perspectiva de la avenida Gorki. Pensé que se necesitaban por lo menos 20 millones de personas para llenar a Moscú. El intérprete me confirmó modestamente que sólo tiene 5 millones y que su problema más grave es la escasez de viviendas.

No hay calles modestas. Hay un solo sistema de avenidas que convergen al centro geográfico, político y sentimental de la ciudad: la Plaza Roja. El tránsito –sin bicicletas- es abigarrado y alucinante. El nuevísimo Cadillac del embajador de Uruguay –el del embajador de U.S.A. es un modelo antiguo- contrasta con los automóviles rusos de colores neutros, copiados de los modelos americanos de post guerra, que los soviéticos conducen como si fueran carretas de caballos. Debe ser la tradición de la troika. Ruedan apelotonados a un lado de la avenida, dando saltos y a grandes velocidades, de la periferia al centro de la ciudad. De pronto se detienen, dan la vuelta alrededor de un semáforo y se lanzan desbocados por el otro lado de la avenida, en sentido contrario. Es indispensable llegar al centro para incorporarse a la circulación radial. Sólo cuando nos explicaron la organización del tránsito comprendimos por qué se necesitaba una hora para llegar a cualquier parte. A veces hay que recorrer un kilómetro para pasar en automóvil a la acera de enfrente.

La multitud – la más densa de Europa- no parece alarmada por la desproporción de las medidas. En la estación del ferrocarril encontramos una muchedumbre de moscovitas que seguían viviendo su vida a pesar del festival. Estaban atascados detrás de una barrera mientras se abrían las plataformas para subir a un tren y esperaban con una especie de inconciencia lerda, con los puros instintos, como espera el ganado. La desaparición de las clases es una evidencia impresionante. La gente es toda igual, en el mismo nivel, vestida con ropa vieja y mal cortada y con zapatos de pacotilla. No se apresuran ni atropellan y parecen tomarse todo su tiempo para vivir. Es la misma multitud bobalicona, buenota y saludable de las aldeas pero aumentada a una cantidad colosal. “Desde cuando llegué a Moscú – me decía un delegado inglés- tengo la impresión de estar detrás de una lupa”. Sólo se conversa con los moscovitas, cuando se les individualiza, uno descubre que aquella multitud pastosa está formada por hombres, mujeres y niños que no tienen nada de común y corriente.

Los retratos de tamaño heroico no son una invención de Stalin. Es algo que viene de muy lejos en la psicología de los rusos: el instinto del volumen y la cantidad. A Moscú llegaron –entre extranjeros y turistas nacionales- 92.000 personas en una semana. Los trenes que movilizaron esa enorme muchedumbre no sufrieron un contratiempo. Los 14.000 intérpretes estuvieron en el momento preciso en el lugar preciso con instrucciones concretas para evitar la confusión. Cada extranjero tuvo la certidumbre de que se le había reservado una recepción particular. No hubo inconvenientes de abastecimiento, servicios médicos, transporte urbano y espectáculos. Ningún delegado recibió una consigna individual. Parecía que cada cual actuaba por su cuenta, sin límites ni control y sin saberlo cada cual formaba parte de un delicado sistema. Se impuso la ley seca. Cada delegación disponía de un número proporcional de autobuses: 2.300 en total. No hubo congestión ni limitaciones del transporte ordinario. Los delegados tenían además una credencial con su nombre transcrito fonéticamente en ruso, su nacionalidad y si dirección en Moscú, con la cual podían viajar gratis en cualquier vehículo de servicio público. A nadie se le señaló una hora para dormir. Pero a la media noche en punto se cerraban los establecimientos. A la una se suspendían los transportes y Moscú se convertía en una ciudad desierta.

Yo tuve la suerte de ver lo que sucedía después de esa hora. Una noche perdí el último metro. Nuestro hotel estaba situado a 45 minutos de la Plaza Roja, en autobús. Me dirigí a una muchacha que andaba por ahí –con un montón de tortuguitas de material plástico, en Moscú, a las 2 de la madrugada!- y ella me indicó que tomara un taxi. Le hice ver que sólo tenía dinero francés y que a esa hora no valía la carta del festival. Ella me dio 50 rublos, me indicó donde podía encontrar un taxi, me dejó de recuerdo una tortuguita de material plástico y no la volví a ver jamás. Esperé un taxi durante dos horas en una ciudad que parecía desangrarse. Por último encontré un permanente de policía. Mostré mi credencial y me hicieron señas de sentarme en una hilera de bancas donde cabeceaban varios rusos bobos de la borrachera. El agente conservó la credencial. Un momento después nos subieron en una radiopatrulla que repartió durante dos horas, por todos los rincones de Moscú, a los borrachos concentrados en el permanente. Llamaban a la puerta de las casas. Sólo cuando salía una persona responsable le entregaban al borracho. Yo estaba profundamente dormido cuando oí una voz que me llamó por mi nombre, perfecto y familiar, como lo pronuncian mis amigos. Era el agente de la policía. Me devolvió la credencial – donde estaba mi nombre transcrito fonéticamente en ruso- y me indicó que estábamos en el hotel. Yo le dije: “Spatsiva”. El se llevó la mano al kepis, se puso firme y me respondió seco: “Proyauslta”.

