Esa madrugada

*Vargas Llosa- García Márquez: lo que realmente ocurrió. El escándalo de esta historia no es el que mucho imaginan…ahí fue cuando empezaron a aflorar los chismes.*
Esa madrugada

 

 

 

Por: Camila Duarte . Archivo Cromos, abril 7 de 1976

 

¿Qué ocurrió realmente? En Barcelona, a donde he ido para indagarlo, sus amigos comunes están perplejos. No comprenden. No se lo explican. “Es una locura”, dice. Desde que se vieron por primera vez en el aeropuerto de Maiquetía, en agosto de 1968 (con ocasión de la entrega del primer premio Rómulo Gallegos), García Márquez y Vargas Llosa eran amigos, sin sombra ni recelo, como rara vez llegan a serlo dos escritores cuya procedencia común –latinoamericanos- y su fama se exponen a la rivalidad. Cuando residían juntos en Barcelona, se veían diariamente. Vivían a sólo treinta metros de distancia, en una calle tranquila y sombreada del barrio de Sarría. Los hijos del uno andaban en casa del otro y sus dos esposas, Mercedes y Patricia, parecían tan unidas como dos hermanas.  Recibían en casa a los mismos amigos. Los dos escritores tenían el mismo agente; un agente que, como dijera un periodista, parecía a veces na mamá común. La emprendedora Carmen Balcells, en efecto, no solo se ocupaba de vender sus libros en todo el mundo, sino también de pagarles el alquiler y el teléfono, contestar su correspondencia, separarles cupos en los aviones y aún comprarles, si era necesario, zapatos y calcetines. Y fue esta estrecha, sólida y poco usual amistad de ocho años la que Vargas Llosa rompió de un puñetazo, el mes pasado, en Méjico.

El más sorprendido con el incidente fue el propio García Márquez. Aquel día vio con su esposa desde Cuernavaca, conduciendo su automóvil a 100 kilómetros por hora, para ver a su amigo Vargas Llosa. Dos años atrás, lo habían despedido en el muelle de Barcelona. Vargas Llosa regresaba en barco al Perú. Desde entonces no se veían. Era natural que el autor de Cien años de soledad, al encontrar a su viejo amigo peruano, abriera los brazos para saludarle. Jamás tuvo indicio alguno de aquella reacción No podía, ni remotamente, sospecharla, ni tenía motivo alguno para temerla. Por eso, su primer reflejo, luego de recibir el golpe, no fue de cólera sino de simple estupefacción. “Ahora que me has pegado, me vas a decir al menos por qué”. “Por el comportamiento que tuviste con Patricia en Barcelona” fue, como es sabido, la respuesta.

Respuesta equívoca que se ha prestado para toda suerte de interpretaciones suspicaces. “Cornudo pero macho” fue el título que un diario bogotano puso a la foto de Vargas Llosa. El tinte amarillento de las crónicas está a la altura del hecho. Todo en él parece sugerir un escándalo. Pero lo tristemente escandaloso de esta historia es que detrás de ella no hay ninguna historia alguna.

"Mario es un musulmán"

En el libro  de Carlos Fuentes “Cantar de ciegos” hay un cuento dedicado a García Márquez. El protagonista, un pintor de moda, encuentra en un coctel a la mujer más bella que ha visto en su vida, una arqueóloga norteamericana. Los dos experimentan una mutua e intensa atracción. Discretamente se dan cita al día siguiente en un banco. Se encuentran, en efecto. Lo que ocurrirá después parece previsible. Ella sube al auto del pintor. Esta dispuesta a todo, pero antes de irse con él le pide que se detenga cinco minutos mientras entra en el diario “El Excelsior” para insertar un anuncio. Cuando regresa, el pintor y su auto han desaparecido.  

