El prestidigitador de Aracataca

*A Kipling le dieron el Nobel a los 41 años. A Camus a los 44. A Gabo a los 54, pero después de la más vertiginosa carrera literaria de este siglo. Cien años de soledad, el libro que nació clásico, fue publicado hace solo quince años. Este es un intento de analizar cómo un niño que oía alelado las historias de su abuela se convirtió, gracias a su memoria, su sabiduría literaria, su imaginación y su humor, en el escritor más famoso del mundo. *
El prestidigitador de Aracataca

 

 

Por Nicolás Suescún. Fotos: Archivo Cromos

 

Imagínese un niño que pestañea y pestañea, tanto que sus padres lo dan por enfermo. Hasta que le confiesa a su madre que lo hace para poder captar bien las cosas y para que los demás no se den cuenta de que está mirando. Precoz periodista, el niño ha descubierto la fotografía sin una cámara y se ha puesto a tomar instantáneas de las cosas. Así, todo se convierte para él en un desfile de imágenes interrumpido cada segundo, como las tomas congeladas de una película. 

Una niñez de fábula

Ese niño era Gabriel García Márquez. Quería absorber todo lo que estaba a su alrededor y quizá ponerle secretamente nombre, como lo hicieron con letreros los amnésicos macondianos, esos fantásticos compadres nuestros que nos hicieron ganar la lotería del Nobel, brindándonos a los colombianos un caudal sin precedentes de alegría y de orgullo. 

Quería también atesorar en su fabulosa memoria las historias que contaba la abuela que lo crió, así como después, ya periodista profesional, hizo acopio de las historias que la realidad nos ofrece sin descanso. Se ha hablado mucho de la influencia de Faulkner en nuestro primer premio Nobel, pero esta se reduce a la idea de crear un mundo cerrado en el que el autor se puede dar el lujo de ser un auténtico creador, un dios que hace y deshace a su antojo, y no un copista más de la realidad. 

CGC_2596 Foto: Archivo Cromos  

Pero las influencias profundas, las que cuentan verdaderamente, son las historias que su abuela le contaba con un vocabulario del siglo de oro, el inmenso acervo de leyendas, cuentos, chismes, chistes y canciones que oyó de niño y de joven, los relatos de tragedias y matanzas que le contó su padre, los poetas españoles que ya sabía de memoria cuando llegó a Bogotá a los 15 años, en 1943, y los poetas colombianos que leyó en interminables horas pasadas en los lentos tranvías y los cafés bogotanos, llenos de humo, de boleros y del tintineo de vasos y pocillos.  

Su obsesión poética lo llevó a formular intuitiva y secretamente un deseo que con el tiempo se convirtió en fulgurante realidad. Hacer poesía con la novela, hacer que esta fuera poesía, es decir, lo real maravilloso de Cien años y El otoño. Y sus novelas nacieron de poéticas imágenes que se grabaron en su mente como las metáforas de los piedracielistas: un niño sentado, un hombre esperando un muelle, un anciano en un palacio lleno de vacas.

 

Corroncho entre cachacos

Durante los seis años que pasó interno en Zipaquirá, haciendo su bachillerato gracias a una beca conseguida más por suerte que por justicia, conservó en su cerebro todo cuanto había escuchado y visto en la niñez, ese mundo en el que ya se mezclaban indisolublemente la realidad y la fantasía, y lo fue enriqueciendo con vivencias y lecturas personales, o escuchando las novelas de Dumas o libros como La montaña mágica, en las veladas literarias que amenizaban las  heladas noches sabaneras de los alumnos del internado.

Su llegada al frío y la niebla del altiplano fue traumática y el aislamiento en que se encontró –corroncho entre cachacos- debió pulir y hacer más nítido ese universo secreto que llevaba adentro, nada menos que los cimientos de Macondo. Después de Zipaquirá, en la capital, en Cartagena, Barranquilla, con amigos como Camilo Torres o Gustavo Ibarra Merlano, con los viajes que le permitió el periodismo por todo el mundo, con el amor y el matrimonio fue aumentando su tesoro cada vez con más seguridad, desde el día en que Eduardo Zalamea publicó su primer cuento, La tercera resignación, y el novel autor decidió que estaba metido en un lío del carajo y que no le quedaba más remedio que volverse buen escritor. Y escribir era narrar.