Había un orden perfecto dirigido por una autoridad invisible. El estadio tiene capacidad para 120.000 personas. La noche de la clausura del festival los delegados en masa asistieron a un espectáculo de una hora. Durante el día la multitud callejera regaló globos de colores. Los delegados se paseaban encantados con sus globos y como la clausura tuvo lugar antes de la comida se fueron con ellos al estadio. Las graderías empezaron a llenarse a las siete, el espectáculo empezó a las ocho y a las diez el estadio estaba otra vez vacío y cerrado. No hubo un segundo de confusión. Los intérpretes se abrían paso a través de la multitud abigarrada, de una disciplina ejemplar, sin cordones de policía y decían a los delegados: “Por aquí”. Los delegados seguían por allí con sus globos de colores. El espectáculo estuvo a cargo de 3.000 gimnastas. Al final, una banda de 400 músicos tocó el himno de la juventud y desde las graderías de las delegaciones soviéticas empezaron a soltar los globos. Todo el estadio hizo lo mismo. El cielo de Moscú, iluminado con reflectores anti-aéreos desde los cuatro extremos de la ciudad, se llenó de globos de colores. Más tarde supimos que aquel hermoso espectáculo – que nosotros mismos habíamos hecho sin saberlo- estaba previsto en el programa.

Ese sentido de lo colosal, de la organización multitudinaria, parece ser un aspecto importante de la psicología soviética. Uno termina por acostumbrarse a la cantidad. Los fuegos artificiales en una fiesta de 11.000 invitados en los jardines del Kremlin duraron dos horas. Las explosiones hacían temblar la tierra. No llovió: las nubes habían sido previamente bombardeadas. La cola frente al Mausoleo –donde se conservan los cadáveres de Lenín y Stalin- tiene dos kilómetros cuando se abren las puertas a la una de la tarde. El movimiento es continuo: nadie puede detenerse frente a las urnas. A las cuatro se cierran las puertas y la cola tiene todavía 2 kilómetros. Inclusive en invierno, bajo la borrasca de nieve, la cola frente al Mausoleo tiene 2 kilómetros. No es más larga porque lo impide la policía. 

En un país así es inconcebible el teatro de cámara. La Ópera Nacional representó “El Príncipe Igor” en el teatro Bolchoi, tres veces al día durante una semana y en cada función intervinieron 600 actores diferentes. Ningún actor soviético puede representar más de una vez al día. En una escena participa todo el conjunto y además media docena de caballos de carne y hueso. Ese espectáculo monumental –que dura 4 horas- no puede salir de la Unión Soviética. Sólo para transportar los decorados se necesitan 60 vagones de ferrocarril.

En cambio los soviéticos se enredan en los problemas pequeños. Las pocas veces que nosotros nos incorporamos al gigantesco mecanismo del festival vimos una Unión Soviética en su ambiente: emocionante y colosal. Pero cuando andábamos como ovejas descarriadas, metiéndonos en la vida ajena, encontrábamos una Unión Soviética atascada en minúsculos problemas burocráticos, aturdida, perpleja, con un terrible complejo de inferioridad frente a los Estados Unidos. Las circunstancias de nuestra llegada nos permitieron empezar por allí. Nadie nos esperaba porque llevábamos casi una semana de retraso. Una mujer que parecía estar en la estación por casualidad y que hablaba el francés corrientemente nos condujo a una sala de espera. Allí había otras ovejas descarriadas: tres africanos negros. Varios hombres despelucados hicieron muchas llamadas telefónicas sin resultado aparente. Yo tenía la impresión de que en la central de teléfonos había un nudo de líneas que nadie podía desenredar. Por último uno de los hombres nos indicó en un inglés aproximativo que nos separáramos por idiomas. Franco se hizo conmigo para que nos llevaran al mismo hotel.  