El protagonista real de esta historia es el propio García Márquez. Carlos Fuentes no cuenta por qué su pintor huye, pero cualquiera que conozca bien al escritor colombiano podría adivinarlo. Es un hombre capaz de esquivar a la mujer más bella del mundo si sospecha que ésta puede alterar el equilibrio de su vida. Sus impulsos están severamente controlados. Sabe frenar a tiempo para evitar colisiones sentimentales. “Tiene tan buenos frenos, que a veces huele a caucho quemado”, dice uno de sus mejores amigos. Sin ser puritano, jamás se había visto envuelto en tempestuosos líos de faldas. Los rehúye. Es el secreto de su buena armonía conyugal. Muy a menudo la mujer asume en sus novelas un papel importante de preservación y equilibrio, el mismo que han cumplido en su vida su madre y su esposa. Su concepto de la mujer no es machista sino matriarcal. 

Vargas Llosa, en cambio, se aproxima mucho más al esquema tradicional del hombre latinoamericano. Hace dos años, una entrevista que le hiciera Plinio Apuleyo Mendoza, suscitó en España estrepitosas protestas entre mujeres. Cualquiera de nuestros más patriarcales abuelos habría suscrito gustosamente sus opiniones sobre la liberación femenina. “Es un cuento”, decía. Las mujeres no tenían de qué quejarse. La suya era una situación privilegiada. Empeñarse en trabajar y ser independiente era una manera tonta de renunciar a sus privilegios. ¿La liberación sexual? Otro cuento. La mujer en este aspecto es libre desde siempre, pues a ella en última estancia corresponde la iniciativa. La estrategia es distinta a la del hombre. Una de sus armas, por ejemplo, es la coquetería. Postular abiertamente una libertad sexual era peligroso. Se corría el riesgo de deserotizar las relaciones entre los dos sexos.

Aquella entrevista, que indignó a las mujeres, hizo sonreír a sus amigos. Pero no los sorprendió. Siempre les había divertido, por su anacronismo beligerante, los puntos de vista de Vargas Llosa respecto de la mujer. “Mario es un musulmán”, decían.

Un Pedro Picapiedra. Y por añadidura, celoso como un moro. Patricia, su esposa, que es una mujer tranquila y para todos sus amigos muy por encima de cualquier sospecha de infidelidad, comentaba siempre en Barcelona, con buen humor, estos rasgos de la mentalidad y el carácter de su marido. Muy rara vez éste le permitía viajar sola. Su desconfianza parecía basada en el concepto de que la fidelidad sólo la garantiza el hombre a base de firmeza y control. En el fondo, Vargas Llosa parecía tan machista como cualquiera de los militares que parecen en sus novelas. “Un cadete del Leoncio Prado”, le decían bromeando sus amigos.

Una despedida

Me lo han contado en Barcelona. Tras una breve y tempestuosa crisis conyugal (provocada por él, que se enamoró de una joven peruana y se fue con ella a Curazao, Lisboa y España), los Vargas Losa, reconciliados, decidieron instalarse de nuevo en Barcelona. Patricia vino anticipadamente a esta ciudad, sólo por unos días, para buscar apartamento. Sus amigos (los Edwards, los Barral, Carmen Balcells, muchos otros) se apresuraron a invitarla a cenas, fiestas y reuniones. Cuando su esposo llamaba por teléfono, Carmen le hacía bromas inevitables que se hacen a los maridos cuando se quedan en casa y su mujer se va de viaje (“tu esposa decidió liberarse”, etc.). Muy probablemente en Vargas Llosa, dadas sus prevenciones, suscitaron recelos confusos.

En estas circunstancias, García Márquez (estaba en Londres y debía viajar a Méjico donde lo aguardaba su esposa) llegó a Barcelona de paso. Sólo vio a patricia Llosa un día antes de que ésta regresara a Lima. “Quisiera verla –dijo., pero no me gustaría invitarla estando solo”. Desde luego nada especial tendría que lo hubiese hecho; al expresar esta reserva, García Márquez no pensaba en Vargas Llosa, sino simplemente en el clima de chismorreo y maledicencia risueña que flota en ciertos medios de Barcelona. “No hay problema-le dijo Carmen Balcells-, ella y Jorge Edwards viene a cenar esta noche en casa. Ven tú también”.