CGC_2597 Foto: Archivo Cromos Con alvaro Cepeda en uno de los festivales vallenatos: los unían la música, la comida, el humor y su aversión a los cachacos.

El nacimiento de un narrador

Entre sus amigos de la Cueva en Barranquilla, Álvaro Cepeda, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, siempre tuvo fama de embustero, tal vez no tanto porque fuera realmente mentiroso sino porque su inaudible destino de narrador lo obligaba a redondear, a llenar espacios vacíos y adornar las historias que contaba con parsimonia para poder estudiar la reacción de los tres amigos, todos nacidos en marzo y todos entusiastas literatos.

En Barranquilla, por obra de Cepeda, leyó a Faulkner y a Hemingway, a Dos Passos y a Dreiser. Los leyó con ojo de novelista, desmesurando la forma, y vio así la estructura que le convenía para narra mejor lo que quería contar, al historia de su familia y de su tierra. La casa se llamaba el manuscrito que escribió en El rascacielos, el viejo edificio donde vivía encima de un burdel y de una notaría, y ya era el núcleo de ese Macondo  que le invadiría el mundo y se convertiría para él en la imagen de un país y un continente.

Había ya en el muchacho flaco, tímido y enfermizo, pero que en la Costa había recobrado la alegría y el mamagallismo y se la pasaba tocando vallenatos de Escalona en una  dulzaina, la voluntad totalizadora que lo llevó de sus primeras novelas a Cien años y El otoño. Esto  se percibe leyendo su obra en orden. El paso del realismo, en el que apenas se vislumbra el mundo fantástico del autor a lo real maravilloso, la síntesis de realidad y fantasía de sus dos grandes novelas es lo que explica su logro único y su genio, que conquistó al mundo antes de ganar un premio que no solo da fe de la impresionante popularidad de un libro que en 15 años ha sido traducido a más de treinta lenguas.

CGC_2599 Foto: Archivo Cromos En Roma, en 1968, con Alfonso FuenMayor, uno de los pocos amigos anteriores a la celebridad.  

 

Cien años Desde la primera línea, Cien años de soledad atrapa al lector en una dimensión diferente de la de sus obras anteriores. En ella no trata de captar un personaje en su vida diaria, como en El Coronel no tiene quien le escriba, ni se cuela en la memoria de alguien como en La Hojarasca. Los pergaminos de Melquiades se inician con esta frase: “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. El coronel sí tendría que pararse de espaldas “ante seis maricas armados y sin poder hacer nada”, pero su hermano José Arcadio lo salva de la muerte. Es una frase que se refiere a un pasado remoto y a un futuro ambiguo que tendrá y no tendrá lugar.

Es también el principio de una intrincada y bellísima metáfora, que en los múltiples matices de su interpretación en la inagotable riqueza de sus sugerencias y en la exactitud de una fantasía, no es otra con que la crónica entera y verídica de una estirpe mestiza de una región tropical, de un país tropical.

Aparecen en ella, según el orden cronológico de su nacimiento, los Buendía, llamados José Arcadio y Aureliano para desesperación de los lectores perezosos, y aparecen también sus mujeres, Úrsula, Maranta, Remedios, Rebeca, Remedios la bella, Pilar Ternera, Santa Sofía de la Piedad, Fernanda del Carpio, Meme, Amaranta Úrsula. Esa es la sangre “de locos” como diría Úrsula de sus machos, están el conquistador, el científico, el guerrero, el poeta, el aventurero, el vicioso, una galería de personajes en la que en cierto modo está contenida la humanidad, no por tratarse de una familia de superhombres sino porque es una estirpe vista en su totalidad, desde su principio hasta su fin, y porque todo es un reflejo de una modalidad social mucho más amplia. La ambigüedad de los nombres masculinos es apenas una de las formas más superficiales como García Márquez universaliza su mensaje y nos transporta, como Melquiades, de una realidad cotidiana a otra, más vasta y profunda.