Micha – nuestro intérprete inolvidable- llegó un cuarto de hora después con una camisa ucraniana, un mechón rubio entre los ojos y un cigarrillo aromático sostenido entre los dientes. Esa manera de fumar le permitía mostrar su espléndida sonrisa sin soltar el cigarrillo. Me dijo algo que no entendí. Yo creí que estaba hablando ruso y le pregunté si hablaba francés él hizo un esfuerzo de concentración para decirnos, en español, que era intérprete de español.  Más tarde Micha nos contó muerto de risa como aprendió el español en seis meses. Era un matarife de 30 años. Estudió nuestro idioma con el objeto de participar en el festival. El día de nuestra llegada todavía se le empastelaba la lengua y confundía sistemáticamente el verbo “despertar” con el verbo” amanecer” pero sabía de América del Sur mucho más que un suramericano corriente. Durante nuestra permanencia hizo progresos alarmantes. En la actualidad es el único especialista soviético en la jerga de los choferes de Barranquilla.

La circunstancia de haber estado en Moscú en un momento excepcional fue sin duda un obstáculo para el conocimiento de la realidad. Yo sigo creyendo que la gente había sido preparada con consignas muy precisas. Los moscovitas – de una espontaneidad admirable- manifestaban una resistencia sospechosa cuando se insistía en visitar sus casas. Muchos cedían: el hecho es que ellos creen que viven muy bien y en realidad viven mal. El gobierno debió prepararlos para que los extranjeros no viéramos el interior de las casas. En el fondo muchas de las consignas debían ser tan insignificantes y académicas como esas.

Había en cambio una extraordinaria ventaja: el festival fue un circo que se le montó al pueblo soviético, desconectado del mundo durante 40 años. La gente tenía deseos de ver, de tocar un extranjero para saber que estaba hecho de carne y hueso. Nosotros encontramos muchos soviéticos que no habían visto un extranjero en su vida. A Moscú vinieron curiosos de todos los rincones de la Unión Soviética. Aprendieron los idiomas al galope para hablar con nosotros y nos dieron así la oportunidad de viajar por todo el país sin movernos de la Plaza Roja. Otra ventaja era que en la confusión del festival, donde el control policivo individual era materialmente imposible, los soviéticos debieron hablar con mayor libertad. 

Yo debo admitir honestamente que en aquél barullo de quince días, sin hablar ruso, no pude sacar en claro nada definitivo. Pero en cambio creo haberme dado cuenta de muchas cosas fragmentarias, inmediatas, superficiales, que de todos modos tienen más importancia que el hecho cuadrado de no haber estado en Moscú. Tengo la manía profesional de interesarme por la gente. Y creo que en ninguna parte puede verse gente más interesante que en la Unión Soviética. Un muchacho de Mursmansk, que tal vez había ahorrado un año para hacer el viaje de cinco días en tren, nos detenía en la calle y preguntaba: 

 

-    Do you speak english?     

Era lo único que sabía de inglés. Pero nos agarraba por la camisa y nos seguía hablando en un ruso desesperado. A veces aparecía un intérprete providencial. Entonces iniciaba un diálogo de muchas horas con una multitud ansiosa de que les contáramos el mundo.  Yo refería historias sencillas de la vida colombiana y la perplejidad del auditorio me hacía creer que eran historias maravillosas.

La sencillez, la bondad, la franqueza de la gente que andaba por la calle con los zapatos rotos no podía ser una consigna del festival. Yo pregunté muchas veces, con una crudeza deliberada, nada más para ver qué ocurría: “¿es cierto que Stalin era un criminal?”. Ellos respondían imperturbables con pedazos del informe Krutchev. No hubo un solo indicio de agresividad. Por el contrario siempre encontré la intención deliberada de que nos lleváramos un recuerdo grato del país. Eso es lo único que me permite pensar que los soviéticos –de una manera general- son leales a su gobierno. No era una multitud cargante. No se apresuraban a decirnos las cosas. Nos miraban pasar con su timidez aldeana, con su parsimonia de ganso, sin atreverse a perturbarnos. Cuando uno tenía deseos de conversar le decía a la multitud, sin dirigirse a nadie en particular: “Drushva”. Es decir: “Amistad”.  Entonces nos asaltaban con insignias y monedas a cambio de autógrafos y direcciones. Es un pueblo que está desesperado por tener amigos. Nosotros preguntábamos cuál es la diferencia entre el presente y el pasado. Una respuesta se repetía con notable frecuencia: “que ahora tenemos muchos amigos”. Ellos quieren tener más. Desean escribirse, privadamente, hablando de cosas de la gente, con gente de todo el mundo. Yo tengo aquí en el escritorio un montón de cartas de Moscú, que ni siquiera puedo entender, enviadas por esa multitud anónima a quien íbamos dejando la dirección por salir del paso. Solo ahora me doy cuenta de nuestra irresponsabilidad. Era imposible controlar las direcciones. Si un delegado se detenía frente a la Catedral de San Basilio, a firmar autógrafos, media hora después la multitud de curiosos no cabía en la Plaza Roja. No es una exageración: en Moscú, donde las cosas aplastan por sus dimensiones colosales, la Plaza Roja –el corazón de la ciudad- desilusiona por su pequeñez. 