Fue una animada reunión de amigos. Al terminar la cena, los del grupo decidieron tomarse una copa de alguna parte antes de separarse. Según parece, entraron al Bocaccio, una penumbrosa discoteca muy frecuentada por intelectuales y “snobs” de Barcelona. Luego, ya de madrugada, Carmen Balcells depositó a cada cual en su respectivo domicilio. En suma, aquella fue una velada igual a tantas otras, con la excepción que, por única excepción que, por circunstancias fortuitas, García Márquez se encontraba sin su esposa y Patricia Llosa sin su marido. Al día siguiente ésta tomaba el avión para Lima. Eso fue todo.

¿Todo? No, por desgracia. Pese a su cara de gran ciudad, Barcelona es provinciana. Y de allí, sigilosamente, llegó a Vargas Llosa en Nueva York el chisme inevitable: habían visto a su mujer con García Márquez en el Bocaccio a las cuatro de la mañana bebiendo. De haber ocurrido a la inversa, García Márquez lo habría resuelto todo con una de aquellas bromas suyas bárbaras que lanza con aire de impavidez.  Pero Vargas Llosa carece en este terreno de todo sentido del humor. Crítico frente a muchos aspectos de su realidad social, su relación conyugal sigue todavía impregnada de los conceptos de intransigencia, desconfianza y susceptibilidad unilateral propias del macho hispánico. Fabulado por los celos, el chisme iba a ser traducido en su ánimo crispado y agudamente prevenido como una afrenta intolerable. 

¿Jugaron en su reacción otros ingredientes? Es posible, pero a nivel inconsciente. Celos profesionales o discrepancias políticas pudieron buscar diagonalmente y muy a pesar suyo, este pretexto.

"Solo un pequeño incidente"

Como sea, el gesto de Vargas Llosa no obedeció a un impulso repentino sino a una decisión fríamente decretada. No había bebido. Lo rodeaban en aquel momento periodistas, que se apartaron al ver llegar a García Márquez. Este abrió los brazos para saludar a su amigo. Y fue entonces cuando Vargas Llosa, que concedía declaraciones a una periodista, se incorporó fríamente y sin decirle nada le asestó un puñetazo en el ojo. Luego volvió a sentarse, apenas un poco más pálido. “Esto es sólo un pequeño incidente”, dijo al periodista.

La esposa del autor de Cien años de soledad, que se había quedado en la puerta del teatro con algunos amigos, lo vio aparecer con sangre en la cara. “Mario me pegó y no sé por qué lo hizo”. Mercedes es una mujer reposada, que suele tomar las cosas con mucha calma. Pero en aquel momento, por primera vez en muchos años, se indignó. Entró en la sala donde Vargas Llosa proseguía sus declaraciones. Lo insultó. 2Bien, macho peruano”, empezó diciéndole: “has reaccionado como lo que en el fondo sigues siendo, un cadete de Escuela Militar”.

La lesión sufrida por García Márquez es seria y ha tenido múltiples repercusiones clínicas: encefalogramas, radiografías de la columna vertebral (a consecuencia de la caída, tiene una vértebra dislocada) y exámenes oftalmológicos. Aun así, fue más duro el golpe moral recibido que la trompada. Hombre pacífico, precavido y excepcionalmente vigilante con sus amigos, debe resultarle una arbitrariedad del destino verse envuelto espectacularmente en una historia en fin de cuentas vulgar, sin haber hecho nada para merecerla. Aún un fabulador atrevido como él, no habría podido imaginar nunca que una amistad destinada a pasar a la historia de la literatura latinoamericana terminara de manera tan irrisoria. En este episodio amargo, la realidad ha sido más inventiva y cruel que la ficción.

 

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