Alejandra Azcárate, una mujer auténtica enferma de humor

Todos creen conocerla, pero lo cierto es que es mucho más sensible de lo que parece, más tímida de lo que demuestra y más frágil de lo que proyecta.
Alejandra Azcárate, una mujer auténtica enferma de humor

Periodista, actriz, modelo, locutora y comediante.

La estudiante sin maquillaje del Liceo Francés, de pelo muy largo, que se iba en jeans rotos, tenis Converse y tenía las manos llenas de anillos no ha cambiado. Alejandra Azcárate ha trazado una carrera donde le apuesta a la naturalidad desde la forma en que se viste hasta sus comentarios. Sin pudores ni tapujos, esta bogotana, que creció en una familia católica y «perfectamente disfuncional», ha sabido lidiar con sus opositores mientras continúa forjando una trayectoria de éxitos.

Desde su debut como presentadora, en 2002, hasta hoy, Alejandra Azcárate ha sido sinónimo de debate aun sin que ella lo haya querido. «No me considero ni controversial ni controvertida, la polémica la arma la gente. Yo simplemente expreso mi opinión. Si eso genera una controversia es porque la gente está o no de acuerdo pero yo no doy un paso en mi vida buscando un determinado resultado. Si lo pretendiera, nunca habría funcionado así. Mi premisa en la vida es la libertad en todo sentido».

Antes que modelo, locutora o comediante, Alejandra es actriz. A partir de los ocho años, cuando estaba en el colegio, se dio cuenta de que tenía ese talento y de que era a lo que se quería dedicar. «Hacía unas escenas que ¡Dios mío! La única enfermedad hereditaria que agradezco padecer es el humor». Aunque no fue lo que estudió en un principio, y por eso terminó expulsada de la facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes, sí ha sido su mayor pasión, una pasión gracias a la cual su obra Descárate con Azcárate agota boletas en el Teatro La Castellana.

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«Cuando era adolescente, mi papá me tocaba la puerta del cuarto para ver si estaba disponible o me encontraba en consultorio sentimental. Todos mis amigos me llamaban a pedirme consejos porque soy muy objetiva y no digo lo que la otra persona quiere oír. Ha sido una particularidad que he tenido incluso con desconocidos. Sin darme cuenta, empecé a recolectar cierta información de lo que yo veía que le pasaba a la gente y, en un momento, me sirvió para escribir un monólogo». Aunque su apuesta por la comedia fue meramente una casualidad después de haber hecho teatro dramático, teatro experimental, novelas, series y telepelículas, son las risas que desata mientras está sobre las tablas las que la llenan de orgullo.

Sin embargo, hay que tener claro que Alejandra, la buena hija, la mujer de sueños pero no de metas, la detractora de los libros de superación personal y extremadamente llorona, es muy distinta de la figura que ha cautivado al público. «Soy una persona dual, que no es lo mismo que ser doble. Tengo un lado muy fuerte, seguro, sin miedo, y otro que está en contraposición. Soy tremendamente frágil, horriblemente insegura, tímida y dulce. Aprendí en el medio de entretenimiento que la Azcárate es un personaje que nació de mí y que es un vehículo a través del cual podía expresar todo lo que yo pensaba, protegiendo lo que sentía. Es un personaje real, verdadero, no me lo inventé, viene de mí pero me hermetiza frente a la gente. Además, aprendí a trabajar con él y a vivir de él».

Fotos: Gustavo Martínez, David Micolta, AFP, Archivo Cromos y Archivo particular

 

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