AL poco tiempo de estar en Moscú un turista honesto se da cuenta de que se necesita un sistema de pesas y medidas diferente al nuestro para valorar la realidad. Nosotros tenemos nociones elementales que a los soviéticos no les cabe en la cabeza. Y al contrario. Un grupo de curiosos que me detuvo una noche frente al parque Gorki, me permitió darme cuenta de eso, tres días después de estar en Moscú. Una muchacha – estudiante del Instituto de Idiomas del Leningrado- me propuso en perfecto español – y esto quiere decir que no cometió un solo error en una discusión de tres horas- :”Nosotros le respondemos lo que usted quiera a condición de que nos responda con la misma franqueza”. Acepté. Ella me preguntó qué me disgustaba de la Unión Soviética. A mi me estaba dando vueltas en la cabeza la idea de no haber visto perros en Moscú.

 

-    Me parece atroz que se hayan comido todo los perros, dije. 

La intérprete se quedó perpleja. La traducción de mi respuesta ocasionó una ligera conmoción. Conversaron confusamente en ruso. Luego una voz femenina en el fondo gritó en español: “esa es una calumnia de la prensa capitalista”. Yo expliqué que era una comprobación personal. Ellos negaron seriamente que se los hubieran comido pero admitieron que habían muy pocos perros en Moscú. Cuando me correspondió el turno de preguntar recordé que el profesor Andrés Toupolev, inventor de los turbo-reactores soviéticos TU-104, es un multimillonario que no sabe qué hacer con la plata. No puede invertirla en la industria ni comprar casas para alquilar. Cuando muera, sus baúles atestados de rublos muertos volverán al estado. Pregunté:

 

 - ¿Un hombre puede tener cinco apartamentos en Moscú?

 - Naturalmente, me respondieron pero ¿cómo diablos puede hacer un hombre para vivir en cinco apartamentos a la vez?

Los soviéticos –que han viajado mucho por los mapas y se saben de memoria la geografía universal- están increíblemente mal informados de la actualidad periodística. Así como los aparatos de radio no tienen sino un solo botón, los periódicos – que son de propiedad del estado- tienen una sola onda: “Pravda”. El sentido de la noticia es rudimentario: solo se publican los acontecimientos extranjeros muy importantes y en todo caso orientados y comentados.  No se venden revistas ni periódicos del exterior, salvo alguno de los partidos comunistas europeos. Es indefinible la sensación que produce hacer un chiste sobre Marilyn Monroe y que la concurrencia se quede en las nubes. Yo no encontré un soviético que supiera quién es Marilyn Monroe. En cierta ocasión vi un kiosko empapelado con la “Pravda” y en primera página un titular a ocho columnas. Pensé que había estallado la guerra. El título decía: ”Texto completo del informe sobre la agricultura”.

Es natural que inclusive los periodistas se formen un embrollo en la cabeza cuando les explico nuestro sentido de la actualidad periodística. Un grupo de empleados que vino a la puerta de nuestro hotel con un intérprete me preguntó cómo funciona un periódico en occidente. Yo les expliqué. Cuando se dieron cuenta de que había un propietario de por medio hicieron comentarios de incredulidad.

 

-    En todo caso – dijeron- debe ser un señor muy raro.

Me explicaron su pensamiento: “Pravda” le cuesta al estado mucho más de lo que produce. Yo repliqué que en occidente es lo mismo pero que las pérdidas se compensan con los anuncios. Hice dibujos, cuentas y ejemplos, pero ellos no entendieron la noción de avisos de publicidad. En la Unión Soviética no existen porque no hay producción privada ni competencia. Los llevé a la pieza del hotel y les mostré un periódico con anuncios. Había dos anuncios de dos diferentes marcas de camisas.

 

-    Estas dos empresas fabrican camisas, expliqué. Ambos dicen al público que sus camisas son mejores.

-    ¿Y la gente qué hace?

Yo traté de explicar cómo influye la publicidad en el público. Ellos escucharon con mucha atención. Luego uno preguntó: “¿Y cuándo la gente sabe cuáles son las mejores camisas porqué permiten que el otro siga diciendo que las suyas son las mejores?”. Yo expliqué que el anunciante tenía derecho a hacer su publicidad. “Además – dije- hay gente que sigue comprando las otras camisas”.

 

-¿Aunque sepan que no son las mejores?

- Probablemente, admití.

Ellos contemplaron los avisos largo rato. Me dí cuenta de que estaban discutiendo sus primeros conocimientos de la publicidad. De pronto –nunca pude saber porqué- se sentaron a torcerse de risa.

 

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