Amor de madre, ¡inigualable!

La sociedad patriarcal atenta contra el amor maternal. ¿Cómo volver a amar como una madre?
Amor de madre, ¡inigualable!

Es sabido que el hombre no puede vivir sin amor. De hecho, según Claudio Naranjo, uno de los padres de la psicoterapia gestáltica, somos seres fundamentalmente amorosos: nos realizamos en el amor y nos enfermamos en el desamor. Pero nuestra vida amorosa es compleja, ya que existen tres tipos bien distintos de amor: eros (o amor-deseo), caritas (o amor-dar), y philia (o amor-admirativo).

El amor erótico acoge al animal interior que hay en nosotros, con su placer, su capacidad de goce y sus deseos. El amor compasivo le da un lugar al otro, lo dignifica, lo siente. El amor admirativo ama los valores trascendentales, lo político y lo divino. Cada uno de los tres corresponde a una de las personas de la familia interior, tal y como lo veremos a continuación: el amor admirativo es el amor de padre; el amor compasivo es el amor de madre, y el amor erótico es el amor de hijo. En este orden de ideas, podemos concebir a la familia como el primer escenario donde se ponen en juego los tres amores en el proceso de la crianza, donde todos, sin excepción, recibimos algún tipo de herida amorosa.

Ahora bien, la salud mental, tanto de los individuos como de las sociedades, depende de que exista un equilibrio entre los tres amores. Ahí empiezan los problemas: vemos personas incapaces de amarse que se vuelven salvadoras compulsivas, dictadores sin compasión que aman ideologías políticas, hedonistas insaciables que devastan la ecología.

Nuestra sociedad patriarcal –caracterizada por su espíritu insaciable de conquista; su amalgama de poder, astucia y  tecnología; su competitividad omnipresente; la explotación de los semejantes, y la posesión de las mujeres y los hijos por parte de los hombres y su racionalidad desbordada– altera el equilibrio de los tres amores y de las tres personas interiores, es decir: enferma. Se perpetúa en nuestras mentes, donde el aspecto racional, moral y utilitarista del padre subordina la amorososidad, la empatía y la compasión de la madre y aplasta la espontaneidad del niño interior. Todos somos sometidos a esta cirugía íntima que nos prepara para sostener y defender el orden enfermizo en que vivimos.

 

Maternidad vs. patriarcado

La maternidad, un proceso determinante para el desarrollo de nuestra capacidad amorosa y la realización posible de nuestra alma, atenta contra el orden patriarcal. Por eso es atacada de múltiples formas hasta quedar desfigurada. El resultado: un profundo desequilibrio entre los tres amores y mucho sufrimiento.

Para el capitalismo depredador lo que no es empleo o consumo se considera inútil. Por eso no puede darle cabida plena al proceso de la maternidad, que no es empleo, sino que pone en peligro el desempeño institucional alterando los puestos de trabajo. Es irónico ver que los mismos hombres no entienden que ser madre con todas las de la ley implica más entrega que cualquier puesto de trabajo y se sienten frustrados porque sus esposas “no son productivas”. 

Por otro lado la maternidad es, de todos los actos, el que mejor ejemplifica el sentido de la gratuidad: produce la vida, produce alimentos con su cuerpo. La maternidad es nutritiva y no explotadora. Dispone de una sabiduría instintiva que le permite proveer a su hijo de las necesidades básicas de afecto, alimentación, abrigo e higiene. Pero la cultura incorpora en el seno mismo de la crianza el apetito desbordado por bienes y servicios que mueve a nuestra civilización. Las madres se vuelven consumidoras compulsivas.

Ellas, que viven a plenitud la maternidad, descubren formas de relación contrarias al patriarcado: en lugar de la demanda, la entrega; en lugar de la competencia, la cooperación; en lugar de la astucia, la empatía. Pero nuestra educación les propone suplantar esos dones por actitudes patriarcales como la competitividad, la marrullería, la frialdad afectiva, la institucionalización y la valoración por resultados: “Hay que volver a los hijos aptos para la vida”.

El útero y la gestación en su estado natural son símbolos perfectos de lo que no permite nuestra cultura: esperar, abandonarse a una inteligencia que no controlamos y crear espontáneamente. Nuestra cultura trata a la maternidad como una enfermedad médica y la llena de teorías, explicaciones e instrumentos. La mirada de la madre, siempre abierta y flexible a las manifestaciones más sutiles de nuestro ser, es suplantada por la mirada patriarcal que muestra para vender y esconde para no ofender. El realismo de la empatía profunda, de la conexión que no espera nada distinto de lo que somos es suplantada por la mirada admirativa, enjuiciadora y enajenante.

  

¿Cómo interviene nuestra cultura a una maternidad que no acepta?

Le quita la confianza en su sabiduría instintiva, la vuelve un asunto médico, la educa en un negocio multimillonario que le enseña a no ser madre, vendiéndole conocimientos para que lo sea. Por otro lado, transforma el instinto materno en compulsión consumista. El proceso, incluso la gestación, se llena de ansiedad, de afán y de culpa. También de ideologías, de teorías, de posturas frente a la maternidad. Así garantizamos que no la vivan directamente.

El resultado es evidente: deformamos el amor compasivo. No es de extrañar, entonces, que todos perdamos: somos seres demandantes, insatisfechos afectivos, egoístas crónicos; seres sin compasión y sin la sabiduría ecológica que solo tienen las madres.

 

¿Qué hacer para recuperar la maternidad?

- Honre a su propia madre

- Proteja y respete la maternidad de los otros

- Conéctese con sus propios procesos de gestación

- Suelte el afán

- No dé tantas cosas, dese más a usted mismo

- Compártase plenamente

- Deje de conquistar y empiece a renunciar

- Cultive la bondad aunque lo tiente la astucia

 

 

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