CGC_2600 Foto: Archivo Cromos Como homenaje a la amistad que unía a Gabo con Feliza Burztyn (murió ante sus ojos), esta fiesta vallenata, con Mercedes.  

De Macondo a Aracataca

Macondo, ese nombre que tuvo una resonancia sobrenatural en el sueño de Jose Arcadio, su fundador, es una aldea de veinte casas de barro y cañabrava donde nadie ha muerto y donde nadie tiene más de treinta años. Es, pues, el paraíso, el principio del mundo, pero no literalmente, porque también estamos en los comienzos de Aracataca, el pueblo de la zona bananera donde nació Gabo.

Entre el mito y la historia

La historia ya ha tenido lugar. La conquista española es esa armadura oxidada “cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabozo lleno de piedras”. Pero la fundación del pueblo y de una estirpe nos lleva al principio de las cosas, a una época de primitiva inocencia, de terna y calurosa siesta del trópico, donde el conocimiento del mundo exterior llega en las manos de gorrión de Melquiades, un gitano prestidigitador que después de muchos años será el primer muerto de Macondo, marcada desde entonces con un puntito negro en “el abigarrado mapa de la muerte”.

A medida que nos alejamos de esa Arcadia tropical, reino de la imaginación, nos internamos en el principio de la ruina y depredación de Aracataca, devastada por la compañía bananera. La peste del olvido, como tantos otros reflejos multiplicados en el libro como en una galería de espejos, pasa entonces del nivel alegórico de la metáfora a su nivel histórico. El pueblo olvida la matanza, del mismo modo como el país entero olvida su pasado.

CGC_2602 Foto: Archivo Cromos Esta señora sonriente y robusta es Carmen Balcells, agente literaria de Gabo y defensora del mínimo centavo de sus libros.

 

Macondo es palabra que evoca un reino en las profundidades del inconsciente, el reino de la memoria, no sólo de la memoria de un hombre sino la memoria colectiva de una región que el escritor, genial periodista de la imaginación, logra encerrar en tres centenares de páginas. Su gran acto creador es el haberle dado a todo ese material que había absorbido ávidamente, a todo lo largo de su vida, un marco novelístico que implicó un salto, un abandono del punto de vista naturalista y una vuelta al pasado literario, cuando la novela era narración pura. Lo que parecía un paso hacia tras, era una atrevida solución que le dio un vuelvo a la literatura mundial.

El prestidigitador y sus amigos

Tanto el estudio de las influencias como la identificación de los personajes, la revelación de las innumerables alusiones privadas, al búsqueda de las 42 contradicciones o de los seis errores graves que el autor mismo contó, así como todas las claves íntimas que se encuentran en El otoño, su novela más compleja y ambiciosa, serán el pasto para los críticos por más de cien años.

Pero localizar, precisar, desmenuzar todo esto no añade nada a los libros de un escritor que, como los antiguos narradores orientales, colma el deseo de fantasía y diversión de cualquier lector.

CGC_2604 Foto: Archivo Cromos Su autenticidad se puso a prueba al recibir el grado en Columbia: bajo la toga tenía guayabera.  

El hecho de que además de esto sus libros sean para algunos una clave de la sociedad y de su historia, le añade simplemente una dimensión más. Desentrañarla es labor de críticos y estudiosos. Los demás millones -¿y cuántos más serán ahora con el nobel?- se dejarán llevar por el embrujo de su magia y sin percibirlo conscientemente, sabrán cómo es Colombia, ese desconocido país que un hijo suyo, pródigo en talento, logró pintar de cuerpo y alma. 

“Soy escritor, dijo una vez, por timidez. Mi verdadera vocación es la prestidigitación, pero me ofusco tanto que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quiera más”. Es raro el ser humano que tenga la fortuna de colmar sus deseos infantiles. Gabo es uno de ellos. La soledad de la literatura lo volvió prestidigitador inimitable de las palabras, y sus amigos, fuera de los de siempre que tanto lo quieren, son ahora los millones que han amado sus libros y los muchos otros millones que los amarán en el futuro.

 

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