Gabo y el cine, su otra pasión

*Fue su otra gran pasión. Y, además, una pasión frustrada. Ni sus guiones ni sus novelas terminaron en la pantalla como él habría deseado. Y, sin embargo, con el cine se divirtió como un niño.*
Gabo y el cine, su otra pasión

quería hacer realmente era cine. Se había vuelto escritor, como alguna vez lo confesó en Venezuela, a la fuerza, desafiado por Eduardo Zalamea Borda, a quien le envió «La tercera resignación» en 1947 para demostrarle que las nuevas generaciones sí sabían escribir; y se había transformado en periodista por una fascinación espiritual. Pero lo que siempre le apasionó, solo por capricho, fue el cine.   

García Márquez era un cineasta frustrado. Fue crítico cinematográfico antes de ser cronista; y cuando viajó a Europa como corresponsal de El Espectador, donde aprovechó para escribir sus extensos reportajes sobre la Cortina de Hierro (y, claro, también El coronel no tiene quien le escriba), en la década del cincuenta, se obsesionó no solo con conocer la famosa Cinecitta, productora de Fellini, Rossellini y Visconti, sino con aprender el oficio. En Roma se alcanzó a inscribir en el Centro Experimental de Cinematografía, la escuela de cine más antigua de Europa occidental, aunque luego desistiera porque ?como siempre se quejó? la parte técnica le resultaba inconcebiblemente complicada. Para García Márquez una cosa era inventar y construir la historia, y otra muy diferente producirla, hacer que cientos de personas confluyeran en el objetivo de que la historia quedara registrada en el celuloide. Suficiente tenía ya con haberse ensayado como codirector en el corto La langosta azul (1954), de creación colectiva con Álvaro Cepeda Samudio, Enrique Grau y Luis Vicens.

De manera que se concentró en aprender sobre montaje, y sobre guion, que era lo más parecido a aprender a escribir una novela. Le interesaba, sobre todo, contar el cuento. 

Cuando a comienzos de los sesentas se trasladó a México, lo hizo con la convicción de convertirse en guionista. Si no hubiera sido porque el duende de la creación lo atrapó durante un viaje en carro y le dictó el primer párrafo de Cien años de soledad, lo más probable es que se hubiera dedicado de lleno al cine. En México García Márquez adaptó con Carlos Fuentes El gallo de oro (1964), que dirigió sin éxito Roberto Gavaldón. Y escribió el guion de Tiempo de morir (1966), también con Carlos Fuentes, que dirigió nada menos que un jovencísimo Arturo Ripstein.  

Ni siquiera el extraordinario éxito literario lo apartó de la creación cinematográfica. García Márquez es autor, por ejemplo, de Milagro en roma (1989), de Edipo alcalde (1996); y de Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988), que escribió con Fernando Birri. Justamente con Birri, y con Julio García Espinosa, hizo realidad uno de sus grandes sueños: dotar a Latinoamérica de una escuela de cine, la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.   

Por su cuenta, decenas de directores se le han medido a llevar las novelas y los relatos de García Márquez al cine: desde el chileno Miguel Littin, que llevó La viuda de Montiel al cine en 1979, hasta el danés Henning Carlsen, que adaptó en 2011 Memoria de mis putas tristes, la última novela de Gabo. El mexicano Arturo Ripstein se arriesgó con El coronel no tiene quien le escriba (1999), quizás la novela más cinematográfica del nobel; y el inglés Mike Newell, con El amor en los tiempos del cólera (2007). Una mujer, Hilda Hidalgo, hizo lo propio con Del amor y otros demonios (2009). Y así…   

Y sin embargo, ninguna de las películas basadas en la obra de García Márquez, ni las escritas por él para cine, ni las adaptadas de sus novelas, lo dejaron satisfecho. Ni a él ni a la crítica, y acaso ni al público. Con razón, terminó admitiendo: «Mis relaciones con el cine son las de un matrimonio mal avenido, que no pueden vivir juntos ni separados».  

A la larga, siempre terminó sucediendo lo que, en el fondo, todos temían: que el lenguaje poético, encantador y literalmente mágico de García Márquez, que tan bien suena leído, era imposible reproducirlo en la pantalla.   

Quizás ahora que Gabo ha muerto, los directores se atrevan a dejarlo ir y realicen sus propias versiones artísticas, liberados de la presión de la fidelidad a tan monstruoso mito de la literatura. Entonces, tal vez, conozcamos el valiosísimo aporte de García Márquez al cine. 

 

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