¿Qué hago con mi hijo rebelde?

Si su hijo adolescente lo rechaza, no lo tome como algo personal. Es su manera de iniciar su tránsito hacia la adultez.

Ya sabemos que la adolescencia es una transición entre la niñez y la adultez, e implica potentes transformaciones de nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestras emociones, nuestra sexualidad y nuestra manera de pararnos en el mundo. Comprender lo que atraviesan las hijas adolescentes determina las posibilidades de relación de las madres. 

 

En primer lugar debemos entender que la adolescencia es un duelo: se muere una corporalidad, una identidad y una forma de ser en el mundo. Entender este punto nos abre la posibilidad de acompañar a nuestras hijas adolescentes en este tránsito: hablar de las pérdidas, sentir emocionalmente el proceso, resolver los asuntos inconclusos (palabras no dichas, emociones no expresadas), identificar las necesidades de esta nueva etapa y acompañarlas con acciones inteligentes.  

 

La adolescencia es una revolución. Es la época para tomar distancia de las figuras paternas y de autoridad. Por eso no hay que tomarse personalmente el rechazo que sentimos como padres alguna vez. La gran paradoja es que el adolescente necesita rechazarnos y ponernos un límite; y al mismo tiempo tener la certeza de que estamos presentes y atentos, y que también ponemos un límite. Lo interesante es comprender que el adolescente no quiere ser entendido. Es inútil tratar de identificarse con él. Más efectivo es acercarse a él (o a ella) desde la curiosidad, la honestidad, la transparencia y la autoridad.  

 

La mejor forma de sobrellevar una adolescencia plena es invertir por anticipado en la consciencia y la responsabilidad del niño. Paradójicamente una crianza de control y obediencia es la base de una adolescencia descontrolada y dañina. Siembre en el niño las semillas del criterio, la dignidad, la autonomía, la capacidad de escoger y la consciencia sobre sus pensamientos, emociones y actos, y tendrá una adolescente con más herramientas para sobrellevar la turbulencia de esas transformaciones profundas. 

 

No juegue al avestruz, abra los ojos sin miedo y explore la realidad actual: encrucijadas, sufrimientos, formas de relación, practicas sexuales, formas de disfrutar, ideales, prácticas, medios de comunicación… de los jóvenes de hoy. Cuanta más genuina sea su curiosidad y su apertura, más abiertamente podrá comunicarse con su hija. Eso no implica que usted renuncie a sus criterios y opiniones.

 

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