La pasión de Gabo por las letras

*«En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía».*
La pasión de Gabo por las letras

Para Gabo la poesía era un vicio que no se curaba nunca. Cuando llegó a Bogotá, a la universidad, pasaba los domingos metido en un tranvía leyendo libros de versos. Así soportaba la desolación de esos lluviosos días capitalinos, a punta de poemas, mientras que el resto de la humanidad, según él, hacía el amor. Su vocación a la lírica iba de la mano de una tristeza de espíritu, de una nostalgia que combatía con literatura, amigos y ron. 

La enfermedad de la poesía se le contagió desde la cuna: su abuela no decía llorar sino requebrar. Y como era un mal de familia, nunca se lo trataron. A su llegada al internado en Zipaquirá, a los trece años, ya recitaba de memoria todos los poetas clásicos españoles. Pero pronto conoció a los piedracielistas —Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Camacho Ramírez y Carlos Martín, entre otros— y esa epifanía lo convirtió en escritor. Ellos, su entusiasmo literario, sus metáforas, su osadía y su interés por salirse de los moldes lo animaron a escribir con vehemencia y fuera de la acartonada retórica colombiana. Con esa partida de reaccionarios, la literatura parecía tener el mismo vigor que la política.

Partiendo de ahí escribió sus primeros poemas y, luego, incursionó en el cuento, con el que ganó por nocaut —tal como años más tarde Julio Cortázar decretaría que debía ganar un relato corto, de manera incisiva, mordiente y sin cuartel desde las primeras frases—. En 1947, Gabo envió «La tercera resignación» —que surgió de su lectura de Kafka— a El Espectador. Eduardo Zalamea Borda —quien en ese entonces dirigía el suplemento del fin de semana del diario y desconfiaba de las plumas jóvenes— elogió sus dotes como escritor y lo publicó sin dudarlo. Desde ese momento el poeta aficionado no tuvo otra opción que volverse un buen escritor, para no hacer quedar mal al editor.    

A pesar de ese brillante comienzo, Gerald Martin —quien persiguió al nobel durante 19 años para escribir su biografía oficial— asegura que en Bogotá sus relatos eran surrealistas, fríos y estériles, así que lo mejor que le pudo pasar fue el Bogotazo, que lo mandó de regreso a la Costa, donde llegó a trabajar en El Universal y donde se enteró de la «sabrosona» actividad literaria de Barranquilla, ciudad en la que conoció a sus más grandes maestros y amigos. Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor y el resto de integrantes de La cueva, los más curiosos intelectuales colombianos de la época, que  le presentaron a Hawthorne, a Melville y a Poe. Y luego a Faulkner, a Virginia Woolf, a Sherwood Anderson, a Dos Passos y a Teodoro Dreisser. Para, después, terminar con Conrad, el autor que leyó con más placer. Este último llegó a él por culpa de Álvaro Mutis, quien además se lo llevó a trabajar a El Espectador, convencido de que la provincia lo estaba oxidando. Ya con esas lecturas, Gabo estaba armado para enfrentar la novela, la gran novela.   

En el Caribe encontró su voz y después se encargó de nutrirla con las historias de su familia, que, al final, eran las historias de Colombia. Así construyó un universo literario que es la síntesis simbólica de la historia de nuestro país y que le sirvió para luchar contra la desmemoria que nos caracteriza y a la que él temía sobre todas las cosas. Con su obra, intentó evadir la peste de la amnesia macondiana y se hizo merecedor del Nobel en 1982. 

En La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El otoño del Patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, y así sucesivamente, contó nuestro pasado en clave de realismo mágico y, con una precisión técnica asombrosa, forjó herramientas ideales para mostrar un contexto tan complejo como fantástico, y para mantener hipnotizado al lector de una frase a la otra y a la otra y a la otra… 

 

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