Gabo y la música

*Haber dicho que Cien años de soledad es un vallenato de cuatrocientas páginas ya habla de su pasión por las melodías de toda índole. Sobre su obra hay porros, óperas y hasta un tango.*
Gabo y la música

Tal vez movido por esa conciencia de cuán difícil o cuán directamente imposible es escribir de música (es como bailar sobre arquitectura, sentenció alguna vez el roquero Frank Zappa), a mediados de la década de 1990 Gabriel García Márquez dejó sobre una servilleta una de las frases más extrañas y a la vez más conmovedoras que alguien se haya inventado para referirse a un músico: «Cuando Lebrijano canta, se moja el agua».

El destinatario de tan poético piropo fue Juan Peña, «El Lebrijano», cantaor flamenco a quien el nobel conoció en una fiesta en Madrid, en casa de Felipe González. Una década después, el músico tomó ese autógrafo, adornado con la famosa flor que siempre dibujaba García Márquez, y lo convirtió en el nombre de un disco del más jondo flamenco posible, con temas llamados

Un día de estos, La cándida Eréndira, Buen viaje señor Presidente y Tu rastro de sangre en la nieve, entre otros. Es innegable la influencia de la música no solo en la obra sino en la vida misma de Gabriel García Márquez. «Descubrí el milagro de que todo lo que suena es música: autos de las calles, claxon, vocerío, todo —asegura una de tantas citas soltadas al rompe por el escritor—. Soy un melómano empedernido, siempre digo mi lema: «lo único mejor que la música, es hablar de música».

Suficiente exposición ha tenido la relación inquebrantable entre su literatura y el vallenato. Francisco el Hombre y Rafael Escalona son personajes en Cien años de soledad, novela definida por su propio autor como un vallenato de 400 páginas. A su vez, la música de acordeón le ha retrucado amablemente con composiciones como Canción para una muerte anunciada, de Lisandro Meza; o de manera sentenciosa, como en Aracataca espera, en la que el compositor Armando Zabaleta, indignado por el destino político del dinero del premio Rómulo Gallegos, no tuvo rubor en decir: «Al escritor García Márquez/ hay que hacerle saber bien/ que uno la tierra donde nace/ es la que debe querer/ y no hacer como hizo él/ que su pueblo abandonó/ y está dejando caer/ la casa donde nació».

En alguna oportunidad, dos críticos españoles le comentaron a García Márquez las similitudes estructurales que habían encontrado entre El otoño del patriarca y el Tercer Concierto para Piano, del compositor húngaro Bela Bartòk. Si bien no entendió mucho de las razones musicológicas esgrimidas por los estudiosos, sí lo sorprendió el hecho de que en el momento de escritura de esa novela se encontrara escuchando, una vez tras otra, esa pieza en particular. Se trataba de un nuevo encuentro del Gabo melómano, que se iniciara con las audiciones de La Sonora Matancera y Pérez Prado en la radio de onda corta, con evolución hacia la música clásica y el rock, en especial Los Beatles, sin mella en sus gustos por lo popular caribeño. «Como chiva podemos decir que por fin hay un Premio Nobel de Literatura al cual le gusta Bienvenido Granda», dijo, según lo cita el investigador musical cubano Rafael Lam.

La música nacida a partir de la obra de García Márquez da cuenta de la relevancia que su figura y obra han tenido en la cultura popular. Así, se entiende la aparición del trabajo Agua de luna (1987) de Rubén Blades, completamente basado en la obra de García Márquez; el álbum de Lebrijano y un buen puñado de piezas sueltas como Me voy pa’ Macondo, de Graciela Arango de Tobón; Los cien años de Macondo, tan bailable como la primera pero lejos de ser colombiana (su autor es el peruano Daniel Díez Canseco) y Años de soledad, tango instrumental de Astor Piazzolla. A ello se le pueden sumar piezas de carácter académico como el oratorio La soledad de América Latina (1992), del compositor belga Dirk Brossé, basado en el discurso de entrega del Nobel; y la ópera Del amor y otros demonios (2008), del húngaro Péter Eötvös.

Tanto sonido alrededor hace que por momentos uno se pregunte cómo es que no existen temas musicales con letra de García Márquez, o al menos algún poema musicalizado. El nobel siempre dijo sentirse sobrepasado por la brevedad de la canción, género que intentó abordar de manera fallida con Armando Manzanero y con Silvio Rodríguez, entre otros. «Poder sintetizar en las cinco o seis líneas de un bolero todo lo que un bolero encierra, es una verdadera proeza literaria», dijo.

Poca gente sabe que Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez cantaron rancheras y sones cubanos en un bar parisino para poder sostenerse en los años cincuenta. La noticia trascendió hacia 2003, cuando la agente literaria del colombiano, Carmen Balcells, anunció la publicación de un disco que incluía además a Julio Cortázar cantando tangos, en registro de una reunión en casa del autor de Rayuela, en la década del ochenta. Si bien aquella información tuvo un despliegue inusitado, once años después seguimos esperando ese lanzamiento. Acaso el eslabón perdido entre nuestra gloria literaria y la música. 

Por Jaime Andrés Monsalve B. 

 

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