Los amigos de Gabo

*Estuvieron ahí en los momentos en que su vocación pudo tambalear. Lo sostuvieron y lo impulsaron a seguir escribiendo. Por eso fueron imprescindibles.*
Los amigos de Gabo

A principios de un febrero, Gabriel García Márquez tuvo la desilusión más grande de su vida. Venía desde Argentina en forma de carta: la editorial Losada le había rechazado la publicación de La horajasca, su primera novela. La carta decía que, aunque tenía cierto talento poético, no tenía futuro como novelista. Sus amigos, cuando se enteraron de la noticia, corrieron a acompañarlo. Se quedaron con él, ese día y los que vinieron, para apoyarlo, y para ayudarlo a sobreponerse. 

Eran los del Grupo de Barranquilla. Esos que tantas veces escucharon hablar de La hojarasca en sus tertulias nocturnas. Se reunían en La cueva, un bar de propiedad de Eduardo Vilá, a charlar. Y, aunque la historia quiere hacerlos pasar como los intelectuales que se juntaban para hablar de literatura, de pintura, de periodismo y de cine, ellos mismos insistieron en que las cosas no eran así: no se consideraban intelectuales y hablaban de lo que fuera. Se emborrachaban, «mamaban gallo» y, si les daban más de las doce de la noche bebiendo, se dirigían al burdel de la Negra Eufemia, su favorito entre todos los de la ciudad. 

García Márquez era el más joven entre ellos. El más ingenuo y el más inexperto. Entró al grupo cuando este ya estaba consolidado. Se había creado alrededor de Rámon Vinyes, un catalán que se convirtió más adelante en el viejo y sabio librero de Cien años de soledad. Porque era eso, sabio y viejo. Le dio cohesión al grupo, se hizo admirar y les dio la confianza para creer que se podía ser culto,en una ciudad que parecía no tener cultura.

Los más cercanos a Gabo fueron tres: Álvaro, Germán y Alfonso. Álvaro Cepeda Samudio era el más atractivo, el irresistible para las mujeres. Germán Vargas tenía ojos verdes, era lento, minucioso y fuerte de carácter, y Alfonso Fuenmayor era el más callado de todos. Ellos tres y todos los que llegaban a sentarse alrededor de la mesa de La cueva, entre ellos el mayor terremoto de todos, el pintor Alejandro Obregón, fueron educando al que se convertiría en el futuro Premio Nobel: «¿Cuándo vas a separar la literatura del periodismo?», le repetían. «Tu periodismo es muy literario». Lo acogieron como un hermano menor. Le aconsejaron lecturas, le señalaron detalles, le enseñaron: le ayudaron a abrir los ojos al periodismo, a la literatura y al mundo. 

 «Los he escogido ?dijo García Márquez en una entrevista con María Teresa Herrán? porque, primero, tienen una buena formación literaria; segundo, porque poseen buen criterio y, lo más importante de todo: que de verdad verdad, me dicen lo que piensan, así sea lo más doloroso». Por eso estuvieron ahí, con él, el día de la terrible noticia. 

Álvaro Mutis llegó, también por esa época, a la vida de García Márquez. A Gonzalo Mallarino, un compañero de colegio de Gabo, le pareció inconcebible que los dos escritores no se conocieran y arrastró a Mutis con él para hacer la presentación formal. «Trataba de hacerse el típico costeño, pero al cabo de cinco minutos me di cuenta de que era un tipo sumamente serio. Era un viejo en el cuerpo de un joven», recuerda Mutis en una entrevista con Gerald Martin. Tenían personalidades muy diferentes, gustos opuestos, casi, y, aún así, se volvieron amigos para toda la vida.  

La historia de la amistad de Mutis y de Gabo está llena de detalles y recovecos. Descubrieron, por ejemplo, que ese primer encuentro no había sido el primero. Cuarenta años antes se habían cruzado, por un tiempo, todos los días a las cuatro de la tarde, en la Biblioteca Nacional de Bogotá. García Márquez intentaba leer y Mutis llegaba a pedir que tocaran el concierto de violín de Félix Mendelssohn. Logró hacerse odiar por su rutina. Sobre ese hecho García Márquez escribiría más adelante: «Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso». 

Mutis pudo haber sido muy diferente de su amigo, en muchos aspectos, pero nunca fue insensible a su literatura. Él fue el que lo convenció de que enviara La hojarasca a Buenos Aires, para que la editorial Losada la tuviera en consideración. Y fue él quien logró que Gabo se ilusionara. Mutis fue el culpable, así, sin quererlo, de la mayor desilusión que García Márquez tuvo en vida. Y fue el culpable de que sus amigos ?él incluido? se agolparan a su alrededor para apoyarlo, para levantarlo, para darle la fuerza de volver a creer. 

Fueron culpables todos ellos, en cierta medida, de que él no se rindiera, de que siguiera escribiendo. «La parte más importante de mi vida fue la que pasé en Barranquilla con ustedes. A mí se me abrieron muchas ventanas. Yo de todos modos hubiera sido un escritor porque esa era mi vocación, pero sin ustedes otra dirección hubiera tomado. Sin Barranquilla no hubiera sido Premio Nobel», le dijo a Fuenmayor, en México. 

Y siguieron amigos, Gabo y los de La cueva, Gabo y Mutis; en los momentos de mayor necesidad, en los de mayor felicidad. Fueron amigos sin Nobel y con Nobel, con la literatura y sin la literatura, con la vida y sin ella. 

 

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